Entretextos: “Un juego peligroso”, un cuento de Mariela López
Un relato de Mariela López que transforma un vuelo en una inquietante travesía por los mecanismos del sueño y la percepción.
Por Mariela López (*)
Viajan en avión. Ella no recuerda hacia dónde se dirigen. No se trata de un hecho reciente, pero lo recuerda. Se ve, absorta, espiando unos cirros por la ventanilla. También vuelve un dolor (un pinchazo en el abdomen cuya duración es breve). No sabe cuándo volverá a ocurrirle y un poco le preocupa. Mira a su compañero: él no sonríe, nunca sonríe. Ella toma la mano del joven y dibuja, con su dedo índice, un círculo en su palma: la forma perfecta, piensa ella.
A él lo asesinan durante el vuelo. Ella ve la imagen desde su asiento número 41. Su compañero va al servicio. Un hombre sexagenario de aspecto amable se le aproxima, saca un arma cuya punta se detiene cuando logra penetrar el abdomen del joven. Dos segundos. ¡Plaf! Se desploma. Ella no interviene. Lo ve todo desde su asiento. Disimula incomodidad. Tendrá que seguir el viaje sola. Lo ama, sí, pero sabe: él debe morir.
Ella no recuerda hacia dónde se dirige –ahora sola–. Había comprado dos boletos y le había insistido a su compañero para que también fuera pero él que no, que el trabajo, el dinero, la falta de tiempo. Ella deseaba estar en un lugar agreste, alejada de cualquier gran ciudad. Lo mismo daba si de mar, río, sierra o morro se trataba. Quizá por eso no lo recuerda.
Cuando se produce el aterrizaje forzado, los pasajeros bajan con gran incertidumbre. Nadie informó del asesinato, ¿sería parte del protocolo? Ella se comporta como cualquier otra pasajera, envuelta en el mar de confusión que a todos arrastra y hace descender y perderse luego, sin más.
Al relatar estos hechos, no manifiesta ninguna reacción. Solo, recursivamente, vuelve a la frase: “él debía morir”. Yo pienso, mientras la escucho muy activamente, que en esa circunstancia me hubiese comportado de otro modo y es que la posibilidad de que detrás de esa indolencia escurridiza se escondiera algo de amor hacia su compañero me resultaba dudosa. Pero Lucía cierra su relato y deja caer una lágrima y entonces pienso: “representa toda su humanidad acallada”.
Entonces, cuando vemos la lágrima caer, con el resto de los asistentes del taller de ensoñación formamos un círculo alrededor de Lucía. Este es el primer encuentro. No sabemos bien de qué se trata pero, es evidente, estamos claramente conmovidos con su sueño y aún más cuando nos dice que el compañero de viaje es un chico al que ella ama profundamente pero a quien quiere olvidar porque él no siente lo mismo y da detalles de algunos gestos de desamor. Entonces todos coincidimos en que es justo que lo haya matado en su sueño.
—Todos los asistentes vamos a ensoñar. Vamos a participar colectivamente del sueño de Lucía —nos dice X, persona que nos guiará en esta empresa, y continúa: —la muerte a todos nos deja un sabor amargo, aunque haya sido en sueños, aunque se trate de alguien a quien debemos dejar ir y, sobre todo, si se trata de una muerte anticipada y violenta.
Y luego, entre una media sonrisa que asoma, dice:
—Lo dejaremos ir a ese jovencito que tan mal nos cae, pero de una forma más amable ¿Te parece bien?
Le consulta a Lucía y a todos nos parece una buena idea.
Lucía está acostada sobre una alfombra roja y X, concentradísima, arrodillada junto a ella. A instancias de la guía de X, inhalamos profundamente para entrar en estado de relajación. Cuando lo logramos, Lucía vuelve nuevamente al avión y a observar detenidamente los cirros por la ventanilla. Quiere alejarse de la ciudad. Los asistentes observamos el sueño, esta vez desde dentro. Yo, por ejemplo, soy una pasajera que ocupa el asiento 54 y, si miro a mi izquierda, veo al hombre sexagenario. Es cierto: tiene aspecto amable, lleva traje beige y, sobre sus piernas, una maleta de cuero de cuyo interior saca una revista de los años sesentas (dato importante: otros asistentes dan la misma descripción).
X nos recuerda que somos apoyo y contención en este sueño. Lucía dice:
—Una azafata se acerca y me pregunta si estoy bien.
Entonces yo abro los ojos y trato de adivinar cuál de los asistentes del taller es la azafata, pero todos están ensoñando, muy, muy metidos hacia adentro y no logro identificar de quién se trata.
Luego los asistentes vamos interviniendo de alguna manera para evitar el homicidio y lo logramos. Es como un cuento colectivo y biológico, pienso. La dinámica de los sueños ha concluido y ya somos parte de una cofradía.
Cuando regresé a mi casa, luego de esa ensoñación colectiva, le relaté algunos momentos a mi pareja lo del taller de sueños y esa actividad que habíamos realizado. A él le pareció un horror el haber intervenido y manipulado los sueños de un tercero.
—Es un juego peligroso —me dijo. Y ya no volvimos otra vez sobre el tema hasta aquel día cuando recibí la llamada de Lucía, la chica del taller de sueño.
Con ella simpaticé de inmediato e intercambiamos números de teléfono. Yo quise comunicarme con ella para consultar cómo había quedado luego de esa experiencia tan peculiar, pero no lo había hecho. Fue una buena noticia recibir su llamada.
Me preguntó si había logrado conciliar el sueño luego de mi participación en aquel encuentro. (Yo me había presentado exponiendo mi problema eterno de insomnio). La verdad es que eso no había mejorado. Al menos no todavía. Pero antes de que pudiera responderle me cortó y, con un cambio rotundo en su tono de voz, dijo:
—No sé si es sugestión, pero vi al viejo del sueño. Así, tal cual se había manifestado: traje beige y maleta de cuero.
Luego, haciendo largas pausas, siguió su relato: “Viajamos en el mismo colectivo línea 37. Él subió unas paradas después que yo y se sentó detrás de mí. No giré para verlo pero sentía su mirada aguijoneando mi nuca. Bajó en Callao y Corrientes. También bajé. Lo seguí cien metros hasta una librería de saldos. Entró y fue directo a la sección del fondo. Yo lo observaba de lejos pero sé que él sabía de mi presencia. Como yo lo preveía, compró revistas viejas”.
—No puedo creerlo —fue toda la intervención que mi interlocutora me permitió hacer.
—Debo avisarle a mi compañero —me dijo y cortó. Y ya no pude volver a contactarla.
(*) Mariela López es licenciada en Letras por la Universidad de Lomas de Zamora. Actualmente, se desempeña como profesora de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de la Comarca Andina. También coordina talleres de Alquimia Narrativa para adolescentes y adultos. Sus trabajos El visitante, María Carne, En esa esquina lo parió la suerte, Mamita de Tumbaya, Sabía que ibas a sentarte frente a la ventana, Noche incierta y Tres estaciones forman parte de los libros Historias huidizas (2017), Voces cruzadas (2018), Pueblos y caminos (2019), Aurora de autor (2020), De la flor, la mar y la ausencia (2020) y Poesías confidentes (2020) publicados por Editorial Dunken. El relato En esa esquina lo parió la suerte fue premiado por el área de Cultura de la Municipalidad de Azul, en mayo de 2019.
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