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El Mundo 13 de diciembre de 2020

Sin aulas ni oficinas

por Andrés Sánchez Braun

La pandemia ha cambiado la forma de trabajar y de estudiar, y una mayoría de expertos apunta a que varios de los cambios que ha acelerado el coronavirus están aquí para quedarse.

Con gran parte del planeta encerrado en casa o con la movilidad y las concentraciones humanas muy limitadas, la tecnología se ha convertido, sobre todo en las economías más desarrolladas, en el medio indispensable para poder seguir estudiando o trabajando de manera no presencial.

A su vez existen dudas sobre cuán permanentes puedan ser muchas de estas innovaciones a largo plazo ante los retos que plantean estas nuevas prácticas destinadas a cambiar el rostro y las dinámicas en los centros académicos y de trabajo del futuro.

Brecha digital

La Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo (Eurofound) calcula que durante la primera oleada de la pandemia casi el 40 % de todos los trabajadores de la Unión Europea (UE) se pasaron por completo al teletrabajo en un momento dado.

Tan solo a finales de marzo, unos 16 millones de estadounidenses (casi el 25 % de ellos con empleos altamente cualificados) habían comenzado a ganarse el sueldo desde casa, una cifra que creció después, según un estudio realizado por Slack, plataforma digital para la creación y gestión de flujos de trabajo en remoto.

Datos como estos dibujan a su vez una clara brecha digital y económica que amenaza con agrandarse aún más.

Y es que solo aquellos con empleos de alta capacitación en determinados sectores (y especialmente en algunos como finanzas, seguros, telecomunicaciones o el inmobiliario) y que residan en lugares donde estas prácticas ya existían antes del coronavirus se beneficiarán a corto plazo de la nueva cultura laboral que emanara de esta crisis.

Para gran parte de la población mundial trabajar a distancia ha sido imposible, y no solo por la naturaleza de su labor, sino también por la escasa digitalización de los procesos productivos en determinados países o regiones, como Latinoamérica y el Caribe, donde se estima que solo un 22 % de la población en edad laboral puede optar por esta modalidad, según la Cepal.

Teletrabajo, el gran desconocido

Los casos de Corea del Sur o Japón han sido paradójicos, ya que, en comparación con muchas economías desarrolladas, el teletrabajo era, antes de la llegada del virus, una práctica mucho más marginal en ambos países, famosos hasta ahora por unas rígidas prácticas laborales en las que primaba lo presencial en las oficinas.

Pero tras el estallido de la pandemia, un volumen importante de empleados, especialmente de grandes empresas, han descubierto el teletrabajo.

Emma Park (nombre ficticio para no ser reconocida por sus jefes) es una excepción porque ya trabajaba en casa ocasionalmente, pues su compañía es una subsidiaria local de una multinacional extranjera que ya antes del virus “era flexible con esos temas”.

Sin embargo, ha notado mucho la diferencia entre montar su oficina en casa puntualmente y hacerlo cada día en Seúl, donde vive y trabaja.

A Emma le ha pasado lo que a muchos surcoreanos que han descubierto de golpe una mayor conciliación en uno de los países con peores tasas de flexibilidad laboral de toda la OCDE.

Mayor productividad

Para ella la experiencia ha sido positiva, pero admite que ha tenido problemas para concentrarse en el entorno doméstico y que para tareas complejas ha preferido “ir a un café con el portátil”.

En todo caso, una encuesta del Instituto Económico de Corea refleja que el 57 % de empresas consultadas mejoró su productividad con el teletrabajo por factores como el descenso en la interacción entre empleados. Y el 51 % planea seguir expandiendo el trabajo en remoto incluso después de que remita la pandemia.

Esas cifras parecen concordar con las aportadas por empresarios en Europa o Estados Unidos y con las estimaciones de la analista de mercados estadounidense Enterprise Technology Research, que calcula que la proporción de quienes trabajarán a distancia en todo el mundo en 2021 se va a duplicar hasta alcanzar el 34,4 % del total, algo que conllevará a su vez un crecimiento en inversión tecnológica.

A su vez, los expertos advierten del peligro de lanzarse a los brazos del teletrabajo sin tener en cuenta los retos que plantea para el bienestar mental de muchos empleados, especialmente aquellos que acaban de descubrirlo por primera vez.

La revista American Psychologist ha subrayado, por ejemplo, el aumento de la sensación de soledad o de “no pertenencia” a la compañía, así como una menor productividad o una menor satisfacción en el trabajo entre este grupo.

“Yo no quiero estar todos los días en casa. Para mi el balance ideal es ir dos días a la semana a la oficina y trabajar tres en casa”, asegura Park, haciendo referencia a un modelo híbrido que muchos creen que puede acabar imponiéndose.

Existen otras soluciones que se están explorando para mejorar la conciliación y que no necesariamente son solo tecnológicas.

En Corea del Sur la mayor operadora de telefonía del país, SK Telecom, ha activado este año un sistema piloto basado en pequeñas estaciones de trabajo repartidas estratégicamente en determinados puntos en torno a Seúl.

La idea no solo busca limitar el contacto entre la plantilla para frenar contagios, sino también lograr que ninguno de los empleados asignados a cada uno de estos nodos tenga que desplazarse más de 20 minutos para ir a trabajar.

Aulas vacías

La pandemia ha llegado a dejar a 1.200 millones de niños sin colegio y, aunque el 90 % de los países han implementado algún tipo de iniciativa para facilitar la educación en remoto, al menos 463 millones, casi una tercera parte del total, no han tenido la opción de seguir el curso a distancia, señala UNICEF.

Esto se debe a la ausencia de políticas en este sentido o a la falta de equipamiento necesario y dibuja un perfil muy claro: el 75 % de esos 463 millones viven en zonas rurales o en hogares con bajos ingresos.

Los avances para la educación online prometen así agrandar la ya de por sí enorme desigualdad que existe entre regiones.

Durante la pandemia, Corea del Sur, país con una de las mejores redes de telecomunicaciones del mundo, se ha situado claramente en un lado del espectro: ha sido el primero en montar un programa integral para que los alumnos de primaria, secundaria y bachillerato estudien íntegramente con clases online o contenidos televisivos.

Una gran mayoría de profesores universitarios en el país asiático también ha tenido que dar clases mirando a la cámara de un ordenador, como es el caso de Francis Brannen, profesor de Educación en la Universidad Sangmyung de Seúl.

Proceso de adaptación

Él considera que la adaptación a este nuevo formato “puede llevar un poco más de tiempo para algunos alumnos” y admite que varios de sus estudiantes han tenido problemas de concentración siguiendo las lecciones desde su habitación.

En el caso de una alumna que pide anonimato y que cursa estudios en una de las llamadas instituciones SKY (siglas de las tres universidades surcoreanas más prestigiosas) el problema ha sido el abuso de las llamadas clases “enlatadas”, en las que el profesor se limita a grabarse, por ejemplo, leyendo la lección del libro de texto.

“No había comunicación, a veces no sabía muy bien qué había que entregar. A veces, incluso, se me ha olvidado que tenía que conectarme a la clase”, explica.

Brannen, por su parte, cree que la calidad de una lección, aunque sea online, depende de “cuánto trabajo y esfuerzo pone el educador”.

Tanto él como la estudiante de SKY contrastan el formato “enlatado” con aquellas lecciones en las que el maestro prepara e imparte como si se tratara de una sesión presencial, con lecturas, proyecciones, preguntas y debates.

“De hecho, puedes realizar una clase en línea que sea tan buena como si fuera en el propio aula”, afirma el académico de Sagngmyung.

Escasa satisfacción

Un reciente estudio del Foro Económico Mundial destaca la poca satisfacción que generan en muchos alumnos surcoreanos las clases online, lo que responde principalmente a algo común a todos los países: la falta de experiencia de muchos maestros, la ausencia de estándares de calidad o la escasa interacción.

“Mi experiencia personal estudiando en línea no ha sido muy productiva. Sufro de problemas de motivación que me hacen sentir que no entiendo ni estoy aprendiendo nada”, cuenta la estudiante de SKY, que a su vez también ha conocido compañeros “a los que les ha pasado totalmente lo contrario. Les va mejor, se sienten más seguros y obtienen mejores notas”.

“El no poder tener una interacción a tiempo real con los profesores, especialmente estudiando una carrera que requiere de análisis y criticas académicas constantes, afecta mi aprendizaje”, concluye la estudiante.

Anhelos “offline”

Independientemente del grado de satisfacción, claustros y alumnados de todo el mundo parecen de acuerdo en querer que las clases vuelvan a ser como antes.

Brannen cree que por eso “tal vez sea demasiado pronto” para creer que la educación vaya a cambiar radicalmente tras la pandemia, más allá del hecho de que en todo el mundo ya se estaba aumentando su apuesta de docencia online, pero para crear un modelo híbrido que permita a los alumnos disfrutar de mayor flexibilidad sin perder el tipo intercambios no virtuales que ofrece un centro educativo.

“No es solo el tema de la enseñanza online. (Los estudiantes) quieren la interacción propia de un alumno. Quieren estar en el aula. Quieren ser parte de los clubes estudiantiles, de las actividades estudiantiles que hay fuera de las aulas. Quieren esa vida de vuelta“, afirma.

EFE.