Martín Cantalupi: “El mundo adulto pierde la capacidad de maravillarse”
El escritor e ingeniero marplatense publicó "Una historia de verano", su primera novela juvenil, ambientada en el ficticio pero familiar pueblo de Mar de Noche. Allí ocurren las aventuras de un grupo de adolescentes que, tras la funesta predicción de un adivino, deben desentrañar un enrevesado misterio.
Martín Cantalupi, escritor e ingeniero marplatense, autor de "Una historia de verano".
Por Félix Lencinas
Es diciembre en Mar de Noche y ya el pueblo se preparó para recibir a los primeros turistas de la incipiente temporada de verano. Cuatro chicos, Nicola, Lucía, Lucas y Agustina, están paseando por una feria que llegó al pueblo y es uno de los grandes atractivos de la temporada. Llegan a la carpa de un adivino y le pagan para que les lea el futuro, pero el adivino les devuelve el dinero y solo les deja un consejo vago. En realidad, el adivino vio claramente que uno de ellos morirá pronto.
Esta es la premisa con la que empieza “Una historia de verano”, la última novela de Martín Cantalupi, escritor e ingeniero marplatense, que ya había publicado otras obras como “Relativo a la eternidad de los instantes” (2015), dentro de la colección “Leer es futuro”, y “De todo laberinto” (2025), un libro de crónicas de viajes y autoficción.
Su más reciente novela, publicada en 2026 por Fondo de Cultura Económica –primero en México y unos meses después en nuestro país–, es la primera incursión de Cantalupi en la novela juvenil. Como alumno de Liliana Bodoc, dice que ella “nunca subestimó a sus lectores”, y él intenta, a su manera, hacer lo mismo: una literatura juvenil que puedan leer todos, sin importar la edad del lector. “Si lo leíste y te convocó, también lo estás leyendo desde tu juventud”, sostiene.
Mar de Noche es un pueblo ficticio pero no tanto: está en la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires. Su historia ocurre en una época cercana a la actual, pero no tanto. Allí los jóvenes protagonistas vivirán una aventura de tinte nostálgico con una “atmósfera medio ochentosa: ese cine de aventura de esa época”.
Sin embargo, que el escenario y los personajes no confundan. La historia toca temas que uno esperaría en una novela juvenil: el amor, la amistad, la identidad y la rebeldía, junto con otros temas más adultos como la muerte, el duelo, la política y, el que el autor define como el tema principal, la pérdida de la capacidad de maravillarse.

La repentina desaparición de Lucas llevará a los jóvenes Nicola y Lucía a desentrañar una trama que involucra corrupción política, conspiraciones y medios de comunicación. Ellos pueden ver lo que los adultos a veces no quieren o, simplemente, no pueden ver.
En una entrevista con LA CAPITAL, Martín Cantalupi habla acerca de la creación de esta novela y anticipa que se presentará en diciembre en esta ciudad. “Una historia de verano”, además, es apenas la piedra fundacional de la “Saga de las estaciones” que continuará en Mar de Noche con otras historias de otoño, invierno y primavera.
— El escenario de la novela, Mar de Noche, se parece a Mar del Plata y a otras localidades balnearias, ¿cómo fue su creación?
— Mar de Noche tiene algo de Mar del Plata, no tanto la cuestión de que tiene playa, sino, sobre todo, esa lógica medio de puerto, de ver que la gente llega y se va. Ahí me paro un poco en el personaje de Lucas, que es el único local de los protagonistas, que le pasa eso con sus amigos. También la otra cara a la que los marplatenses estamos muy acostumbrados, y el turista tal vez no tanto: en diciembre todos los locales están pintando los frentes y acomodando cositas, en la playa también, se preparan todos los detalles. Después, se llena de gente, después se vacía de golpe por meses. Aunque la temporada se está acortando un poco en estos tiempos, ese otro panorama local que vivimos nosotros, que tiene su cosa pintoresca y también nostálgica. Esto de añorar el verano y a la vez está el marplatense típico que putea porque se llena todo de turistas y se tarda más en llegar de un lugar a otro. Un poco el gen marplatense está ahí. Después me inspiré un poco en pueblos balnearios de la costa atlántica, como Monte Hermoso o Mar Azul. Este último es un lugar que me encanta y al que he ido mucho de chico y que tiene algo que acá nos falta, tener tan cerquita el bosque de la línea de playa. Me pareció que un lugar así para la aventura era más interesante.
“Para que aparezca la aventura, sentía que había que apagar un poco lo tecnológico”.
— La novela está situada en la actualidad, pero hay algo medio fuera de época y lo mencionaste al pasar, los personajes se quedan desde diciembre hasta febrero, algo que hoy pasa poco.
—Pasa poco. Traté de jugar tanto con lo geográfico como con lo temporal, fijate que la trama y el pueblo son localizables y ubicables en el tiempo, pero a la vez no es ningún lugar. Es un pueblo ficticio, y no se sabe qué año es. De hecho, me está pasando ahora: esto está pensado como una saga de cuatro libros y estoy con el segundo, donde aparecen otros temas actuales como la inteligencia artificial. Estoy viendo cómo entrar y hasta dónde, para que no quede súper ubicado. La pandemia, por ejemplo, casi que no la menciono, porque me parecía que era anclar la novela mucho en el tiempo. Me parece que, si bien es actual, tiene una especie de atmósfera medio ochentosa: ese cine de aventura de esa época, con la bici. Un poco la excusa es que las dos familias tienen un lugar al que ir, no es que vayan a un hotel, pueden ir siempre de vacaciones ahí. También es un pueblo en el que “nunca pasa nada”, lo que lleva a esta libertad de que los chicos agarren la bici y salgan. Un poco como era cuando yo tenía esa edad en los 90 y principios de los 2000: agarraba la bici, me iba a la playa, me encontraba con mis amigos en un terreno a cincuenta cuadras de casa. Traté de mezclar un poco esos mundos, porque es una novela de aventura. Para que aparezca la aventura, además, sentía que había que apagar un poco lo tecnológico. Cuando se empieza a enquilombar todo, un celular podría ser la solución. Por eso tiene que fallar un poco la tecnología, no tiene que haber señal. Lo trabajé desde ese lugar.
— En ese sentido, sobre la tecnología, me parece interesante la escena de la biblioteca en la que los personajes ingresan a la fuerza a buscar libros porque no pueden encontrar en internet lo que necesitan. Hay una reivindicación de este dispositivo analógico, ¿no?
— Exactamente esa fue la búsqueda. Y la rebeldía de ellos, porque además es una escena en la cual se escapan de la casa, mienten y tienen que romper un vidrio. Pero encima la rebeldía de ellos termina en algo atemporal, analógico, nostálgico. Incluso hay algunos chistes que son más para el lector adulto: se encuentran con una computadora con Windows XP, el tema de la contraseña. Es un guiño a otra generación.
“Liliana Bodoc hacía literatura y punto. Obviamente, a veces se enfocaba en un público juvenil, otras veces en adultos, y otras en primeros lectores. Pero nunca subestimó a sus lectores”.
— Si bien “Una historia de verano” está presentada como una novela juvenil, tiene unos guiños y temas bastante adultos, ¿cómo manejaste el tratamiento de esos temas pensando en el público juvenil?
— Este es mi primer laburo de literatura juvenil, y uno se pone un lector modelo, si se quiere. En el mercado les dicen ‘young adults’, a los lectores de cierta edad que ya tienen cierta experiencia lectora, pero que están saliendo de la adolescencia. Lo que fui descubriendo al escribir es que este joven adulto puede ser de cualquier edad, y a eso terminé apuntando. Un buen ejemplo es la escena de la biblioteca. Creo que es un libro que apela a la nostalgia, y, entonces, la lectura que pueda hacer un pibe de 15 años o un adulto de 40, como yo, se conecta y se desconecta, se acopla y se desacopla y va por niveles paralelos, pero distintos. Es el tipo de literatura juvenil que a mí me convoca y me gusta leer también. Yo fui alumno muchos años de Liliana Bodoc. Ella hacía literatura y punto, obviamente a veces se enfocaba en un público juvenil, otras veces en adultos, y otras en primeros lectores. Pero nunca subestimó a sus lectores. Entonces, humildemente, y a mi manera y con lo que me da el cuero, porque no me voy a comparar con Liliana, un poco apunté los cañones hacia ahí. El libro primero se publicó en México y luego acá, y cuando empecé a trabajar con los editores de México, encontré el que para mí es el tema del libro. Podés decir: la adolescencia, la amistad, el duelo, y todo eso es de diseño, fue buscado y elegido. Pero el tema del libro, en mi lectura, es la pérdida de la capacidad de maravillarse, que es algo muy común del mundo adulto, de cuando uno crece y aparecen las obligaciones. Pero lamentablemente siento, y lo veo yo un poco en mi día a día, que eso está empezando a manchar el mundo de los niños también, por la sobrecarga de estímulos, por los horarios. No tengo hijos por ahora, pero los hijos de mis amigos, mis sobrinos, tienen una vida prácticamente de adulto en cuanto a horarios. Salen de la casa súper temprano, de noche, y vuelven de noche. Eso no les deja mucha capacidad para otro tipo de juego, para una lectura más profunda. Entonces descubrí que inconscientemente se me cayó una metáfora. El adivino, el narrador del libro, es un tipo que está asqueado con la vida porque no tiene la capacidad de maravillarse. Es el único elemento fantástico de la novela: nada lo sorprende, porque ve el futuro. Por eso, no puede enfrentar la sorpresa. Ese elemento para mí es el que puede ser compartido y leído por un joven lector, pero insisto, de cualquier edad. Hablo de una juventud más simbólica, de corazón. No importa tu edad, si leíste la novela y te convocó, te movió en alguna parte, también lo estás leyendo desde tu juventud.
— En relación con eso, los protagonistas son adolescentes y, por lo tanto, hay una mirada propia de esa edad: el amor, la identidad, la rebeldía, ¿cómo la trabajaste?
— Sí, hay temas que surgieron solos, casi que la trama dejaba todo servido para que aparecieran. Por ejemplo, la cuestión de las ‘fake news’, hay todo un tratado sobre eso. La rebeldía, vuelvo a otro de los temas que me parecen cruciales. Entonces, a partir de la decisión de diseño narrativo de decir ‘bueno, vamos a hacer que estos chicos enfrenten el deseo de estar enamorados por primera vez o guarden un secreto que no se animan a contar’, mezclado con la aventura, lleva a la aparición de otros temas más serios. No intento que sea desde un lugar panfletario ni de bajada de línea. Me parece interesante que los que caen en alguna de estas trampas sean los adultos, los que dan la lección de revisar la información que consumís, por ejemplo, y que los que descubren ciertas tramas políticas y de los medios sean los jóvenes y son además quienes les revelan al mundo adulto cosas que se les están escapando.

Martín Cantalupi.
— Esa dimensión política es interesante, a través del personaje de Lucía, la cuestión partidaria en las elecciones y del intendente, pero como decís, no desde lo panfletario, sino desde una mirada más cotidiana, de cómo lo político atraviesa la vida de las personas, ¿no?
— El libro lo arranqué en pandemia y por el 2021 lo estaba refinando. Cuando estaba por la mitad del primer borrador descubrí, y no me puso nada contento, que el libro tenía un mensaje antipolítico. Porque el personaje de Román, el intendente, es medio turbio. Está viendo ahí las encuestas, y se muestra haciendo las compras porque llegan los turistas y quiere ser reelegido. Él era el único componente relacionado con la política, a la práctica de la persona política en todo el libro. Entonces ahí volví un poco para atrás: y apareció, porque estaban en campaña, alguien que fuera la oposición, y aparece el personaje de Marina Lucciani, la otra candidata, que es como todo lo opuesto a Román, el político de carrera. No tiene experiencia pero quiere cambiar algo y no sabe muy bien cómo. Después encontré la forma más interesante de sacarle un poco ese manto negativo a la palabra política, sobre todo en los pibes, que es Lucía, que milita en su centro de estudiantes, que tiene una cuestión con el feminismo, que no sabe qué aplicar y qué no, no es que hable el lenguaje inclusivo y punto. Es, “a veces me olvido, pero está bien, pero me da culpa. Quiero militar pero hasta ahí, porque estoy distraída”. Se va encontrando como ser político a medida que va creciendo y que va pasando el verano.
— La novela primero se publicó en México, es decir, que tus primeros lectores fueron extranjeros, pero a la vez este es un libro que tiene una identidad bastante argentina. ¿Tuviste alguna repercusión por parte de esos lectores?
— Lo primero que a mí me sorprendió es que el libro estuvo cerca de publicarse acá hace unos años, pero por cuestiones de mercado y eso que uno no entiende demasiado, quedó sin publicar. El interés de la gente del Fondo en México fue, la verdad, muy rápido. No pasó mucho entre que yo envié el material y lo leyeron hasta que me dieron el OK. La primera repercusión de lectores fue del comité de selección del Fondo y de los editores. De por sí me sorprendió, yo no tenía mucha fe en que se pudiera publicar, por una cuestión de lenguaje sobre todo, no solo de costumbres. Que los chicos tomen mate, todo el mundo sabe lo que es el mate hoy, hay una especie de argentinización en ese sentido del mundo. La verdad es que fueron súper respetuosos con la identidad y con el tono del libro. Charlamos algunos párrafos que eran demasiado complicados para un lector, por ejemplo, hubo un momento gracioso cuando un personaje habla de una pelopincho y no lograba explicarle a la editora qué era. Ella me sugería ponerle ‘alberca de lona’. Y yo le digo, “no, mis amigos me matan si hago eso”. Entonces hubo alguna modificación chiquita. Hubo otra cuestión con la palabra ‘pendejo’, que es un insulto súper grave para ellos, y me costó que entendieran que lo usábamos como sinónimo de joven, tipo “yo cuando era pendejo iba a tal lado”. En las primeras lecturas, devoluciones de lectores jóvenes, nadie me mencionó dificultades de comprender alguna palabra o costumbre. La verdad que creo que la primera prueba en ese sentido está superada, y me deja tranquilo. Allá, además, le están dando mucha manija: lo reparten porque la editorial es del Estado mexicano, pero también se maneja como un gran grupo editorial. Tienen clubes de lectura o salas de lectura, capacitan a una persona como facilitador y entonces proponen hacer, por ejemplo, una sala de lectura en el Penal de Batán y el Estado, a través de la editorial, dona los libros, y se hacen círculos de lectura. También llegan mucho a las escuelas.
— “Una historia de verano” es parte de una saga, o sea que Mar de Noche va a seguir teniendo otras iteraciones.
— Yo quería que se llamara la “Saga de Mar de Noche”, pero le pusieron la “Saga de las estaciones”. No me disgusta, pero bueno. La idea es sacar un libro por año, entonces ahora estamos trabajando “Una historia de otoño”, y seguiría de acá a varios años, con invierno y primavera. Además de escritor soy ingeniero, entonces soy muy metódico y tengo todo diseñado, más o menos qué va a pasar. Pero la idea es que cada libro sea autoconclusivo, como este: el misterio principal que es la desaparición de Lucas se resuelve, pero quedan cabos sueltos. Esos cabos sueltos irán formando un misterio y una trama más grande que se resolverá en el último libro.
— ¿Los personajes se repiten?
— Los protagonistas son los mismos, el villano también. Me gusta eso de la continuidad porque además la idea es que uno tenga un trasfondo mucho mayor en el libro dos, hasta descubrir que la historia entera es bastante más grandilocuente, más exagerada.
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