Itinerarios de lectura: la literatura, esa ubicua intromisión
El lenguaje poético puede aparecer en el medio de la información y la divulgación para poder describir aquello que parece indescriptible.
Por Nomi Pendzik
El mundo entero se estremece con las terroríficas imágenes de la riada del 26 de agosto en Nepal. En situaciones así, al comprobar nuestra fragilidad, presentimos cuán cierta es la afirmación evangélica de que “nadie sabe el día ni la hora”. Y a mí me afectó también que la mayor parte de los periodistas que cubrieron la noticia repetían una misma palabra: “indescriptible”. Y es en parte cierto. Difícil describir con palabras el horror de ver que se destruye la realidad, que se derrumba todo lo que creíamos inmutable. ¿Cómo nombrar la pesadilla de ver transformarse en sólido lo que creíamos líquido, y disolverse lo sólido como si jamás hubiese sido compacto y consistente?
Hubo, sin embargo, quien logró acercarse en un texto impecable a esas escenas: en un excelente artículo publicado en Alcalá Hoy el pasado 28 de agosto, el doctor Manuel Peinado Lorca, profesor emérito de la Universidad de Alcalá, describió la evolución del fenómeno. La suya es una espléndida nota de divulgación, que incluye lo que un artículo así debe contener: datos concretos, comprobaciones científicas. Pero –y esto marca la diferencia y por eso me ocupo de él–, el lenguaje que usa es altamente poético. Y con él logra…, pues eso: describir lo indescriptible.
Y es que Peinado elige las imágenes y las comparaciones exactas para producir en la mente del lector el efecto deseado. Ya desde el título, compuesto por una metáfora que invierte la relación entre montaña y río, tierra y agua, solidez y disolución, nos pone en situación de imaginar lo inconcebible. En la nota, trabaja con enumeraciones que dan idea de proceso y busca analogías para ayudarnos a comprender la magnitud de lo descripto. Además, al personificar a los elementos naturales, consigue que los imaginemos como si fueran seres vivos, con voluntad propia. ¿Quién podría, entonces, oponerse a la voluntad de la montaña? ¿Y quién puede oponerse a la voluntad de la literatura de inmiscuirse en cualquier acontecimiento, ya sea cotidianamente mínimo o trágicamente colosal?
La montaña que se convirtió en río: la gran riada de Nepal
Manuel Peinado
A las 8:37 de la mañana del miércoles, los sismógrafos registraron una sacudida en la frontera entre Nepal y el Tíbet. La primera explicación parecía lógica: un terremoto. El Servicio Geológico de Estados Unidos llegó a catalogar el fenómeno como un seísmo de magnitud 4,4. En una región donde la India lleva millones de años empujando contra Asia y levantando el Himalaya, que la tierra tiemble no constituye precisamente una extravagancia geológica.
Pero esta vez no había temblado la corteza terrestre. Había caído una montaña. Las imágenes obtenidas por satélite mostraron después que una enorme sección de un glaciar, de unos 600 metros de anchura y aproximadamente 0,2 kilómetros cuadrados de superficie, se había desprendido a unos 5200 metros de altitud. La masa de hielo y roca cayó casi 1200 metros hasta el fondo del valle. Para hacerse una idea, equivale a dejar caer una parte considerable de la montaña desde una altura casi cuatro veces mayor que la torre Eiffel.
El impacto fue tan violento que produjo una señal sísmica equivalente a la de un terremoto de magnitud 5,2. No era la tierra la que había puesto en movimiento la montaña: era la montaña en movimiento la que había hecho temblar la tierra. Los sensores registraron primero el descenso repentino de una masa gigantesca y, poco después, la señal correspondiente a una inundación. La secuencia permitió a los geólogos reconstruir el comienzo de la catástrofe casi como si dispusieran de la grabación sonora de un crimen.
Daniel Shugar, geomorfólogo de la Universidad de Calgary y uno de los primeros científicos que examinó las imágenes, describió el lugar del impacto como un paisaje sobre el que hubiera estallado una bomba. La comparación no parece exagerada. Durante la caída, la energía potencial acumulada por millones de toneladas de hielo y roca se transformó en velocidad, calor, fracturación y presión. El hielo se pulverizó, las rocas se hicieron añicos y toda aquella masa incorporó agua, barro y sedimentos hasta convertirse en una corriente extraordinariamente móvil.
Todavía no se conoce con precisión toda la cadena de acontecimientos. Los científicos saben que se produjo un derrumbe glaciar de dimensiones excepcionales, pero la cantidad de agua que apareció en el valle obliga a considerar otros procesos. Es posible que la avalancha fundiera parte del hielo por fricción y por la enorme energía del impacto; también pudo incorporar agua almacenada bajo el glaciar o represar temporalmente el río Lhende Khola, un afluente del Bhote Koshi. Al romperse aquel tapón improvisado, el agua acumulada habría sido liberada de golpe. Probablemente no hubo una sola causa, sino una sucesión de ellas, cada una empeorando la anterior.
Eso es lo que convierte estas catástrofes en fenómenos especialmente difíciles de prever. Una avalancha puede transformarse en deslizamiento; el deslizamiento, en presa; la presa, en embalse, y el embalse, al romperse, en una ola de agua, lodo, bloques de hielo y rocas. Cuando la corriente llega a las poblaciones situadas aguas abajo ya no se parece a un río desbordado, sino a una pared en movimiento.
Además, no estaba lloviendo. Las riadas ordinarias suelen venir precedidas por cielos negros, lluvias torrenciales y un río que comienza a crecer. En este caso, las poblaciones del valle no recibieron ninguna de esas advertencias naturales. El desastre descendió desde las alturas bajo un cielo que no anunciaba nada extraordinario.
En apenas media hora, el nivel del sistema fluvial del Trishuli aumentó hasta nueve metros. La corriente atravesó Timure y Rasuwagadhi, arrasó viviendas, carreteras, instalaciones públicas, centrales hidroeléctricas y al menos diecinueve puentes. Los primeros balances hablaron de al menos 165 muertos y cientos de desaparecidos, unas cifras todavía provisionales que probablemente cambiarán a medida que avancen las labores de búsqueda. En los valles estrechos del Himalaya, donde las poblaciones, los caminos y las infraestructuras se concentran inevitablemente junto a los ríos, una crecida repentina apenas deja lugares hacia los que escapar.
El desastre ha llamado también la atención sobre otro peligro relacionado con los glaciares, aunque los investigadores no atribuyen esta riada concreta a la rotura de un lago glaciar. Cuando un glaciar retrocede, el agua de fusión puede acumularse en las depresiones dejadas por el hielo. En muchos casos queda retenida por una morrena, es decir, una mezcla de piedras, arena, barro y hielo transportada y abandonada por el propio glaciar.
Una morrena puede parecer una presa, pero no ha sido construida por ingenieros, no posee aliviaderos y nadie ha calculado cuánta presión puede soportar. Es, en esencia, un enorme montón de materiales sueltos que ha tenido la amabilidad de contener un lago hasta que deja de hacerlo. Si aumenta demasiado el nivel del agua, se funde el hielo oculto en su interior o cae sobre el lago una avalancha de rocas, nieve o hielo, la ola resultante puede desbordarla y abrir una brecha.
La liberación repentina recibe el nombre de glacial lake outburst flood, abreviado glof, algo así como «inundación por desbordamiento de un lago glaciar». El nombre es bastante menos aterrador que el fenómeno. Millones de metros cúbicos de agua pueden precipitarse por un valle, incorporar sedimentos y bloques y recorrer decenas o incluso cientos de kilómetros. La avalancha inicial dura quizá unos minutos, pero sus consecuencias se propagan mucho más allá de la montaña en la que comenzó. (…)
El problema no es solo geológico. También es político. De los 47 lagos, únicamente 21 se encuentran dentro de Nepal. Otros 25 están en la Región Autónoma del Tíbet, bajo administración china, y uno en India. En otras palabras, más de la mitad de las amenazas que pueden descender hacia territorio nepalí nacen fuera de sus fronteras.
El agua, que tiene escaso respeto por la soberanía nacional, puede atravesar la frontera antes de que una alerta haya recorrido los correspondientes ministerios. Una rotura producida en una cabecera tibetana puede enviar una crecida hacia aldeas, carreteras, pasos fronterizos y centrales hidroeléctricas de Nepal, cuyo Gobierno no puede instalar por sí solo sensores, reducir el nivel de los lagos ni inspeccionar las morrenas situadas en territorio chino.
Las autoridades nepalíes y el PNUD han señalado cuatro lagos —Thulagi, Lower Barun, Lumding Tsho y Hongu 2— como objetivos prioritarios. Las posibles intervenciones incluyen excavar canales de desagüe, rebajar artificialmente el nivel del agua e instalar sistemas de vigilancia y alerta temprana. Nepal ya ha realizado trabajos semejantes en Tsho Rolpa e Imja Tsho. Pero para vigilar los lagos situados al otro lado de la frontera necesita algo que ninguna excavadora puede proporcionar: cooperación internacional, intercambio de datos y comunicaciones capaces de adelantarse a la riada.
La relación entre este derrumbe concreto y el cambio climático todavía no puede establecerse de manera concluyente. Los colapsos glaciares gigantes son fenómenos poco frecuentes y existen muy pocos casos bien documentados. Sin embargo, el contexto general resulta difícil de ignorar. El Himalaya se calienta aproximadamente el doble de rápido que el promedio mundial, sus glaciares retroceden y el permafrost de las montañas se degrada. Ese suelo permanentemente helado actúa como un cemento que mantiene unidas rocas, hielo y laderas muy empinadas. Cuando se descongela, la montaña pierde parte de su pegamento.
La riada de Nepal deja así una lección inquietante. En el Himalaya no hace falta que llueva, que se rompa un lago ni que se produzca un terremoto. Basta con que una masa de hielo y roca, almacenada durante décadas a cinco kilómetros de altitud, deje de estar donde estaba. La gravedad se encarga de todo lo demás.
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