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Cultura 26 de septiembre de 2026

“Salvador”, una novela sobre la clase media que “corre y corre para estar siempre en el mismo lugar”

Además de escritor, Sebastián D´Ippólito es investigador del Conicet y docente universitario. Publicó su primera novela que narra la vida de una familia en un barrio alejado de Mar del Plata. Una historia sobre la incomodidad y la dificultad para alcanzar los deseos, con el Club Alvarado como referencia. Escribir es "un salvavidas para no pensar en cosas que te puedan lastimar", explicó.

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Sebastián D´Ippólito: “La literatura es un trabajo que se hace en conjunto, sin duda, escuchando a otros escritores, a otros compañeros”.

Por Paola Galano

“Estela prende una vela, la inclina boca abajo sobre un platito de postre y deja caer tres gotas de cera. Pone una en la mesada, dos en el living y otra en el pasillo que va hacia las piezas. En la pileta del baño deja la linterna. Alguna vez escuchó que si el fuego llega a agarrar la cortina de la ducha, no lo para nadie. Lleva vasos a la mesa. La botella de agua, el vino, una flauta de pan y fiambre. Cocinar sin luz es difícil y la idea es que la cena pase rápido. Estela estuvo todo el día metida en el bingo y saber que Garúa no va a tener al conductor del noticiero dándole letra la pone nerviosa”.

El fragmento es parte de la novela “Salvador” (Editorial Larría), la primera del escritor marplatense Sebastián D´Ippólito. Es la historia de una familia de clase media, que se las rebusca a pesar de las adversidades y las crisis. Un relato costumbrista, en el que es posible verse reflejado o ver a alguien del entorno personal, con la periferia marplatense como telón de fondo.

La madre es Estela, una mujer solidaria que crió a su hijo Manuel y también al nene del vecino, Garúa. Su marido, Ismael, pone su Torino como remís, hace viajes legales y de los otros. Garúa regresa ya adulto a vivir con la familia, pero viene mal, no es el mismo. Manuel no sabe cómo hacer para vivir con su novia. La incomodidad se apodera de la vida de todos.

Con esos elementos, el escritor construyó una novela coral que logra meter a quien lee en un universo propio: el barrio, sus personajes arquetípicos (el almacenero, la curandera, el amigo drogadicto, el vecino del que no se sabe nada más) y sus espacios (la canchita, el patio atiborrado de objetos en desuso) más el asado, el reparto, el Club Alvarado como referencia ineludible, la escollera sur y los pequeños sueños de una clase media empobrecida.

La aparente sencillez y brevedad –contiene algo más de cien páginas– del libro esconde una idea poderosa. Es la imposibilidad que arrastra ese puñado de personajes para conseguir lo que realmente desean. Por eso resisten, aguantan. Y el sentimiento se vuelve entonces típicamente argentino, tan reconocible y, claro, muy actual.

Escrita hace más de diez años, la historia recién ve la luz ahora y es el resultado de un camino que el autor recorre en la escritura desde hace tiempo. Su currículum informa que es Doctor en Biología, investigador del Conicet y docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Pero, más allá de la ciencia, también es autor de cuentos y de crónicas, fue ganador en dos oportunidades del concurso “Valijas con Historias”, entre otros reconocimientos, y sus textos son parte de antologías.

salvador libro

“La literatura es un trabajo que se hace en conjunto, sin duda, escuchando a otros escritores, a otros compañeros”, asegura D’Ippólito, quien se formó en talleres de escritura, uno de ellos el de Juan Carrá.

“Hay un montón de podcasts, uno es el de Hinde Pomeraniec que se llama Vidas Prestadas, es hermoso porque siempre invita a un escritor diferente. Sobre todo al principio, ocurría que los escritores daban tips de cómo escribir y qué hacer con tal cosa y qué hacer con tal otra. Entonces te resirve, siempre y cuando vos estés dispuesto a escucharlo, a tomarlo. Por ahí lo que escuchaste hace que tengas que sacar la mitad de tu historia, pero lo tenés que hacer porque si no, te quedás ahí, me parece”, sigue con la actitud noble del eterno aprendiz del oficio.

“Si vos escribís una historia que tiene el doble que este libro, estás explicando mucho, estás subestimando al lector y me parece que te quedás en tu idea. Yo sigo en talleres, trato de escuchar todo el tiempo”, dijo en una entrevista con LA CAPITAL.

—¿Cuál fue la chispa que encendió “Salvador”?

—Traté de representar lo que es la familia de clase media, que está todo el tiempo en esa situación de querer dar un siguiente paso. En biología hay una teoría evolutiva, que es la Teoría de la Reina Roja, que también se manifiesta en el libro de “Alicia en el país de las maravillas”, que es la reina que siempre está corriendo para estar en el mismo lugar. Tenía ganas de representar un poco eso, que es lo que le pasa, me parece, a gran parte de la clase media argentina en general. En este momento es peor, porque siempre en la clase media está eso, corre y corre para estar siempre en el mismo lugar. Y después también me interesaba hablar un poco de la familia, del lado B de la familia. Todo lo que nosotros vemos de una familia, de la nuestra o de la ajena, sería el lado A. Bueno, a mí me interesaba contar todo lo que no se dice, todo lo que se escucha y muchas veces por ahí esas cosas no se hablan. Me interesaba retratar eso, los silencios de una familia en esta condición socioeconómica.


“En la biología está todo muy sistematizado (…), cuando uno se pone a crear, las cosas vienen no sé de dónde. Por eso escribo, para contrarrestar un poco la diferencia”.


—¿Qué rol juega tu profesión, la investigación, la ciencia biológica, a la hora de escribir?

—Yo creo que hay algo que tiene que ver con mi formación, que en realidad tiene que ver más con los gustos, por ahí menciono mucho el tema de las plantas. No tanto en este texto pero siempre me interesa poner algún animal, algo un poco más salvaje en el sentido literal de la palabra. Acá no sé si hay tanto.

—¿Y la observación? Al momento de detallar algunas acciones de los personajes, aparece mucho tu observación, que es también muy propia de quienes investigan en ciencia.

—Puede ser lo que decís, a mí me cuesta mucho relacionarlo. Sin duda es así, nuestra herramienta primera (como investigador) es la observación, a partir de una observación surge una pregunta y tratamos de ver cómo abordarla, entonces sí somos muy observadores en cuanto a lo que es nuestro laburo, tenemos ese entrenamiento. A la hora de escribir un texto, no estoy tan seguro que eso me sirva, por decirlo de alguna manera, porque creo que son construcciones muy diferentes. En la biología está todo muy sistematizado, los ensayos, los experimentos, está todo muy estipulado de una manera ya rutinaria, y en este caso es todo lo contrario, cuando uno se pone a crear, las cosas vienen no sé de dónde. Es un poco más libre, de hecho creo que por eso escribo también, para contrarrestar un poco la diferencia. En tanto escritor, tengo la práctica de la observación, entonces eso puede verse reflejado en que los personajes tengan un cierto grado de detalle o de precisión propia de esa observación fina.

—¿Te sentís cómodo con el costumbrismo?

—Sí, es lo que más me gusta escribir, es lo que me sale, creo yo. Me doy cuenta porque ahora con esta novela, por otras reseñas que hubo, me hablan de lo mismo y me pongo a pensar en mis cuentos y digo “claro, sí, sí, soy costumbrista”, pero es porque me sale eso.

Sebastián D'Ippólito escribió el monólogo "Mi miedo no vale", que fue llevado al teatro en la temporada 2022 bajo la dirección de Silvia De Urquía y Antonio Mónaco.

Sebastián D’Ippólito escribió el monólogo “Mi miedo no vale”, llevado al teatro en la temporada 2022 bajo la dirección de Silvia De Urquía y Antonio Mónaco.

—El personaje de Estela es la estructura de la familia y de alguna manera de la novela también, una mujer muy solidaria y a la vez jugadora. ¿Cómo aparece?

—Sí. Estela es muy solidaria y está muy sola también. Me pareció que era el prototipo de mujer que quería representar, una mujer de clase media, de una sociedad machista también, donde por ahí no tuvo la posibilidad de hacer una carrera o de desarrollar un trabajo sin haber estudiado, sino que siempre se dedicó a la casa, al cuidado de los otros, a tener la comida lista cuando viene el marido. Y de repente, cuando todos se van, ¿qué pasa con esa mujer que queda sola en la casa? Me detuve en eso. Y es como un sostén para todos. Nuestras madres y abuelas bancaron todo…

También en un momento surge esto de la adicción al juego, porque es como decir, bueno, yo también puedo hacer algo para aportar un mango. Por ahí lo más fácil que tiene es ir al quiosco de la esquina y jugar a la quiniela clandestina. Este tema de las adicciones me sorprendió mucho cuando laburé una crónica sobre el juego. Iba al Casino, me iba al bingo para generar la nota y lo que veía era terrible. En el bingo, la mayoría son mujeres y están muy solas. El bingo les ofrece, engañosamente, estar en compañía, aunque no se hablen con la otra señora que está al lado jugando, pero son varias señoras. Les ofrece la posibilidad de que te vayas con más plata. Es una ilusión. Es un mundo que adentro es impresionante. Entrás y es todo música, las luces de las máquinas, y salís de ahí y es otro mundo. Es un mundo adentro de otro mundo, que te promete algo que es falso.

—El Club Alvarado también aparece como telón de fondo.

—Soy hincha desde hace mucho tiempo, de ir a la cancha siempre, y entonces me interesaba. Alvarado está siempre. De hecho, tengo algunos cuentos que también tienen que ver con partidos de fútbol. Ahora estoy escribiendo otro texto, que es una novela también, y ya estoy viendo dónde puedo poner, aunque sea algo. Me gusta, forma parte de mi identidad, digamos.


“Cuando te metés tanto en una historia, con personajes que llevás con vos al gimnasio, cuando salís a caminar o cuando te estás por ir a dormir, pasa que cobran su propia vida”.


—¿Por qué escribís? ¿Qué es lo que encontrás en la escritura?

—Yo creo que es lo mismo que cualquier otra actividad que te hace pensar en nada.

—¿En nada?

—En nada que te pueda llegar a hacer daño. A lastimar. Cuando te ponés a escribir, no escribís solamente cuando te sentás en la compu, sino que te ponés a escribir en el gimnasio. Cuando hago cinta, estoy pensando en la siguiente escena, cómo la puedo hilvanar con lo que viene. Salgo a caminar y lo mismo. Entonces, te mantiene la cabeza ocupada todo el tiempo, que es un poco casi lo mismo que leer, nada más que se te ocurra a vos. Entonces, para mí, es una manera de no pensar en otras cosas. No solamente es un salvavidas para no pensar en cosas que te puedan lastimar, sino que me parece un juego, me parece entretenido. Pensás en el personaje y te divertís. Es como crear tu propia aventura.

Además, hay algo que lo menciono siempre, que cuando empezaba a hacer los talleres, siempre escuchaba que decían algo así como que los personajes de una historia que vos estás creando, en un momento cobran su propia vida. Y a mí me parecía algo hermoso, pero un poco fantasioso. Y realmente es así. Cuando te metés tanto en una historia, con personajes que llevás con vos al gimnasio, cuando salís a caminar o cuando te estás por ir a dormir, pasa eso, pasa que cobran su propia vida y entonces uno está un poco más al servicio de decir “¿qué es lo que haría Estela en esta situación?”, a diferencia de decir “acá Estela tiene que hacer tal cosa para que a mí me cierre la historia perfecta con un moño”. Cuando uno hace eso, que es cuando recién empezás a escribir, tenés esa tendencia y se ven los hilos del escritor. Estás forzando a un personaje a que haga algo que en realidad no haría solo para que te cierre tu idea.