Sin poesía no hay paraíso: Catulo. Te amo, te odio, dame más
Cayo Valerio Catulo, poeta romano del siglo I a. C., fue autor de numerosos epigramas amatorios y eróticos de corte intimista (y también muy satírico). Un espíritu que sufría, padecía y se debatía por el amor con éxtasis, rabia y dolor.
El poeta romano Catulo leyendo su poema (1885), de Stefan Vladislavovich Bakalowicz, óleo sobre lienzo, Galería Tretiakov, Moscú, Rusia.
Por Analía Pinto
Creemos haberlo inventado todo. Suponemos que nuestros problemas, nuestros padeceres y nuestros asombros no tienen parangón ni han sido vividos antes por nadie. Ufanos, damos por supuesto que solo nosotros sufrimos, que solo nosotros sabemos qué es y qué no es el amor, la pasión y el tormento. Digo “nosotros” en términos generacionales, pero no me incluyo en esa obnubilada horda. He tenido la gracia de comprender, allá lejos y hace tiempo, que no hay nada nuevo bajo el sol. Y que, para novedades, los clásicos. Por eso, nunca dejaré de agradecer mi paso por la carrera de Letras, también allá lejos y hace tiempo, porque me brindó esa perspectiva histórica amplia que me permite fascinarme ante los fenómenos artísticos, y al mismo tiempo observarlos con la suficiente distancia como para acercárselos a los amables lectores.
Valga toda esta introducción para presentarles a nuestro poeta de hoy: Cayo Valerio Catulo, poeta romano del siglo I a. C., autor de numerosos epigramas amatorios y eróticos de corte intimista (y también muy satírico), que conocí justamente en la facultad.
Fue leerlo y comprender, al instante, que allí había un alma gemela, o al menos un espíritu afín al mío, que sufría, padecía y se debatía por el pérfido amor con idéntico éxtasis, con idéntica rabia y con el mismo dolor. Si bien es cierto que limitarse a una lectura de corte biografista, sea de Catulo o de cualquier otro poeta, comporta algunos riesgos, no es menos cierto que en este caso su historia es completamente inescindible de su obra, en tanto él mismo se nombra (y nombra a su amada) repetidas veces. No solo se nombra sino que se dirige encendidas diatribas contra su debilidad frente a la escurridiza y taimada Lesbia, su amante y musa infernal, modelo de todas las musas posteriores (Beatriz, Laura, la Dama Morena y tantas otras). En sus poemas Catulo incluye también a sus amigos, a sus rivales y a otros poetas que, como él, estaban cultivando una poesía nueva de cuño helénico. De ahí que se los denominase poetae novi en latín, poetas nuevos, también llamados “neotéricos”. Más exactamente, los poetas nuevos y entre ellos principalmente Catulo, pretendían llevar a cabo las enseñanzas del griego Calímaco, para quien la labor limae, es decir, la precisión y la perfección formal de los versos era el norte a seguir.

Busto en bronce de Cayo Valerio Catulo, ubicado en Sirmione, a la orilla del lago de Garda, en Italia.
De la biografía de Catulo poco se sabe: las fuentes oscilan entre distintas fechas tanto de nacimiento como de muerte (87 a. C.-57 a. C., en un caso; 84 a. C.-54 a. C., en otro). Pero sí puede aseverarse que nació en la Galia Cisalpina (actual Verona, en Italia), y que siendo un joven noble provinciano fue a Roma, donde tuvo la desfachatez de ofender a Julio César en uno de sus poemas (también solía irritar al bueno de Cicerón en ellos), aunque historiadores como Suetonio afirman que el gran cónsul lo habría perdonado. En Los idus de marzo, novela de Thornton Wilder, pueden leerse este y otros acontecimientos que involucran a Catulo, Lesbia y al propio Julio César, desde luego, ficcionalizados con gran maestría.
Sea como fuere, y a pesar de haber permanecido varios siglos en la oscuridad más absoluta, los epigramas eróticos y amatorios (y otros decididamente chabacanos, por decirlo con decoro) de Catulo han llegado hasta nosotros y constituyen, al menos cuando yo cursé Latín II en la facultad, uno de los momentos más felices de mi tránsito universitario. No solo leíamos los poemas, sino que de la mano de los profesores, muy especialmente de la inigualable María Delia Buisel, los traducíamos después de su pertinente análisis sintáctico. Para rendir el examen final de la materia, además, escandíamos los versos y los recitábamos de acuerdo con la métrica y la acentuación latina. Así, además de estudiarlos, los vivíamos, se nos trasfundían como un glorioso maná para al alma. No exagero, puedo decir que en mi caso fue tal cual.
V
Vivamos, oh mi Lesbia, y amémonos,
y los comentarios de los viejos más severos
considerémoslos todos del valor de un as.
Los soles pueden ponerse y volver,
cuando de una sola vez la breve luz se nos extingue
debemos dormir una sola noche eterna.
Mil besos dame, luego un ciento,
otros mil después, luego un segundo ciento,
y después ininterrumpidamente otros mil, luego un ciento.
Después, cuando nos hayamos dado muchos miles,
los confundiremos para que no sepamos la cuenta,
o por lo menos para que ningún malvado pueda envidiarnos,
cuando sepa que tan grande es el número de besos.
VIII
Oh desdichado Catulo, déjate de decir tonterías,
y lo que ves que ha perecido consideralo ya perdido.
En algún tiempo cándidos soles resplandecieron para ti,
cuando solías ir a donde la muchacha te conducía,
amada por mí cuanto ninguna podrá ser amada.
Allí, en ese entonces se realizaban aquellos
muchos juegos amorosos,
los que tú querías y que a la muchacha no le disgustaban.
En verdad cándidos soles resplandecieron para ti.
Ahora ella ya no quiere: tú tampoco, incapaz de dominarte,
quieras, ni persigas a la que huye, ni desdichado vivas,
sino que con mente obstinada resiste, mantente firme.
Adiós, oh muchacha, ya Catulo se mantiene firme,
ni en contra de tu voluntad te buscará ni rogará
pero tú sufrirás, cuando nunca más por mí seas solicitada,
¡desdichada, ay de ti! ¿qué vida te aguarda?
¿quién te visitará ahora? ¿a quién parecerás bella?
¿a quién amarás ahora? ¿ de quién dirás que eres?
¿a quién buscarás? ¿a quién le morderás los labios?
Pero tú, oh Catulo, obstinado mantente firme.
Versiones de Héctor García C. (Universidad de Chile)
Como todos los amores que quedan inmortalizados en la escritura, el de Catulo y Lesbia fue trágico. El joven provinciano que llega a la capital del imperio queda deslumbrado por una matrona romana más rápida que ligera, que burlaba a su marido para encontrarse con él en casas prestadas. Como se observa en el carmen V, después de menospreciar los comentarios de los viejos (“as” equivale a “bledo”, ya que era la moneda de denominación más baja entonces), el fogoso poeta la invita a vivir el momento y a no preocuparse tampoco por la cantidad de besos que se intercambien, pues será tal que nadie podrá contarlos. Sin embargo, muy pronto el enamoramiento se transforma en furia y tormento: Lesbia, su amada Lesbia, tiene otros amantes y juega con él (y con todos ellos, amén del marido) sin ningún reparo. ¿Existe caso desilusión más grande? Es entonces cuando Catulo escribe cármenes dolorosos como el VIII (“Miser Catulle…”) o el XI (que dice en un pasaje: “pocas —no buenas— palabras llevad a mi amada: / que goce de la vida con sus adúlteros amantes / a los que tiene abrazados de a trescientos / sin amar verdaderamente a ninguno, / pero sin descanso haciéndoles reventar sus vientres; // y no atienda, como antes, mi amor, / que por su culpa cayó, como una flor en el extremo del prado, / después que ha sido aplastada por el arado que pasa”). En el LVIII llega a tratar a Lesbia como prostituta de callejón que “se la pela a los descendientes de Remo” en las esquinas de Roma. Pero el que nunca he podido olvidar desde que lo tradujéramos en Latín II es el carmen LXXXV, el más breve, el más angustioso y doloroso de todos: “Odio y amo. Acaso me preguntas por qué lo hago / No lo sé, pero advierto que sucede y me atormento”.
Sólo quien ha amado hasta abrasarse la médula sabe de qué habla Catulo en ese dístico. Y solo quien se deja llevar en las fulgurantes y tenebrosas alas de la poesía sabe, una vez más, que sin ella no hay paraíso.
Para seguir curioseando
– Más poemas de Catulo en traducción de Héctor García C.
– Datos biográficos e históricos de Catulo.
– Poemas en el portal Poesía Más Poesía.
– El ciclo de Lesbia. Catulo y la biografía de la pasión, artículo de Lía Galán.
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