La dictadura desde la mirada de una niña lectora: la nueva novela de Verónica Sukaczer
La escritora, editora y periodista estuvo en Mar del Plata y conversó con LA CAPITAL sobre "Siete años, mil vidas", una novela juvenil que invita a reflexionar sobre la vida escolar en los años más oscuros de nuestra historia reciente.
Verónica Sukaczer ha publicado libros como “Los nombres prestados”, “De qué nos reíamos cuando estaba todo bien” y “Siempre nos estamos yendo”. Foto: Dominique Besanson.
Por Rocío Ibarlucía
¿Cómo vivieron los niños y las niñas la última dictadura argentina? ¿Qué leían, qué escuchaban de los adultos y qué conversaban con sus amigos? ¿De qué manera el clima de censura, vigilancia y disciplinamiento se filtraba en la escuela, los recreos y la vida cotidiana? Esas preguntas fueron los disparadores de Siete años, mil vidas, la nueva novela para lectores jóvenes –y adultos también– de Verónica Sukaczer, una de las autoras más reconocidas de la literatura infantil y juvenil argentina.
Escritora, periodista y editora, con más de veinte libros publicados y distinciones como el Premio Konex y el Segundo Premio Nacional de Literatura Infantil, Sukaczer reconstruye en esta obra la experiencia de crecer durante aquellos años desde la mirada de una niña lectora. La historia dialoga, además, con su propia biografía: al igual que Ruth, la protagonista, comenzó la escuela primaria en 1975 y la terminó en 1981.
Publicada por Nube de Tinta, la novela sigue el recorrido de una niña que descubre el mundo –y, poco a poco, también el clima político de la época– a través de los libros. Entre poemas aprendidos de memoria en la escuela, revistas infantiles como Anteojito, autores censurados como Elsa Bornemann y la omnipresente marcha del Mundial 78, Sukaczer ofrece la historia de una lectora y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la escuela durante la dictadura: sus mecanismos de control, las tensiones que atravesaban la tarea docente y la capacidad de la palabra poética para abrir espacios de libertad incluso en contextos de censura.
Invitada a Mar del Plata para presentar Siete años, mil vidas en Espacio Fray y para participar este sábado, junto al escritor Sebastián Vargas, del cierre de la Jornada La Literatura y la Escuela –organizada por Jitanjáfora y destinada a docentes, mediadores de lectura y estudiantes–, Sukaczer conversó con LA CAPITAL sobre el proceso de escritura de esta novela, el papel de la escuela en aquellos años y los desafíos de escribir para las nuevas generaciones.

La autora con su novela Siete años, mil vidas, publicada por Nube de Tinta, una historia recomendada para lectores a partir de los 7 años.
—¿De dónde nació el impulso de escribir “Siete años, mil vidas”?
—Llevo muchos años pensando en cómo podría contar los años de la dictadura argentina, la experiencia de niños que viven una época de la que nada saben ni nadie habla, que tienen una infancia feliz, sin sobresaltos ni incidentes. ¿Por dónde y cómo nos atravesaba la realidad, qué se colaba del afuera en nuestro día a día? Y además, ¿podía permitirme abordar una historia desde esa mirada de desconocimiento, teniendo en cuenta que hay muy buenos libros que relatan experiencias mucho más cercanas a los hechos? La respuesta a esas preguntas llegó con una hermosa y sorpresiva invitación de mi editora de Penguin Random House a escribir una novela para lectores jóvenes sobre el tema, con absoluta libertad creativa.
—En este libro se cuenta la dictadura desde la perspectiva de una niña que muchas veces no comprende del todo lo que sucede a su alrededor. ¿Qué posibilidades te ofrecía esa perspectiva infantil y qué desafíos implicó construir esa voz narrativa para contar el horror?
—En general la oferta de libros sobre la dictadura para niños o jóvenes está formada por textos informativos. Y está muy bien, es necesario que haya libros que cuenten de manera clara y amplia lo que sucedió durante esos años y yo también fui lectora de libros informativos. Las novelas que hablan sobre el tema, en cambio, lo hacen en general a través de personajes que fueron testigos: hijos o familiares de desaparecidos o exiliados o encarcelados o perseguidos por la dictadura.
Yo simplemente quise contar lo que fue crecer, vivir la infancia durante esos años. Nada más. Las cosas que se conversaban entre amigos en la escuela, lo que uno veía en la calle a veces, el modo en que nos trataban los adultos. Si bien me basé en algunas experiencias personales, quisiera aclarar que el personaje principal no soy yo, está construido con un collage de recuerdos de distintas personas y ficción, lo que necesita una novela para que avance la trama. Crear a Ruth, la protagonista, fue uno de los desafíos más lindos de mi carrera. Porque Ruth es pura expresividad, es lúdica, histriónica, me divertí mucho con ella, con sus salidas y reacciones, me ofreció la posibilidad de desarrollar una mirada y una voz que no calla nada, que pregunta, que avasalla, que busca respuestas.
—En la novela la escuela aparece como un espacio atravesado por tensiones: puede ser un refugio para la infancia, pero también un lugar donde se reproducen los discursos y mecanismos del poder. ¿Qué aspectos de la vida escolar durante la dictadura te interesaba recuperar y poner en discusión desde la literatura?
—Creo que la escuela siempre, incluso hoy, es un espacio atravesado por tensiones. Pero en particular la escuela de los años 70 y 80 impuso reglas estrictas que tenían que ver con un mecanismo de poder. La orden y el principio que vino de arriba fue: los niños son el futuro de la Patria y no deben contaminarse con todo aquello que puede pervertirlos. Lo vivimos a través de la vestimenta, de los colores que podían verse debajo del guardapolvo, de los largos de las polleras, hasta del color de la hebilla para el pelo. También, por supuesto, a través de lo que aprendíamos, leíamos, escuchábamos. Pero eso nosotros no podíamos saberlo, por supuesto. Lo que sí nos molestaba, lo que nos quitaba libertad eran todas las reglas absurdas de cuándo hablar, cuándo callar, cómo saludar a cada adulto de la escuela según su cargo, cómo formar, etcétera.
“Prefiero no cargar a la lectura con nada más que la posibilidad de disfrute. Caso contrario, le estaríamos pidiendo a la literatura que cumpla una función antes que ser literatura”.
—“Siete años, mil vidas” puede leerse también como la historia de una lectora. Los poemas, las revistas, los libros infantiles tienen una presencia fundamental en la construcción de Ruth. ¿Hay en esa trama una forma de homenajear a los libros y autores que acompañaron tu propia infancia?
—Supongo que sí, fui una enorme, gran lectora. Leía todo lo que estaba a mi alcance: libros, revistas, historietas, enciclopedias, diccionarios. Quién de esos años no recuerda a absolutamente todos los personajes de historietas, de ahí que haya incluido a Anteojito casi como un personaje más. También me gustaba mucho memorizar poemas y los sigo recordando, me apena que no se recite más, hoy hay un rechazo hacia todo lo que es memorizar porque se piensa que la única opción es “aprender de memoria”, repetir sin entender. Pero memorizar poesías y ciertos textos va por un camino diferente y tiene enormes beneficios: ayuda a la atención, la concentración, la memoria verbal, etcétera. Por eso me di el gusto y agregué en el libro poemas que aprendí en la primaria.
—Ruth va construyendo su identidad a partir de las palabras que encuentra en los libros y en ellos encuentra una forma de oponerse a la censura. ¿Creés que la lectura sigue siendo hoy una forma de resistencia frente a los discursos dominantes?
—Como escritora, prefiero no cargar a la lectura con nada más que la posibilidad de disfrute, de conocer mundos imaginarios, de navegar por muchas otras historias más allá de la propia. Caso contrario, le estaríamos pidiendo a la literatura que cumpla una función antes que ser literatura. Escribo y leo por placer, luego vendrán otros a construir sus historias de resistencia.
“A mí me entusiasma lo nuevo: pantallas, redes e inteligencias artificiales y lo que sea que vaya a llegar. Lo importante es que nunca vamos a dejar de contarnos historias”.
—La literatura infantil y juvenil fue uno de los blancos de la censura durante la dictadura. Mientras escribías esta novela, ¿hubo hallazgos, historias o materiales que te sorprendieran particularmente?
—Sí, absolutamente, hice una gran investigación y hubo mucho que no sabía. Me llamó la atención la cantidad de libros censurados, por ejemplo, la obra casi completa de Álvaro Yunque, que es un autor bastante olvidado pero que recuerdo muy bien de los libros de lectura. Y la historia del Currículum de las 13 letras es realmente interesante y me llama la atención no recordarla, si es que alguna vez la supe, porque durante la dictadura mi mamá fue maestra casi siempre de primer grado. Y este currículum indicaba que no se podían enseñar todas las letras sino trece en particular, por lo que las maestras debían ingeniárselas para armar textos con palabras que solo tuvieran esas letras. Pero como muchos docentes no estaban de acuerdo, los chicos tenían dos cuadernos: en uno aprendían las benditas trece letras y, en el otro, el cuaderno secreto que debían mantener escondido si entraba alguien al aula, todas las demás.
Y lo maravilloso fue descubrir que esto que me contó mi mamá aparece en estudios que se enfocan en la pedagogía de esos años. Hubo maestros rebeldes que siguieron enseñando a leer sin importarles ninguna otra cosa que esa: enseñar.

Algunos de los libros publicados por Verónica Sukaczer.
—En un contexto atravesado por las pantallas, las redes sociales, la IA y nuevas formas de consumo cultural, ¿qué desafíos y oportunidades encontrás hoy en la literatura destinada a las nuevas generaciones?
—En verdad el desafío que a mí me interesa es escribir cada vez mejor, enamorarme de la historia que quiero contar, si la encuentro, y hallar para eso nuevas formas, registros, estilos. Y si lo que escribo interesa a las nuevas generaciones, bienvenido sea. Además, también yo voy cambiando la manera en que lo hago, del mismo modo en que va cambiando cómo se lee y se incorporan todas estas nuevas formas de consumo cultural. A mí me entusiasma el cambio y lo nuevo, todo me da curiosidad: pantallas, redes e inteligencias artificiales y lo que sea que vaya a llegar. Lo importante es que nunca vamos a dejar de contarnos historias, lo hacemos desde el principio de los tiempos y, como leí por algún lado: basta que dos personas se encuentren y se cuenten una historia para que cada vez vuelva a nacer la literatura.
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