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Cultura 11 de julio de 2017

“Hay ojos que encuentran la belleza aún en cosas que aparentemente no la tienen”

Jimena Busefi dice que hay una manera de ver el mundo que es poética e innata. Defiende la sencillez de la poesía y se confiesa nostálgica, una emoción que, más de una vez asegura, es el puntapié de un poema.

por Paola Galano
@paolagalano

Divagar por los rincones de Buenos Aires -la ciudad en la que vive- abre sus sentidos, estimula su nostalgia y amplifica una mirada sensible. Una plaza, una calle, una amiga que no está, un amor de lejos, alguna cicatriz que todavía duele son los disparadores que elige Jimena Busefi para escribir sus textos, ahora compilados en el poemario “Filósofa con brushing”, editado por Peces de Ciudad.

Sus poesías evitan el hermetismo y se vuelven amables para el lector, todo un camino inclusivo en el seno de un género que suele cerrar la puerta para los no entendidos. Busefi se encarga de usar el humor para invitar a la lectura.

Cabe señalar que la autora es docente de Lengua y Literatura, narradora y coordinadora de talleres de escritura y autora de la novela “Contra el revés del cielo”. Colabora con el grupo de teatro Desde la Verdad y tiene varios premios recibidos en tu trayecto literario. Cuenta, en la introducción del libro, que fue el estímulo que recibió de un antiguo docente el que la motivó a presentar sus poemas a un concurso literario, certamen que finalmente la premió.

Es que la primera parte del libro (“Vínculo Sagrado”), obtuvo el Tercer Premio a la Producción Literaria (género poesía) en los Concursos Anuales de Arte de la Legislatura Porteña, edición 2016.

– ¿Podrías explicar la frase que escribís en la introducción, “la poesía también es una manera de mirar la vida”?

– Creo que podés leer a todos los autores, estudiar todas las corrientes literarias, escribir y corregir sin descanso, pero hay una manera de mirar el mundo que es innata. Hay ojos que encuentran la belleza aun en cosas que aparentemente no la tienen. Frida Kahlo vio arte en las heridas de su cuerpo lastimado, Neruda vio un fuego encantador en la cabeza despeinada y rojiza de Matilde Urrutia; en un patiecito de barrio, Borges vio “los patios y su antigua certidumbre”. Por eso, para mí, la poesía es, también, una manera de percibir y ajustar la lente para mirar lo que te rodea.

– Todo el poemario está atravesado por la nostalgia, incluso en Kintsugi apelás a la definición de nostalgia: “tristeza originada por el recuerdo de una dicha perdida”. ¿Coincidís con esta interpretación?

– Por supuesto, soy una gran nostálgica, una evocadora permanente de una edad dorada. El escritor y periodista español Juan Cruz Ruiz dijo que todos en algún momento de la vida hemos perdido el paraíso y escribimos para recuperarlo. Algo así es lo que me pasa: hay un tiempo perdido que extraño y no sé bien cuál fue, porque a los cinco años ya recordaba el pasado con nostalgia. Me encanta mirar fotos viejas y hasta tiño de melancolía las fotos recientes cuando pienso que, alguna vez, también serán una añoranza. Es que el paso del tiempo es una de mis obsesiones. Igual me considero una persona alegre, celebro la vida aunque, a veces, tenga una tristeza (no patológica pero sí romántica) por algo que ya no va a volver y que no sé exactamente qué es. Esa emoción es la que, más de una vez, empieza a darle forma a un poema.

– La Biela, San Telmo, la calle Defensa, Congreso, una esquina en Palermo, Puente Saavedra, Plaza Primero de Mayo, el Jardín Japonés, La Boca, Caminito son las referencias, algunas, que aparecen en el libro. ¿Por qué están tan vinculados tu textos con la ciudad de Buenos Aires?

– Es la ciudad en la que siempre viví y me gusta mucho. Tiene un encanto poderoso, mezcla de melancolía de tango y elegancia parisina. La arquitectura de Buenos Aires es majestuosa, camines por donde camines vas a encontrar una puerta elegante y misteriosa y, también, una esquina arrabalera y desoladora.

– ¿En qué medida estas poesías nacieron de la experiencia de la soledad, de la pérdida del ser amado y del deambular por la ciudad?

– Sí. Deambular por la ciudad me inspira. Soy una caminante eterna.

– Tus poesías admiten un lector no entrenado en el género, son inclusivas, no mantienen ese hermetismo con el que muchos poetas visten a sus textos, ¿por qué?

– Es mi modo de escribir. No sé por qué. Y me halaga lo que me decís (que mi poesía es inclusiva) porque, la verdad, no me gustaría escribir algo demasiado complejo ni intrincado, haciéndome la “filósofa con brushing” que es, justamente, lo que no soy a pesar del supuesto anhelo y la ironía del título. Me pregunté mucho si, al citar, por ejemplo, a Visconti (como en Kintsugi) no estaba presuponiendo un lector… digamos culto, con ciertos saberes previos. Qué bueno que no sea así y que cualquiera pueda leerme.

– ¿Cuál es el disparador de una poesía? ¿Cuál el de una novela? ¿Y el de una obra de teatro?

– Para la poesía tiene que ver, en mi caso, con cierta musicalidad, como si la primera frase surgiera ya marcando un ritmo. Para la novela, el personaje. Aunque en un primer momento no se sepa bien hacia dónde va, en una novela el personaje te agarra de la mano y te lleva. Para escribir teatro debería decir, se supone, el conflicto (al igual que en un cuento) pero, la verdad, no escribo teatro (lo hice alguna vez, ocasionalmente) y cuando veo una obra me gusta que tenga cierta impronta poética, me gustan los monólogos que tienen una intensidad casi lírica. Igual creo que hablar de géneros no tiene mucho sentido. Hay que escribir más y encasillar menos. Después habrá tiempo de definir, ajustar y corregir lo que haya que corregir.