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Cultura 12 de septiembre de 2026

Horacio Esber: “Ser hijo o hija de un genocida debe ser algo inimaginable”

En su décima novela, "Faro Negro", el escritor argentino aborda la renuncia a la filiación paterna frente a los crímenes de la última dictadura cívico-militar. Una narrativa híbrida y coral que explora la desobediencia, la fuga voluntaria y la ruptura con el mandato patriarcal.

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Horacio Esber, autor de "Faro Negro", publicada en agosto por El Brujo Ediciones.

Por Ximena Pascutti

En la inmensidad de la costa patagónica, donde el mar se confunde con el desierto, retirarse del mundo es a veces la única salida posible. Allí, en un pueblo olvidado llamado “Faro Negro”, se sitúa la nueva novela del escritor Horacio Esber (El Brujo Ediciones, 2026). La historia sigue los pasos de Eugenia, una mujer atravesada por el horror de los crímenes de su progenitor –un genocida de la última dictadura militar argentina–, quien decide renunciar a su “hijidad”, romper el lazo filial y ampararse en el concepto japonés del jouhatsu –la “evaporación” o desconexión voluntaria de los lazos familiares– para intentar refundar su existencia.

La obra se articula como una narrativa coral donde se cruzan ficción, ensayo, archivo testimonial y un diálogo directo con los derechos humanos. A través de la memoria de las mujeres que habitan la historia y el aporte fundamental del colectivo Historias Desobedientes, Esber indaga en la posibilidad de sanar la culpa heredada mediante el acto radical de desobedecer el mandato paterno y cuestionar el poder patriarcal.

—¿Qué te llevó a crear esta historia coral con la cual nació la idea de “Faro Negro”?

—En general, mis novelas no tienen un origen único, y “Faro Negro” no es la excepción. En este caso, el disparador fueron las Historias Desobedientes, la organización que agrupa a hijas e hijos de genocidas que repudian a sus padres condenados por haber cometido delitos de Lesa Humanidad. Por otra parte, después de leer la novela “Los errantes”, de Olga Tokarczuk, que es polaca y fue Nobel de literatura en 2018, cobró forma esta idea de escribir una obra que incorporara diferentes registros narrativos que fueran acompañando el relato que, al mismo tiempo, no es una historia única, porque como se dice al principio de la novela, una vida difícilmente sea una sola, ¿no?

—¿Cuándo y por qué apareció el personaje de Eugenia, y qué representó para vos?

—Eugenia apareció al mismo momento de empezar. Y representó todo un desafío poder componerla, porque tenía que construir una personaje en la cual se condensara la vida emergida de las Historias Desobedientes y además tuviera su propia personalidad. El reto fue entonces esa singularidad. En mi caso, más allá de lo que yo me proponga, siempre pasa que las y los personajes encuentran su propia voz, su trayectoria. Una vez que adquieren el “carácter” es muy difícil después desviarla o desviarlo de ese lugar que fue creándose, y esto pasó con Eugenia. Fue escribiéndose a sí misma.

—La novela aborda la experiencia de las “exhijas” de genocidas. ¿Cómo fue el proceso de abordar desde la ficción la culpa heredada, el peso de la sangre filial y la decisión de romper el mandato paterno?

—Ser hijo o hija de un desaparecedor de personas, un torturador, un violador de mujeres, un apropiador de bebés y bebas, un asesino y un ladrón de gallinas, debe ser algo inimaginable. Inimaginable. Antes de empezar a escribir, cuando ya tenía una idea bosquejada, tuve la suerte de contar con la inmensa generosidad de la organización Historias Desobedientes, conté con la generosidad de Analía Kalinek, que me invitó a reuniones de la organización y comentó que yo estaba ahí tomando apuntes y notas para escribir después una novela sobre esas vidas. Las respuestas a esas preguntas sobre la culpa heredada, al peso de la sangre filial y la decisión de romper con el mandato familiar y paterno, las encontré ahí. No inventé nada. En la novela hago un intento de recrear en clave narrativa todo eso que escuché.

—¿Por qué elegiste la Patagonia como territorio central de la novela?

—Por un lado, porque en la Patagonia el mar y el desierto se confunden. En la zona costera, son una misma cosa. Por otra parte, me interesó la idea de lejanía, que el pueblo de Faro Negro esté lejos de los grandes centros urbanos de Argentina. Además, la Patagonia tiene una estética propia, hecha de silencios, de ensimismamientos, de discreción.

—El libro mezcla ficción, ensayo, memoria y reflexión política. ¿Cómo trabajaste esa estructura híbrida y cuánto tiempo te llevó escribirla?

—Es algo que venía pensando desde tiempo atrás. Hacer una obra en la que se pudiera mezclar la ficción con el ensayo, incluido el apócrifo. En cuanto a la memoria, la reflexión política y el cuadro testimonial de una época, son cuestiones que están presentes en todo mi trabajo. Ninguna de las diez novelas que junto con “Faro Negro” llevo publicadas, se escapa de esta marca. Respecto a la “estructura híbrida”, creo que resultó muy divertido hacerlo. Y además me dio la posibilidad de evadirme de la tentación de la nota al pie, que en una novela hace mucho ruido pero que a veces es ineludible; también me permitió escapar de ensuciar un texto puramente narrativo con datos duros.

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—En varios momentos aparece la idea de “desobedecer” al padre. ¿Qué significado tiene esa ruptura?

—La desobediencia al padre es la ruptura con la institución. Es mucho más que un acto individual en cuanto a lo que representa simbólicamente. Quiero resaltar que esa ruptura atraviesa toda la novela y no es solo la ruptura de una de las personajes. Es la ruptura con lo patriarcal. A veces puesto de manera metafórica y otras de manera expresa, está ahí presente y es un signo de la época. Eso a mí me parece muy trascendente.

—¿Cómo trabajaste la construcción de las voces femeninas que sostienen la obra y qué autores o tradiciones literarias dialogan con “Faro Negro”?

—Para construir las voces de estas mujeres, leí casi exclusivamente a mujeres durante estos tres o cuatro años que me llevó escribir y corregir este libro: “Los errantes” de Olga Tokarczuk, “La mujer helada” y “Los años” de Annie Ernaux, “Las islas del abandono”, de Cal Flyn, “La vegetariana” de Han Kang y otras novelas de ella. Clara Obligado y “La hija de Marx”, “Cometierra” y “Miseria” de Dolores Reyes, “Nuestra parte de noche” y “Las cosas que perdimos en el fuego” de Mariana Enriquez, entre muchos otros libros. La voz femenina fue el mayor desafío porque las protagonistas principales son todas mujeres. Los varones tienen un rol secundario. En general, todas mis novelas van a estar enmarcadas siempre en lo testimonial, en lo político, en lo social, y supongo que se vincula con las corrientes literarias que involucren estas temáticas. Lo que escribo podría estar en la línea de Manuel Scorza, Cesare Pavese o Virginia Despentes.

—El concepto japonés del ‘jouhatsu’ (la “evaporación” voluntaria) es el motor del exilio de la protagonista. ¿Qué te atrajo de esa idea?

—¿Quién no ha sentido alguna vez la necesidad de evaporarse de todos, de todas y de todes? De parientes, amigas, amigos, trabajo. Irse y empezar una nueva vida de cero. Bueno, los japoneses lo hacen. Ellos tienen empresas que se dedican a “evaporar” gente. Tienen todo un marco legal para hacerlo. En Argentina no hace mucho tiempo atrás, leí la noticia en un diario y me pareció ideal para esta novela y para todas las y los personajes. Por eso el único bar de Faro Negro se llama El Olvido.

—Al poco tiempo de llegar a Faro Negro, Eugenia y Ana descienden a las galerías calientes del faro, dispuestas a romper muros a mazazos. ¿Considerás que este acto de desobedecer las supersticiones del pueblo y buscar activamente lo que permanece en silencio funciona como declaración de principios y eje de la obra?

—Sí, la desobediencia como acto central atraviesa toda esta novela. La resistencia a lo dado, al mandato. Es la desobediencia al patriarca en todos los sentidos. No solo el patriarca familiar, sino el que gobierna nuestras sociedades. Y por eso también son mujeres las que encarnan esa desobediencia. Porque a lo largo de los siglos, la bandera de la desobediencia al patriarca la enarbolaron las mujeres, ¿no?

—En la trama aparece un elemento mítico central: el Anne B, un antiguo buque factoría transformado en imprenta anarquista flotante desde el que se distribuían libros clandestinos en los años 30. ¿Qué paralelismos quisiste trazar entre esa distribución de literatura ácrata y las resistencias políticas posteriores?

—Bueno, sin espoilear… La historia del anarquismo es una historia fascinante que probablemente condensa todas las resistencias en el plano político, pero también en el plano cultural, porque el anarquismo plantea cambios radicales. Hoy que tanto se habla de la batalla cultural, causa mucha gracia escucharnos repetir expresiones que han sido vaciadas de contenido. La historia del anarquismo es una crónica interminable de desobediencia a los distintos modelos y poderes, no solo al capitalismo. Es la historia de la clandestinidad, hacer política desde la nada misma, sin ningún tipo de apoyatura. Hoy usamos la palabra libertario. Los que se definen a sí mismos libertarios, parecen no saber cuál es el origen de esa palabra. El debate es profundamente semiótico, porque el libertarismo era la meta de los anarquistas que invariablemente terminaban presos de cualquier régimen político o ideológico, la cárcel era su destino. La anarquía es, por esencia, desobediencia pura a cualquier forma de dominio, y de ahí la existencia de la biblioteca enterrada en las entrañas del faro.

—¿La trama de “Faro Negro” tiene que ver también con publicar a través de El Brujo Ediciones, que es una editorial independiente?

—No tengo dudas, durante mucho tiempo aspiré a que Francisca Mauas, su editora, aceptara publicar mis novelas a través de Azul Francia Editorial. Bueno, por fin aceptó hacerlo en El Brujo Ediciones, su nuevo emprendimiento, que para mí es muy valioso. Saber que “Faro Negro” está disponible formando parte de su catálogo me da mucho orgullo.


La novela puede conseguirse a través de la página web de la editorial: elbrujoediciones.ar.