Mario Zegarra y la poesía de la violencia
En una entrevista al narrador peruano, de visita en Mar del Plata tras presentar la reedición de su novela "Tan ignorado como aquí", reflexiona sobre el policial negro, la violencia como materia literaria, la influencia de la poesía y la importancia de contar historias sin concesiones.
Mario Zegarra estuvo en Argentina para presentar Tan ignorado como aquí.
Por Nomi Pendzik
Aprovechando su viaje a Argentina para participar en la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde presentó la reedición de su primera novela Tan ignorado como aquí (publicada por el sello norteamericano Suburbano Ediciones), el premiado narrador peruano Mario Zegarra (Lima, 1982) se tomó unos días para visitar Mar del Plata.
Estuvo en La Anita, sede del Taller de Corte y Corrección –dictado por Marcelo di Marco y Nomi Pendzik–, de donde es miembro destacado, devenido uno de los referentes del género negro peruano. Entre paseos costeros y buena cocina, Mario concedió esta jugosa entrevista.
“Lo único que rige mi literatura es contar una buena historia”.
—¿Cómo nace tu literatura, Mario?
—Es una pregunta medio complicada porque contiene varias aristas. Empecé a leer desde chico, desde los ocho años: novelas de aventuras, tipo Tarzán de los monos, Los tres mosqueteros, Moby Dick, La isla del tesoro, ¿no?, puro fuego. A los quince empecé a escribir poesía, y la dejé un poco cuando ingresé a la universidad, a la carrera de Ingeniería Informática.
—Una carrera que nada que ver con la literatura.
—En ese momento pensaba que era algo rentable, para vivir. Pero Ingeniería no me daba tiempo para escribir ni para leer. Y me cambié a Letras, más precisamente a Literatura Hispánica, con el apoyo de mi papá. Él me dijo: “Al final, el que se queda con la carrera eres tú. Y tú tienes que lograr brillar ahí”. Ya con ese apoyo yo me mandé con todo, pensando que en Literatura me iban a enseñar a escribir…
—Error bastante común.
—Y en la carrera me enseñaron más a criticar que otra cosa, ¿no? Tenía a disposición toda la biblioteca de la universidad, y casi vivía en la biblioteca. Ahí se fue gestando mi literatura en sí. El personaje de Santiago Matamoros se fue afianzando, todas las atmósferas, todas las descripciones empezaron ahí: en la biblioteca de la universidad y en la biblioteca de mi padre.

“No me importa qué piensen de cómo escribo, sino que la historia funcione”, dijo Mario Zegarra.
—O sea que cuando todavía estabas estudiando, ya tenías en la mente a Santiago Matamoros, uno de los principales personajes de tu saga.
—Sí, estaba ahí, como que me zumbaba al oído. En ese momento no tenía nombre. Creo que el nombre habrá salido en 2005 o 2006. Yo ingresé a la universidad en el 2001, o sea que me aguanté tres ciclos en Ingeniería, y de ahí ya me cambié a Literatura. Sí, así empezó.
—¿Y cuáles son las fuentes de tus novelas, tus referentes?
—El primer referente que se me ocurre sería El Quijote. Me parece la obra que todo escritor debería leer, porque básicamente está todo ahí. ¿Quieres escribir una novela? Lee El Quijote. Está en español, y ahí encuentras todas las bases de la escritura. Ya después te metes con la vanguardia, con la poesía. Y a la novela le puedes meter de todo: desde cartas o referencias a películas, hasta las últimas cosas que han salido en tecnología, como una conversación en WhatsApp.
—En tu novela Tan ignorado como aquí incluso usás canciones.
—Sí, incorporé fragmentos de canciones, que normalmente las pongo en cursiva con una barra inclinada para separar los versos. Otro referente, definitivamente, es Mario Vargas Llosa, que es esencial para cualquier escritor peruano, aunque digan que no porque sus ideas políticas no congenian con ellos. Pero no le pueden quitar al tipo el hecho incómodo de que sea un monstruo de las letras.
—Sería como negar a Borges en la Argentina.
—Claro. Tú lees Conversación en La Catedral y aprendes. Y, más centrado en escribir, los referentes los encuentras en cualquier novela policial norteamericana. Ahí aprendes, y aprendes a la mala, pero aprendes.
—¿Por qué aprendes “a la mala”?
—Porque te enseñan cómo volver ágil la novela, rápida. Lo que hace Stephen King: el tipo posee un montón de experiencia y sabe cómo llegar al lector. Con cualquier novela de él, de las primeras, vas a aprender; It y Misery me parecen las mejores. Después puedo nombrar Drácula, puedo nombrar un montón de otros autores de distintos géneros. Y bueno, regresando a la poesía, que me encanta un montón: César Vallejo… De Argentina, me encantan Borges, Cortázar…
“El policial te permite meterle de todo y hablar de todo a la vez”.
—¿Qué te llevó al policial, y al policial negro, en particular?
—Me parece que el policial es bastante dúctil. Te permite meterle de todo y hablar de todo a la vez, y va a funcionar. Admite drama, acción, violencia, ultraviolencia. Cabe lo sentimental, o la crítica social sin que seas ideológico, como creo que funciona mi primera novela (la segunda es un poco más criminal). Lo que le metas funciona. Incluso lo fantástico, que a mí me parece lo más difícil de escribir para cualquier autor.
—¿En qué radica esa dificultad?
—En cómo vuelves verosímil algo que no es real, cómo logras que el lector se la crea. ¿Cómo lo convences de creer en un vampiro, en un grupo de zombis? ¿Cómo describes a un fantasma? Ahí ya me parece que es la capacidad máxima de cualquier autor. Si manejas el fantástico, puedes escribir cualquier cosa. Escribir fantástico te da como un máster en escritura. En cambio, si escribes: “Oye, ¿sabes qué? Me desperté, me preparé un café y me fui a la facultad”.
—Claro, eso es sencillísimo.
—Te lo creen de una. Pero para lo otro debes de armar la atmósfera, ir poniendo indicios, y desde el arranque ya te vas centrando en el tema. En el caso de mi novela Tan ignorado como aquí, en las primeras veinte o treinta páginas ya presento a una mujer fantasmagórica que aparece en la selva, y uno de los personajes la ve. Así desde el comienzo el lector se va metiendo en ese mundo sobrenatural.
—Claro, a despecho de lo que decía Sabato, el policial puede incluir elementos sobrenaturales.
—Claro que se puede, pero lo logra la maestría del escritor. Manejando las herramientas adecuadas, tú puedes contar cualquier cosa. Uno de mis personajes principales, Magistelo Zacarías, está muerto. Pero, muerto y todo, es quien cuenta la historia. Aparece la Muerte, que lo acompaña, y provocan varios enredos, pero la resolución se realiza en la vida real, física: ya no es fantástica.
—En Tan ignorado como aquí encontramos todo eso: lo fantástico, las canciones, la cultura popular. Está la crítica social también. Pero Un maníaco homicida a la vez (Buenos Aires, Bärenhaus, 2021) es mucho más negra, destaca la violencia y la crueldad suprema.
—Sí, a veces el libro como que escurre un poco de sangre, ¿no?
—¿Un poco? A tus novelas hay que leerlas con un impermeable de hule, tipo Dexter.
—Honor que me haces. Un maníaco… cuenta la venganza sangrientamente desproporcionada del personaje de La Maga. En la primera novela, el capitán Santiago Matamoros la ayuda a escapar de los captores que la prostituían y la explotaban con un trato muy vejatorio, por decirlo suave. Él la ayuda, y ella se larga por una ventana. Eso queda ahí. Y yo me pregunté: ¿qué pasaría si La Maga se vengase? Y salió la segunda novela.
“Si manejas el fantástico, puedes escribir cualquier cosa”.
—”La Maga” tiene un arco muy interesante y muy terrible. ¿Le pusiste así por Cortázar?
—En principio no, porque ella es Magaly, y le dicen La Maga. Pero hay un juego ahí también con Cortázar: en el final de Tan ignorado… coloco un enroque, una referencia a Cortázar, a Rayuela, cambiando alguna frase. A mi Maga le hicieron tanto mal que se transformó: de ser una mujer inocente, se convierte en una perfecta exterminahombres.
—En esa novela late como una oscura poesía, una poesía sangrienta que ya empieza quemando gomas con la escena tremenda del taller literario.
—Claro, que está ahí nomás. Los dos primeros capítulos son cortísimos, en el tercero se presenta a la ayudante, el brazo derecho de La Maga, y en el cuarto ya arranca con esa masacre en el club de lectura, que es la parte central del libro: desde ahí se deriva cómo terminará la novela.
—¿Cuando empezás a escribir, te imponés reglas, planificás?
—No, no lo tengo todo pensado. Hago una estructura general de cada capítulo. A veces es mucho más amplio, y divido dentro del capítulo: pasa esto, esto y esto. Pero al final siempre lo termino violentando, o me voy por las ramas. Me gusta dejar que los personajes decidan. Me parece que darle esa libertad al personaje es más fácil a la hora de escribir. Obviamente, sí voy cerrando episodios. Dentro de la novela, si la desmenuzas, hay cierres antes del final.
—Y así evitás dejar cabos sueltos.
—Salvo que los dejes sueltos a propósito, para contribuir, desde una desprolijidad buscada, al final abierto. Pongamos por caso, Maga sale por la ventana y ya está, y ese personaje desapareció de ese contexto en el final de la primera novela. Y varios lectores me dijeron: “Me gustó, pero hay un personaje ahí como que queda en el aire, no se sabe qué pasa”. Y yo les digo: “Lee el segundo libro”.

Portada de Tan ignorado como aquí.
—¿Existe en el Perú una literatura parecida a la tuya? Es decir, hablábamos de una poesía de la violencia, poesía sangrante. ¿Hay algunos autores que trabajen así este tipo de literatura, o vos te considerás una especie de pionero o un solitario?
—Se escribe policial, pero un poco más clásico. Hay referentes como Carlos Calderón Fajardo, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, o Santiago Roncagliolo, que se podría decir que son quienes más policiales han escrito. Incluso Vargas Llosa tiene tres o cuatro novelas que podríamos adscribir al policial. Si lees su primera novela, La ciudad y los perros, hay un asesinato. O sea, la literatura peruana está colmada de pincelazos de policial. Después hay autores nuevos como Álex Chang o Leydy Loayza, que ha escrito, si no me equivoco, nueve policiales. Diego Trelles Paz publicó una trilogía en Anagrama. Y podemos nombrar a Charlie Becerra, a Lenin Solano. José Donayre Hoefken publicó una voluminosa antología sobre el cuento policial peruano, titulada ¡Arriba las manos! (Ediciones Altazor, 2016), y José Güich Rodríguez y Alejandro Susti prepararon un estudio crítico sobre el género policial en el Perú: Caso abierto. La novela policial peruana entre los siglos XX y XXI (Universidad de Lima, 2022). Los policiales del Perú no van a contrapelo del noir, que dicta, grosso modo, que la vida está mal y todo está mal. Prácticamente no se escribe el policial de enigma, el del detective refinadito.
—Vos tocás esa cuerda de la violencia hasta las últimas consecuencias.
—Sí, me gusta ser muy explícito. Si algo macabro o truculento, se tiene que poner sí o sí en el libro: no tengo miramientos a la hora de escribir. Lo único que rige mi literatura es contar una buena historia, y para eso a veces debes embarrarte las manos bien embarradas. En la Semana Negra de Buenos Aires 2025 me preguntaron cómo trato a los personajes. Una de las ponentes dijo que había que tratarlos con pinzas, porque venían de una delicada situación marginal, y yo digo: ¿por qué? No estoy de acuerdo. Tú tienes que mostrar cómo es la realidad. Si el tipo es un violento, le pega a la mujer o le gusta violar lo que sea, lo pones, lo describes. No tienes por qué pensar: “Ay, pobrecito, él está pasando por un tema social, o la sociedad lo castiga”, o algo por el estilo. Yo me mando completamente y, la verdad, puede sonar un poco feo, pero no me importa qué piensen de cómo escribo, sino que la historia funcione. Que la historia apasione, que sea de pura carnadura. De todos modos, hablando con Gastón Intelisano (uno de los máximos exponentes de la novela policial forense en Argentina, autor de Modus operandi), decíamos que no se puede contar todo lo que ves en la realidad, porque a veces no es verosímil. Le pasó a Vargas Llosa con La fiesta del Chivo: cuando se estaba documentando y viajó a República Dominicana, descubrió cosas que había hecho Trujillo que no se podían contar porque no iban a parecer verosímiles. Si el lector no te las creería, debes descartarlas. Y también ahí va la maestría del escritor: qué escoges y qué no escoges para narrar. O para describir. Los mismos diálogos de la realidad, a veces, suenan inverosímiles.
—¿Cómo escribís los diálogos?
—Siempre me ha gustado escuchar a la gente, más que hablarle. No me gusta hablar mucho, ni en público ni cuando estoy con muchas personas. Pero siempre me ha gustado escuchar, y así se me pegan voces, flexiones, modismos. Estoy, por ejemplo, en el bus o en el subte en Buenos Aires, y escucho algo y se me queda grabado. Si tengo una libreta, que mayormente llevo conmigo, lo apunto. También me gusta leer diccionarios de jergas, de idiotismos, ese tipo de expresiones. Y así voy recolectando material. Y cuando habla algún personaje pintoresco en la televisión, me quedo escuchándolo porque seguramente va a decir alguna expresión que se puede usar.
—Oído de escritor, claro. ¿Y después lo leés en voz alta para ver…?
—Sí, y eso lo aprendí de Marcelo di Marco. Es una de las enseñanzas más importantes que aprendí.
—Hablemos entonces del Taller de Corte y Corrección.
—Se podría decir que tuve dos etapas: una presencial, y ahora la virtual, uniendo vía internet Mar del Plata con Lima. La presencial empezó en 2017. Seguidor del canal de Marcelo, me dije: “Me mando para Buenos Aires”. Pues, como tú lo sabes mejor que yo, él y tú misma aún vivián allá. Acostumbrado a dar taller virtual a los extranjeros, Marcelo al comienzo pensaba que estaba bromeando. Le mandé una pequeña biografía y mi enlace de Facebook para que vea que soy una persona real, y me dijo: “Bueno, te espero acá”. Llegué a Buenos Aires con cinco o seis capítulos de Tan ignorado como aquí y con la idea de quedarme dos meses, y al final me quedé los tres meses que permite la estadía. Incluso creo que me pasé unos días y tuve que pagar después en Migraciones. Regresé a Buenos Aires en 2018 con treinta páginas de la segunda novela, Un maníaco homicida a la vez. Marcelo me preguntó: “¿Pero ya tienes otra novela?”. “Sí, ya está”. “¿Cuántas páginas?”. “Tengo como cien”, y sólo había escrito esas treinta. Marcelo las leyó y me dijo: “Esto va a funcionar”. La terminé en dos meses y medio. Las últimas dos semanas en Buenos Aires fueron de puro descanso, vacaciones absolutas: fue rápido el proceso de contar la historia de La Maga. Regresé en 2019 con otra novela más ambiciosa; no llegué a terminarla, me faltaban los capítulos finales. En 2022 volví a meterme en el TCyC, ya de forma virtual. En verdad, sigo aprendiendo un montón y lo recomiendo a todo el que puedo, porque con el Máster nadie pierde: entras, y sales con el oficio lo suficientemente afilado como para ganar premios.
—¿Esa tercera novela es la última de la saga?
—No. Sería, en orden cronológico: “Tan ignorado como aquí”, después la tercera, que es “La maldad es un mandamiento en tierra de nadie” (trata sobre El Extraño, esa fuerza maligna de la naturaleza que atormenta a Matamoros), le sigue “Un maníaco homicida a la vez”, y la cuarta novela, a la que le he puesto un título que no quiero revelar todavía. Y estaba pensando escribir una intermedia entre esa cuarta y quinta de otro de los personajes. Debido a que “Un maníaco…” es un spin-off, me dije por qué no escribir otro spin-off explotando otro personaje. Voy a ver si escribo sobre Arabella, que es una de las antagonistas principales.
—Arabella. Poderoso personaje femenino.
—Poderoso y fantástico, porque es una bruja. Me estoy documentando bastante con eso.
—La tercera está terminada, ¿no?
—El esquema lo tengo listo, todo el esqueleto listo. Falta ponerle las venas, los tendones, los músculos, los pelitos… y ya queda.
—Me acuerdo cuando, ya terminando Tan ignorado como aquí, vos dijiste: “Me faltan…”, y empezaste a contar con los dedos, “…me faltan siete párrafos para terminar la novela”. Yo decía: “¿Cómo sabés que son siete párrafos?”.
—Sabía que faltaban siete párrafos, porque el ritmo y la estructura ya los había cerrado en mi cabeza antes de sentarme a escribir. Ese final me lo han comentado, me dicen que es bastante duro, difícil de escribir y potente, y que a todo el mundo le gusta, por más que sea muy cruel.
—Es que está muy bien logrado. Y hablando de “Tan ignorado como aquí”, ¿cómo estuvo la presentación de la reedición que organizó el Ministerio de Cultura de Perú en la Feria del Libro de Buenos Aires?
—Me sorprendió bastante, porque me fue mucho mejor de lo que yo esperaba. La asistencia y la acogida del público… Los ponentes que me acompañaron, Enzo Maqueira y Gastón Intelisano. Sus preguntas fueron muy jugosas. Más parecía una tertulia de amigos. Después recibí buenos comentarios de los asistentes, de otros escritores. Firmé libros, cosa que no esperaba. A todo autor le gusta firmar libros, aunque no parezca, y a mí personalmente me encanta. Incluso un integrante del personal de vigilancia me dijo algo muy valioso. El tipo está ahí, yo he ido desde las jornadas profesionales antes de que abran la Feria, y siempre lo había visto. Yo andaba buscando un lapicero porque me había olvidado el mío al salir muy apurado del departamento. Él me prestó su lapicero, le firmé en ese momento a José Salem, quien había comprado mi novela y, cuando se lo devolví al vigilante, me dijo que le había encantado la ponencia y le había divertido mucho, y que esperaba poder escuchar otra así, porque las anteriores habían estado un poco aburridas. Al final considero que eso es lo más valioso: cuando una persona ajena a las capillas literarias te confiesa su fascinación.
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