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Cultura 31 de mayo de 2026

Itinerarios de lectura: seamos realistas, amemos lo mágico

Fantástico, maravilloso, realismo mágico. Más allá de las categorías y las etiquetas, Alejo Carpentier le da una vuelta más al llamarlo lo "real maravilloso".

Alejo Carpentier,

Por Nomi Pendzik

Hace unos días me llegó un video de un youtuber que trataba de dilucidar las diferencias entre la literatura fantástica, el realismo mágico y otras varias categorías más o menos similares. Eso me llevó a disparar algunas consideraciones que quiero compartir con ustedes en esta nota.

Más allá de la utilidad que les encontremos a las etiquetas con que la crítica pretende calmar su ardor entomológico acomodando a cada obra en su estante, la distinción entre la literatura fantástica y el realismo mágico o lo real maravilloso es pertinente, porque nos lleva a considerar algunos aspectos tanto del mundo en que transcurre una historia como del modo en que se presenta ese mundo.

En la literatura fantástica, dentro de un entorno que se describe como realista, irrumpe un elemento que no pertenece a ese entorno. Y esa irrupción hace tambalear la creencia en la estabilidad de ese mundo. En esto difiere del realismo mágico –o su primo hermano, lo real maravilloso–.

Aunque suele asociarse indisolublemente a la literatura hispanoamericana, la expresión “realismo mágico” fue inventada en 1925 por el crítico alemán de arte Franz Roh para describir la obra de ciertos pintores postexpresionistas. La retoma el escritor venezolano Arturo Úslar Pietri en 1928, al intentar definir la literatura de su tierra: habla de “la consideración del hombre como misterio en medio de los datos realistas”. Alejo Carpentier (1904-1980), el autor que disfrutaremos hoy, le da una vuelta a esta etiqueta, y la llama “lo real maravilloso”. En el prólogo a su novela El reino de este mundo, afirma: “Siempre me ha parecido significativo el hecho de que, en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaron todavía a la busca de El Dorado, y que en días de la Revolución Francesa –¡vivan la Razón y el Ser Supremo!–, el compostelano Francisco Menéndez anduviera por tierras de Patagonia buscando la ciudad encantada de los Césares”. Y concluye: “¿Qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?”. Para el cubano-francés Carpentier, la feracidad de la naturaleza americana, las inconcebibles inmensidades del continente, las diversas cosmogonías que confluyen en un interior, configuran un tipo de literatura que debe ser elaborada tan barrocamente como su naturaleza.

Así, las obras que se inscriben dentro de estas características presentan un universo en el que lo mágico, lo extraordinario, no causan extrañeza: ocurren como componentes de lo cotidiano. Se incorporan también las creencias específicas de cada región, tal y como las vive la gente. Y estos hechos extraños, que se inmiscuyen dentro de la realidad natural, son relatados por un narrador impávido, que los cuenta como quien describe la lluvia. En ese sentido, esta categoría crítica tan real y tan mágica al mismo tiempo, se acerca al mundo del relato maravilloso, ese que transcurre en el reino del Habíaunavez, en el que los hechos o situaciones o personajes no naturales, imposibles per se, no necesitan explicación, no se cuestionan. Y tampoco asombran a quienes protagonizan la historia. Así, las metamorfosis que veremos enseguida en el manco Mackandal –el esclavo que adquiere poderes sobrenaturales en El reino de este mundo– constituyen un elemento más de este inmenso tapiz multicolor que es nuestro ibérico continente. Y las aceptamos con tanta naturalidad como aceptamos los inverosímiles “gobiernos” que nos viene tocando padecer en nuestra irreal realidad.


El reino de este mundo

de Alejo Carpentier

Con el pretexto de bañar a los caballos, Ti Noel solía alejarse de la hacienda de Lenormand de Mezy durante largas horas, para reunirse con el manco. Ambos se encaminaban, entonces, hacia el lindero del valle, hacia donde la tierra se hacía fragosa, y la falda de los montes era socavada por grutas profundas. Se detenían en la casa de una anciana que vivía sola, aunque recibía visitas de gentes venidas de muy lejos. Varios sables colgaban de las paredes, entre banderas encarnadas, de astas pesadas, herraduras, meteoritas y lazos de alambre que apresaban cucharas enmohecidas, puestas en cruz, para ahuyentar al barón Samedi, al barón Piquant, al barón La Croix y otros amos de cementerios. Mackandal mostraba a la Mamán Loi las hojas, las yerbas, los hongos, los simples que traía en la bolsa. Ella los examinaba cuidadosamente, apretando y oliendo unos, arrojando otros. A veces, se hablaba de animales egregios que habían tenido descendencia humana. Y también de hombres que ciertos ensalmos dotaban de poderes licantrópicos. Se sabía de mujeres violadas por grandes felinos que habían trocado, en la noche, la palabra por el rugido. Cierta vez, la Maman Loi enmudeció de extraña manera cuando se iba llegando a lo mejor de un relato. Respondiendo a una orden misteriosa, corrió a la cocina, hundiendo los brazos en una olla llena de aceite hirviente. Ti Noel observó que su cara reflejaba una tersa indiferencia, y, lo que era más raro, que sus brazos, al ser sacados del aceite, no tenían ampollas ni huellas de quemaduras, a pesar del horroroso sonido de fritura que se había escuchado un poco antes. Como Mackandal parecía aceptar el hecho con la más absoluta calma, Ti Noel hizo esfuerzos por ocultar su asombro. Y la conversación siguió plácidamente, entre el mandinga y la bruja, con grandes pausas para mirar a lo lejos.

Un día agarraron un perro en celo que pertenecía a las jaurías de Lenormand de Mezy.

Mientras Ti Noel, a horcajadas sobre él, le sujetaba la cabeza por las orejas, Mackandal le frotó el hocico con una piedra que el zumo de un hongo había teñido de amarillo claro. El perro contrajo los músculos. Su cuerpo fue sacudido, en seguida, por violentas convulsiones, cayendo sobre el lomo, con las patas tiesas y los colmillos de fuera. Aquella tarde, al regresar a la hacienda, Mackandal se detuvo largo rato en contemplar los trapiches, los secaderos de cacao y de café, el taller de la añilería, las fraguas, los aljibes y bucanes.

—Ha llegado el momento —dijo.

Al día siguiente lo llamaron en vano.

Llevadas ahora con gran pereza, con siestas y meriendas a la sombra de los árboles, las batidas contra Mackandal se espaciaban. Varios meses habían transcurrido sin que se supiera nada del manco. Algunos creían que hubiera refugiado al centro del país, en las alturas nubladas de la Gran Meseta, allá donde los negros bailaban fandangos de castañuelas. Otros afirmaban que el houngán, llevado en una goleta, estaba operando en la región de Jacmel, donde muchos hombres que habían muerto trabajaban la tierra, mientras no tuvieran oportunidad de probar la sal. Sin embargo, los esclavos se mostraban de un desafiante buen humor. Nunca habían golpeado sus tambores con más ímpetu los encargados de ritmar el apisonamiento del maíz o el corte de las cañas. De noche, en sus barracas y viviendas, los negros se comunicaban, con gran regocijo, las más raras noticias: una iguana verde se había calentado el lomo en el techo del secadero de tabaco; alguien había visto volar, a medio día, una mariposa nocturna; un perro grande, de erizada pelambre, había atravesado la casa, a todo correr, llevándose un pernil de venado; un alcatraz había largado los piojos –tan lejos del mar– al sacudir sus alas sobre el emparrado del traspatio.

Todos sabían que la iguana verde, la mariposa nocturna, el perro desconocido, el alcatraz inverosímil, no eran sino simples disfraces. Dotado del poder de transformarse en animal de pezuña, en ave, pez o insecto, Mackandal visitaba continuamente las haciendas de la Llanura para vigilar a sus fieles y saber si todavía confiaban en su regreso. De metamorfosis en metamorfosis, el manco estaba en todas partes, habiendo recobrado su integridad corpórea al vestir trajes de animales. Con alas un día, con agallas al otro, galopando o reptando, se había adueñado del curso de los ríos subterráneos, de las cavernas de la costa, de las copas de los árboles, y reinaba ya sobre la isla entera. Ahora, sus poderes eran ilimitados. Lo mismo podía cubrir una yegua que descansar en el frescor de un aljibe, posarse en las ramas ligeras de un aromo o colarse por el ojo de una cerradura. Los perros no le ladraban; mudaba de sombra según le conviniera. Por obra suya, una negra parió un niño con cara de jabalí. De noche solía aparecerse en los caminos bajo el pelo de un chivo negro con ascuas en los cuernos. Un día daría la señal del gran levantamiento, y los Señores de Allá, encabezados por Damballah, por el Amo de los Caminos y por Ogun de los Hierros, traerían el rayo y el trueno, para desencadenar el ciclón que completaría la obra de los hombres. En esa gran hora –decía Ti Noel– la sangre de los blancos correría hasta los arroyos, donde los Loas, ebrios de júbilo, la beberían de bruces, hasta llenarse los pulmones.

Cuatro años duró la ansiosa espera, sin que los oídos bien abiertos desesperaran de escuchar, en cualquier momento, la voz de los grandes caracoles que debían de sonar en la montaña para anunciar a todos que Mackandal había cerrado el ciclo de sus metamorfosis, volviendo a asentarse, nervudo y duro, con testículos como piedras, sobre sus piernas de hombre.