Literatura y manuales de estilo: no rechaces el adverbio injustamente
Una reflexión sobre la aplicación acrítica de ciertas reglas de escritura, como el rechazo a los adverbios terminados en “-mente”, y la necesidad de atender a las particularidades de cada idioma, su tradición y su contexto.
Por Francis García Reyes (*)
Desde luego, vivimos en una época polarizada en la que la vasta complejidad de la vida se reduce fundamentalmente a blanco y negro. Dicha polarización, por desgracia, se esfuerza en infectar también la creación literaria, donde incluso se han llegado a crear listas de palabras prohibidas –y no solo por motivos ideológicos, como se verá–. Este es el caso de los adverbios acabados en -mente.
No hay manual de estilo que no dedique un apartado a desprestigiar impunemente el uso de los adverbios terminados en “-mente”. Al aprendiz a escritor se le exhorta a buscar rebuscadas formulas verbales en sustitución de estos adverbios. Muchas veces, ni tan siquiera se le explica el porqué. Y, cuando se le explica, dicha explicación se reduce a un “está mal usado”.
El veto a los adverbios acabados en “-mente” y otros elementos de la frase viene, como siempre, de la manía de querer asumir marcos ideales de otros contextos, contextos culturales, lingüísticos, históricos, políticos. Asumir marcos de otros contextos, digo, sin tan siquiera entender por qué funcionan esos marcos en sus contextos, cómo han llegado hasta nosotros. Y, peor aún, sin entender cuál es nuestro propio contexto, si esos modelos extranjeros aportan realmente algo y si nosotros mismos no tenemos mejores modelos.
Que conste que el consejo en sí mismo no es el problema, sino el desconocimiento de quien lo da y de quien lo aplica.
Esto pasa precisamente con el asunto de los manuales de estilo y sus palabras y fórmulas prohibidas. Muchos de estos manuales son traducciones de manuales –en algún que otro caso literalmente traducciones– de manuales anglosajones de estilo. Esos manuales están escritos en y para entornos anglosajones: universidades, talleres, conferencias, bibliotecas y siga usted contando. Obviamente, en lo referente a los manuales de estilo en español, hay honorable excepciones como el Taller de Corte y Corrección, que se centra y adapta todas sus enseñanzas –incluidas las que vienen de maestros del mundo anglosajón– a un entorno lingüístico hispano.
Retomando el tema del adverbio, los manuales en inglés suelen advertir sobre el abuso de los adverbios en “-ly” fundamentándose sobre todo en que son lazy, clutter y wordiness. Es decir, que son palabras flojas en el sentido de que parchean verbos genéricos; que son trastos, en el sentido de que no añaden valor; y que, en general, son puro relleno, palabrería. Desde luego son buenos argumentos para evitar su abuso. Son argumentos tan buenos que se pueden tomar prestado para textos escritos en español, y no exclusivamente para los adverbios, sino para verbos, adjetivos, sustantivos y muchas otras palabras genéricas. De todos modos, se hace necesario no perder de vista al menos tres cuestiones importantes a la hora de tomar demasiado en serio este consejo anglosajón.
Primero, que el idioma inglés tiene entre 250.000 y 500.000 palabras, mientras que el español tiene entre 93.000 y 150.000, por lo que los anglosajones se pueden permitir vetar tantas palabras como les venga en gana. De hecho, como todas las lenguas germánicas, el inglés tiene una libertad casi infinita para crear nuevas palabras con métodos como el ‘compound’ o composición, a diferencia de las lenguas romances, que solo pueden hacerlo muy limitadamente.
La segunda cuestión es que el inglés tiene una estructura sintáctica muy rígida en comparación a la versatilidad del español, donde, como menciona Marcelo di Marco en “Taller de Corte y Corrección”, la frase “El escritor envió su manuscrito al editor” tiene al menos veinticuatro maneras de ordenarse.
La tercera y no menos importante diferencia entre el inglés y el español es que las palabras en español tienen de media una mayor longitud (5.5 caracteres frente a 5.1 del inglés). Además, en español existe una correspondencia mucho mayor entre la escritura y la pronunciación: casi todas las letras que componen una palabra se articulan al hablar. Pero, paradójicamente, esto no ralentiza la pronunciación, y de hecho el español es uno de los idiomas más rápidos del mundo en cuanto al habla. Esta característica, desde luego, afecta al ritmo y a la cadencia de la frase.
Para un escritor de cualquier idioma es muy importante entender la tradición bajo la que habita, porque idioma y tradición son exactamente lo mismo.
Y, esencialmente, ¿todo esto por qué importa al momento de poner en práctica el baneo de los adverbios que nos recomiendan los maestros de estilo de las academias anglosajonas? Pues porque el español y el inglés son idiomas diferentes. Obvio. Y porque el cuidado que se debe tener con el adverbio es de otro orden distinto al caso anglosajón, que es de orden semántico.
Los problemas en español con el adverbio son de orden auditivo: contundentemente es una palabra bien audible, más contundente que forcefully.
En el español, el problema con el abuso de los adverbios en “-mente” viene por el lado de la cacofonía o de la monotonía de la sonoridad. Y solo es un problema si no se sabe jugar con él.
De cualquier forma, para un escritor hispano, la monotonía y la cacofonía son cuestiones por las que preocuparse, no únicamente con respecto a los adverbios.
Que conste que el consejo en sí mismo no es el problema, sino el desconocimiento de quien lo da y de quien lo aplica.
Y seguro te preguntarás en este punto, querido lector, si acaso no habrá otros tantos consejos de estilo que se repiten a veces de manera acrítica. Y sí, precisamente, y valga la ironía, consejos como el de evitar a toda cosa repetir palabras.
Este consejo, mal aplicado, lleva a inocentes escritores novatos a hacer todo tipo de piruetas antes de repetir una palabra o un nombre, que de hecho hubiese pasado perfectamente desapercibida o que incluso hubiese añadido belleza al texto al repetirse. De esto habla muy bien Bruce Sterling cuando identifica aquel Síndrome del Detective Corpulento: los viciosos antirrepeticiones usan mil y una fórmulas antes de optar por repetir el nombre del dichoso detective.
Tal vez alguien piense que, incluso poniéndole matices, es indiscutible que para todos los contextos la variedad de las palabras es preferible. Bueno, sí, pero hay que ver en qué grado, porque hasta para el tema de las repeticiones hay que tener en cuenta el contexto y la tradición en la que uno se mueve.
Nabokov, por ejemplo, nos desvela que, en los escritores rusos, o al menos en los escritores rusos clásicos, la tolerancia a la repetición de palabras era mayor que en otros idiomas. Así era el caso de Tolstói, Dostoievski o Gogol.
Para un escritor de cualquier idioma es muy importante entender la tradición bajo la que habita, porque idioma y tradición son exactamente lo mismo. Cada palabra carga el rastro de vidas dispersas a lo largo de milenios. Cada palabra que se pronuncia, que se escribe, es una vida que fue vivida y que vive en nosotros al entenderla y usarla. Y, a una escala mayor, nuestra producción literaria desde luego que se ve afectada por el contexto de nuestra traducción.
En fin, esto no se trata de una enmienda a la totalidad, en la que se rechacen de plano los manuales de origen anglosajón o consejos de manuales hispanos con influencia anglosajona. ¡Todo lo contrario! Se trata de buscar entender realmente lo que se te aconseja, para aplicarlo mejor. Es indiscutible la calidad de muchos de esos manuales. Libros como Mientras escribo (On Writing: A Memoir of the Craft), de Stephen King, son libros imprescindibles para todo aquel que quiera llegar a ser escritor. De hecho, sea cual sea la tradición lingüística de la que provenga, el aprendiz de escritor debería de estar abierto a aprender de los grandes maestros, sea cual sea su cultura o el contexto en que crearon sus obras. Libros como Taller de Corte y Corrección, de Marcelo di Marco, por ejemplo, nos abren la puerta para aprender de maestros anglosajones, franceses y sobre todo hispanos, recordándonos siempre una lección importante, y que resume todo lo anterior: en arte, el único dogma absoluto es que el contexto manda.

Francis García Reyes.
(*) Francis García Reyes nació en República Dominicana en 1989, pero ha vivido más tiempo en Venezuela, España y Alemania. Viajero, marcialista, filólogo de formación, aficionado al cine, a la historia y a las caminatas por la naturaleza. Pero, por sobre todas las cosas, un apasionado de los pequeños y grandes misterios de este mundo. Y de esa pasión se deriva con toda seguridad su amor por la más feliz de las artes: la literatura, la gaya ciencia; el alegre saber en su máxima expresión, porque en ella se conjugan y se dan mutuo sentido los hechos humanos.
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