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Cultura 26 de diciembre de 2019

La Casa de la Tía Dominga

Historias de barrio, de Enriqueta Barrio.

Por Enriqueta Barrio

Primero que nada, el silencio. Profundo, hondo, en el que todos los sonidos quedaban suspendidos en el aire, sonando casi de otro mundo, tan distintos a como se los oía en la ciudad. Viniendo de un departamento de tres ambientes urbano, con balcón saliente a una de las avenidas más populosas, en la que los colectivos, los bocinazos, las marchas de protesta y los festejos de triunfos se sucedían diariamente, ese silencio abrumador en la casa de la tía la obligaba a escuchar sus propios latidos, paralizándola.

Se sentó en el sillón de pana verde, cerró los ojos, y recorrió ese mundo lleno de pacífica actividad con su mente en blanco, entregándose a los sentidos dulcemente. Las altas ramas de los eucaliptus, mecidas por el viento, crujiendo como mueble viejo, flexibles y cantarinas, jugando con el anverso y reverso de sus hojas. El péndulo del antiguo reloj de pie en la amplitud de la sala, en la que paradójicamente el tiempo parecía detenido; y el sonar apagado y lejano de una campana cada media hora y a la hora en punto. Acomodó su respiración al ritmo de los segundos un rato, enseguida se olvidó y el paseo auditivo la llevó a la cocina. Allí siempre había un borboteo lento, un volcán en erupción controlada, lanzando suspiros de vapor desde la olla de hierro, de cocciones largas y pacientes, la antístesis de la comida rápida con la que se alimentaba a diario. Olió, inmóvil desde el sillón, la delicadeza de la hoja de laurel liberando de a poco su fragancia en el hervor persistente. Fue con su mente a la habitación de piso parquet largo, rasqueteado y encerado siempre, con los patines tejidos al crochet deslizándose sigilosos; la cama ahora vacía de la tía Dominga. Nada más placentero que las sábanas planchadas y frescas, sin una arruga, y la frazada tejida a mano, consolándola en sus penas de amor adolescente. Dos pájaros peleándose en la ventana, quien sabe por qué, mantenían un diálogo impaciente, lleno de reclamos y acusaciones. Abrió un ojo y los vio; uno le daba la espalda al otro y este se acercaba reclamándole algo a los chillidos. El primero perdió la paciencia y levantó vuelo. El otro lo siguió al instante, para seguir acusándolo. Si habrá pasado momentos así, chillando y persiguiendo para seguir chillando y persiguiendo.

El sol tibio de la media mañana le acarició las piernas, y bañó toda la estancia de dorado. Calentó los fríos pisos de mosaico, que huelen a lo lejos, muy a lo lejos, a kerosene. La voz de la tía Dominga sonó en su cabeza, clara y presente, hablando de las virtudes de este combustible para hacer brillar los pisos, mientras sus piecitos envueltos en pantuflas de abrigo, vuelan atareados a prepararle la merienda. Los cuadros eternos en las paredes, con esos paisajes en los que se había imaginado corriendo, durante las siestas de verano, llenas de magia y misterio, mientras los ronquidos de los adultos se unían al péndulo creando ritmos y canciones; y el polvillo flotando en el aire dibujaba imágenes oníricas.

Abrió los ojos y volvió a la realidad. Como en una obra de teatro, la historia llegaba a su fin y el telón pesado y polvoriento, se cerraba lentamente. Guardar todo eso solo para ella, sabiendo que a nadie le importará el amor que dejó en ese diván, los miedos que ahogó tras la biblioteca jugando a la escondida, la dulzura de las manos de la tía Dominga secándole las lágrimas.

Se puso la campera y salió cerrando la puerta despacito. Subió al auto, lo puso en marcha y arrancó. Por el espejo retrovisor vio la casa en el medio de la nada, sola y silenciosa, elevarse en el aire tibio del mediodía campestre y romperse en mil fragmentos dorados, que cayeron como lluvia. Sacudió la cabeza y enfocó la mirada en la ruta. Para adelante, se dijo, siempre para adelante. Papelitos dorados se soltaron del espejo lateral y corrieron libres, perdiéndose en el cielo de la Pampa, livianos y sencillos como el corazón de la tía Dominga.

En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora
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