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Opinión 18 de agosto de 2026

Riqueza no es desarrollo

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Por Osvaldo Cornide

En sus columnas y presentaciones recientes, el economista Ricardo Arriazu -una de las voces más influyentes del pensamiento económico oficial- viene sosteniendo dos ideas que conviene tomar en serio. La primera: que la Argentina es un país rico porque acumuló un enorme stock de capital -edificios, rutas, viviendas, infraestructura- y porque cuenta, además, con un “subsuelo de riqueza” en energía, minería y agro. La segunda: que esa riqueza se confirma en el comercio exterior, con un superávit que este año podría acercarse a los 30.000 millones de dólares. De ambas concluye que estamos ante una oportunidad histórica.

Comparto el diagnóstico del potencial. Discrepo, con respeto, en la conclusión. Porque hay una distinción que el razonamiento omite y que, desde la mirada de la pequeña y mediana empresa, resulta insoslayable: tener riqueza no es lo mismo que ser un país desarrollado.

Un país puede poseer un extraordinario stock de recursos y de capital físico y, aun así, ser subdesarrollado. La riqueza es un inventario: lo que un país tiene. El desarrollo es una capacidad: lo que un país sabe y puede hacer de manera sostenida -producir, agregar valor, incorporar tecnología, generar empleo de calidad y elevar la productividad del conjunto, no de unos pocos-. Confundir el inventario con la capacidad es el error de diagnóstico más costoso que puede cometer una nación.

Y la Argentina, medida por su capacidad, sigue siendo subdesarrollada. Lo confirman los números que vemos cada día en el comercio, la industria y el agro: pobreza en torno al 32%,informalidad laboral que roza el 44%, una industria que lidera la pérdida de empleo formal desde 2023 y un mercado interno que no arranca. Los indicadores de la producción y el consumo lo ratifican sin necesidad de ideología: las ventas por el Día del Niño cayeron 2,5% pese a las promociones, la brecha entre lo que cobra el productor y lo que paga el consumidor fue de 3,78 veces, y más de 30.000 empresas cerraron en dos años y medio. Esa es la economía real. No la borra ningún edificio ni ninguna ruta.

El argumento del comercio merece la misma mirada. Es cierto que habrá un superávit importante. Pero conviene preguntarse de qué está hecho: de energía, minería y agro -sectores valiosos, pero, como el propio Arriazu reconoce, poco demandantes de mano de obra- y de un menor nivel de importaciones que es, en buena medida, hijo de la recesión. Un superávit sostenido en materias primas y en una economía amesetada no es una señal de desarrollo: es la vieja inserción primarizada de siempre, más eficiente, pero igual de dependiente. La evidencia internacional es contundente: la prosperidad de las naciones no se explica por lo que hay bajo el suelo, sino por la complejidad de lo que saben producir. Especializarse en vender lo que la naturaleza regala es un techo, no una base.

Aquí aparece lo que el diagnóstico omite: la política. Ningún país se desarrolló esperando que la sola seguridad jurídica y el orden macroeconómico hicieran el trabajo. Estados Unidos, Alemania, Corea -los que hoy nos dan cátedra de mercado- se industrializaron con Estados que orientaron la inversión, protegieron y promovieron a su industria naciente y coordinaron el ascenso productivo. La historia económica lo documentó una y otra vez, y dejó una imagen que deberíamos tener presente: las naciones que ya subieron por la escalera del desarrollo suelen aconsejarles a las demás que la pateen.

La Argentina viene pateando su propia escalera. Sin políticas activas de desarrollo industrial, sin crédito productivo en moneda propia, sin infraestructura entendida como inversión y no como gasto, sin un plan para fortalecer el entramado de pymes que genera siete de cada diez empleos, el “subsuelo de riqueza” seguirá siendo exactamente eso: un subsuelo. Los dólares del agro y la energía pueden financiar una transformación productiva o pueden alimentar la próxima bicicleta financiera. La diferencia no la decide el mercado: la decide una política.

Lo venimos diciendo hace años: la riqueza de una nación no es su stock de ladrillos ni su renta extractiva; es su tejido productivo -el comercio, la industria y el trabajo que sostienen a millones de familias y a los pueblos del interior-. Ese tejido hoy está en riesgo, y ninguna estadística de superávit lo reemplaza.

Reconozco y celebro el potencial que describe Arriazu. Pero un potencial no es un destino. La Argentina no es un país rico: es un país con riqueza que eligió, una y otra vez, seguir siendo subdesarrollado. Cambiar eso no depende de la geología ni de la suerte exportadora. Depende de una decisión que seguimos postergando: la de tener, por fin, una política de desarrollo.

(*): Presidente honorario de CAME.