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La Ciudad 20 de junio de 2020

“Este mundo no está en los manuales”

Por Ana Biasone (*)

Si hoy nos resulta difícil pensar en el globalizado mundo anterior a la expansión del Covid-19 -con sus contrastes y desigualdades, con sus miserias y sus progresos, con una humanidad que a través de su historia en el planeta ha superado crisis, pestes y calamidades de todo tipo- mucho más difícil se nos hace pensar el mundo post-pandemia.

Nunca antes habíamos vivido en estado de cuarentena global donde, en el momento más álgido de la propagación, casi un tercio de la humanidad se hallaba en situación de confinamiento obligatorio.

Fronteras cerradas, controles internos, distanciamiento social, un Estado cada vez más presente -sin distinción de modelos ni regímenes- y las TICs al servicio del paradigma de la seguridad y el control. Los sistemas y las tecnologías se metieron en nuestras casas y en nuestras vidas. Hay una línea muy fina entre la confidencialidad y la intimidad mientras nos comunicamos a través de pequeñas ventanas que nos vinculan con el mundo.

Hace unos días el escritor Jorge Carrión en su columna sobre la estética de Zoom reproducida en el New York Times afirmaba que: “Nos hemos mudado a vivir a una cuadrícula: el distanciamiento social impuesto por las circunstancias se organiza a través de la computadora y no hay diferencia entre reuniones de trabajo y celebraciones con amigos y familia… entre ensayos de orquesta y conciertos en directo, … entre cibersexo y funerales”.

Ante este estado de cosas surgen algunos interrogantes: ¿Hasta qué punto podrán los Estados Nacionales sostener la ayuda para reactivar la economía de sus respectivos países mientras salvaguardan la salud pública?; ¿hasta qué punto el mundo científico seguirá asumiendo el liderazgo en la toma de decisiones de los gobiernos centrales?; ¿es este un tema para abordar desde la ciencia médica, la economía, la sociología o directamente desde la filosofía?

“No hay solución con el mando único ni con el interés propio a costa del de los demás”, afirma el filósofo español Daniel Innerarity. “(…) los riesgos compartidos son el principal factor de unidad de un mundo donde todos estamos amenazados”. Sostiene, además, que no es un momento de grandes líderes que se dirigen verticalmente a sus pueblos, sino de: organización, protocolos y estrategias. “Todo es inteligencia colectiva, tanto en la respuesta médica como en la organización y en la política”.

En plena pandemia, sin nadie que asuma el liderazgo mundial, los héroes son los individuos comunes: desde el personal de cuidado de la salud, pasando por los prestadores de servicios considerados indispensables, las fuerzas de seguridad, las personas -en su mayoría mujeres- que sostienen los comedores comunitarios, los maestros y profesores que han encarado la continuidad del proceso de enseñanza-aprendizaje adaptándose rápidamente a la virtualidad (con las barreras y limitaciones que impuso la premura), los niños sin tener contacto con sus amigos y compañeros de escuela, los ancianos sin poder recibir y dar afecto a sus seres queridos. Sin olvidar a los empresarios, comerciantes y cuentapropistas que están dando una dura batalla para enfrentar las consecuencias económicas. En fin, los héroes colectivos.

Y ese accionar se inscribe en lo que reconocemos como solidaridad. Hoy en día todos tenemos bien claro que bienes como el aire, el agua, las semillas y la fertilidad de la tierra, la biodiversidad, el clima y el conocimiento son bienes comunes y ponen a prueba la habilidad de las sociedades para gestionarlos al tiempo que condicionan el futuro -no sólo de esas sociedades- sino del planeta y de la humanidad.

El bien común, como lo expresa magníficamente el pensador italiano Stefano Zamagni, es un concepto pensado para dirigir las acciones estatales en su rol de llevar a cabo las elecciones entre infinitos futuros que se vislumbran en el horizonte de cada persona. “El beneficio que el individuo extrae del bien común se materializa junto al de los demás, no es en contra ni prescindiendo de los otros”. (Zamagni: 2012)

Es por ello imperativo tener conciencia de la importancia de la solidaridad, donde la realización de cada uno subsista por la realización de los demás y que el Estado pueda canalizar de modo ético la infraestructura necesaria para el ejercicio de los derechos fundamentales. (Zamagni: 2012)

El turismo, el ocio y la recreación son también derechos fundamentales que por muchos años fueron vistos de manera parcial y sin tomar en cuenta las diferentes dimensiones de abordaje que deben tomarse en consideración para una gestión integral de la actividad.

La crisis del modelo industrial de desarrollo y la búsqueda de alternativas llevaron a considerar al turismo como un instrumento dinamizador de la economía de los países, razón por la cual los gobiernos se involucraron y se ocuparon de crear los organismos oficiales a nivel de los Estados Nacionales, de las regiones y de los destinos. El turismo pasó de ser un importante fenómeno masivo a una estratégica actividad económica que capta divisas, genera empleos y promueve el desarrollo regional en muchos países.

En este contexto, el desarrollo sustentable es extrapolado a la planificación del desarrollo turístico, donde la condición de sustentabilidad lo define entonces como aquel que “satisfaga las necesidades de turistas y regiones anfitrionas de hoy, a la vez que protege y mejora las oportunidades del futuro”. (Masri y Robles: 1997)

Pero no debemos olvidar que el desarrollo turístico sustentable tiene como fundamento la distribución equitativa de los beneficios que la genera -no sólo económicos-, la conservación del patrimonio -sea éste natural o cultural, tangible o intangible- y, muy especialmente, la participación activa de todos los actores involucrados: gobierno, empresarios, ONG, trabajadores de todas las ramas de la actividad y la comunidad local.

La pandemia acarreará profundos cambios y también nuevas oportunidades. Mientras los destinos turísticos, las empresas y los empleados del sector (hotelería, transporte, agencias de viajes, organización de eventos y espectáculos, balnearios y comercio en general), así como emprendedores que desarrollan actividades conexas que ya han visto trastocados todos sus planes a mediano y largo plazo, se concentran hoy, con protocolos para toda actividad, pero sin un rumbo cierto, en la supervivencia diaria. Porque la incertidumbre es la norma.

Estándares de calidad aplicados al destino y a las empresas de bienes y servicios que se prestan en el territorio, renovación y puesta en valor del espacio público, desarrollo de nuevos productos turísticos, investigación de mercados, innovación, nuevas tecnologías, digitalización, ciberseguridad, ciudades inteligentes, turismo de naturaleza, buceo, pesca deportiva, avisaje de ballenas, turismo rural, turismo urbano con fuerte acento en cultura y en los espectáculos, turismo de reuniones, el deporte como espectáculo y como práctica, turismo educativo, viajes de incentivo, circuitos patrimoniales, museos, centros comerciales a cielo abierto.

El territorio del Partido de General Pueyrredon, con Mar del Plata como mascarón de proa, tiene la capacidad de reinventarse y es el momento de reflexionar a qué destino turístico aspiramos los residentes, dónde queremos vivir, trabajar, disfrutar, soñar y brindar oportunidades de desarrollo a las futuras generaciones.

Inesperados territorios se sumarán a la oferta turística con renovadas expectativas de experiencias hasta ahora desconocidas por parte de los públicos, nuevas modalidades de hacer turismo y de disfrutar del tiempo libre, nuevas oportunidades de empleos, nuevas reglas de convivencia entre residentes y visitantes, así como de uso y disfrute del espacio público, de preservación de los recursos y atractivos, sean éstos culturales o naturales. En fin: nuevas oportunidades de negocios para el sector empresarial, nuevos desafíos de política pública y de gestión con una creciente responsabilidad del Estado, así como un enorme reto para el sector académico sobre qué perfil de profesionales estamos contribuyendo a formar.

La incorporación de la sustentabilidad como modelo de desarrollo deberá concretarse desde una visión multidisciplinar, multidimensional y, sobre todo, endógena y participativa con la comunidad residente. Al mismo tiempo será perentorio contribuir al fortalecimiento institucional y a mejorar las alianzas público-privadas incrementando en la comunidad las competencias para la gestión de crisis y recuperación, a fin de desarrollar la capacidad de resiliencia del destino.

En este sentido, claramente, es crucial el rol que cumple el Estado, trabajando en red con los actores sociales y liderando todo el proceso contando con una estrategia orientada en valores y una manera de hacer política pública desde el enfoque de la gobernanza.

“Si no aceptamos nociones integrales del desarrollo humano y social, el desarrollo económico se concibe escindido del bienestar, de la salud, de la vivienda, de la vida buena, del acceso al conocimiento y del medioambiente”.

La pandemia nos desafía, nos enfrenta a obstáculos, al no se puede, a la catástrofe, nos bloquea la acción y el pensamiento. Frente a eso tenemos que rebelarnos porque el futuro es una construcción social y somos nosotros los artífices.

(*) Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de Mar del Plata