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La Ciudad 21 de junio de 2016

Marcelina de Ciriza, a 25 años de su travesía final

El 20 de junio de 1991 el buque interdicto Marcelina de Ciriza cortó amarras en el puerto de la ciudad y navegó sin tripulación por la costa de Mar del Plata hasta encallar frente a la rotonda de Constitución.

Por Fernando del Rio

Hoy el Marcelina de Ciriza asoma solo cuando la marea está en baja. Son 25 años los que pasaron, justo hoy un cuarto de siglo, desde que cortó amarras en el puerto de Mar del Plata y el mar se lo llevó. Algunos prefieren otorgarle una chance a los fantasmas o al deseo mismo del buque por salir de la interdicción que lo tuvo inmóvil junto al muelle por varios años. Y no está mal, porque el Marcelina de Ciriza era algo más que cualquier buque…

….tal vez alguno de aquellos trabajadores vascos que abulonaban las planchas de acero unas a otras pensó que nada iba a poder separarlas jamás. Que no había fuerza alguna en la Naturaleza capaz de destruir ese buque, hecho eterno a conciencia. Porque así se piensan los barcos en los astilleros y porque además éste era bilbaíno, vasco hasta en los remaches.

En ese astillero del río Cadagua, en el corazón del barrio Burceña de Barakaldo, pasaron los meses con el muelle de armamento ocupado por la maravilla. Nadie lo dijo en voz alta pero todos creyeron que se trataba de eso: una maravilla naval. Eran los últimos meses de la década del ‘50 y en Astillero del Cadagua se le daba forma al buque pesquero más fenomenal construido alguna vez en España.

Tras preparar la rampa con sustancias deslizantes y otros trucos de los armadores, no había más que esperar sino la llegada de las autoridades y de una buena parte de la comunidad que se acercó con sus abrigos a ver cómo ese buque inexpugnable, forjado en el espíritu de lo eterno, tocaba agua por primera vez.

El astillero al que se lo encargaron también era un monstruo, porque solo uno de su especie era capaz de engendrar tal bestia. Sus talleres de fundición no daban abasto y su centelleante máquina de oxicorte automática trabajaba a destajo, precisamente. Allí sobre la margen izquierda del río Cadagua, a unos cientos de metros de su desembocadura en la ría de Bilbao y a menos de  5 kilómetros del golfo de Vizcaya, se levantaba entonces –porque hoy es solo ruinas y recuerdos- los talleres que día a día avanzaban hacia la fecha esperada.

Antes de ser demolido, así lucía el viejo astillero del Caragua.

Antes de ser demolido, así lucía el viejo astillero del Caragua.

El buque, al que llamaron Marcelina de Ciriza como la madre del dueño, debía estar botado para los primeros días de 1960, pero su gran tamaño complicó algunos planes. Las grandes proporciones de la nave, con sus nada menos que 90,65 metros de eslora, replantearon la forma de llevarlo a la zona de flotación y por ese motivo, y algunos otros propios del duro invierno vasco, recién el 29 de enero estuvieron las condiciones a favor.

Tras preparar la rampa con sustancias deslizantes y otros trucos de los armadores, no había más que esperar sino la llegada de las autoridades y de una buena parte de la comunidad que se acercó con sus abrigos a ver cómo ese buque inexpugnable, forjado en el espíritu de lo eterno, tocaba agua por primera vez.

El rito se cumplió como debe ser un rito, metódico. No falto la botella de champagne estallada contra el casco, dando el impulso inicial que todos saben es simulado pero que no por esa falsedad deja de provocar emoción. Y allí fue, el Marcelina de Ciriza, buque pesquero orgullo de la flota de España, el mayor de su clase en aquel invierno de 1960.

Fueron 8 millas de navegación heroica. Con el temple de los que han dado todo, el Marcelina de Ciriza hizo su acto final para esa audiencia tan indiferente hasta ese momento: Mar del Plata, la ciudad que lo cobijó y lo condenó.

El 20 de junio de 1991 el Marcelina de Ciriza llevaba casi 11 años amarrado al puerto de la ciudad de Mar del Plata. Después de prestar servicios hasta el año 1977 en Europa su dueño lo puso bajo contrato de la empresa Sasetru, que lo trajo al país. Su destino de guerrero implacable, ese que había puesto a prueba en los mares del norte, iba a desmoronarse con la misma lánguida tragedia de los barrancos azotados por el mar. Esos barrancos que más de una vez sus tripulantes vieron en las costas marplatenses con la euforia del regreso seguro.

Primero no fue el agua sino todo lo contrario, el fuego, el que lo afectó de tal modo que lo transformó en un buque paralizado. Fue un incendio, en el año 1980, y los daños fueron tales que la empresa Huemul, ex Sasetru, no pudo repararlo a tiempo. Porque con apenas 20 años de vida, el Marcelina de Ciriza tenía la muerte anunciada: sus administradores estaban en quiebra.

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Un amanecer del Marcelina de Ciriza, poco después de su travesía final

 

Junto a otros 7 barcos de la empresa, algunos en Mar del Plata y otros en Quequén, el buque del que hoy, como ayer, todos hablan, quedó apresado por las amarras judiciales. Interdicto en la escollera Sur solo tuvo como tripulantes a quienes lo depredaron: el bronce, cobre, herramientas, instrumentos de navegación y hasta algunas chapas de acero forjadas en Bilbao desaparecieron. Pasaron los años y al Marcelina lo siguieron esquilmando, pese al sereno, que con su perro “Tuque”, solo quería que lo dejaran tranquilo.

Esa madrugada del jueves 20 de junio el temporal preanunciado llegó con toda la fuerza y comenzó a embestir contra el casco con tanta intensidad que las amarras no lo soportaron. Y el Marcelina de Ciriza salió por el canal de acceso del Puerto en su última travesía. Llevaba un solo tripulante, “Tuque”, que a diferencia de su dueño no entendió por qué debía saltar a tierra apenas comenzaron los silbidos y los gritos.

Fueron 8 millas de navegación heroica. Con el temple de los que han dado todo, el Marcelina de Ciriza hizo su acto final para esa audiencia tan indiferente hasta ese momento: Mar del Plata, la ciudad que lo cobijó y lo condenó.

Están aquellos que preferirán sostener que un fantasma lo guió, que en el puesto de mando los espíritus de los trabajadores vascos desafiaban al temporal con sus gritos mientras palmeaban al Marcelina y rozaban sus bulones firmes con ternura, o que simplemente, el alma del buque lo hizo posible hasta encallar frente a la rotonda de Constitución. Acaso como si tal demostración de bravura ya hubiera sido suficiente, la travesía terminó. Solo “Tuque” supo quién lo acompañó hace hoy 25 años.

 

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Hoy, 25 años después, todo lo que queda del Marcelina de Ciriza.