5 de diciembre de 2018
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Tiempos de la hiperconectividad: la urgente necesidad social de pertenecer

por Gustavo de Elorza Feldborg

Si es cierto lo que explicó Marshall McLuhan en La galaxia Gutemberg, los cambios sociales tienen su origen en la evolución de las tecnologíass. Asó fue en la -galaxia o – era Gutemberg, es decir, en el giro copernicano que significó la invención de la imprenta, y el cambio drástico que se produjo al pasar de la oralidad al texto escrito. Sin embargo, la linealidad que presupone la escritura, sujeta a la espacialidad y temporalidad (un signo después de otro, indefectiblemente), se vio de pronto atomizada, estalló en pedazos con el advenimiento de las nuevas tecnologías, que aportan simultaneidad y acronicidad. La aceleración que vive hoy la sociedad, la aparición de las pantallas, la gran proliferación de lo digital, nos da pruebas concretas de que la era Gutenberg está más que superada, a nadie se le ocurriría en este tiempo centrar sus esfuerzos y actividades laborales, comunicacionales, educacionales —y sobre todo lo relacionado a sus acciones sociales— en base a la tecnología del lápiz y papel.

Sin embargo, lo que no culminará con el paso del tiempo, será nuestra conducta gregaria, ya que esta información viaja con nosotros desde los genes, forma parte de nuestro ADN, y por consiguiente, la seguiremos transmitiendo de generación en generación.

El instinto gregario, reflejado en acciones que nos llevan a la necesidad de estar y permanecer en grupos, es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie. Estas conductas son y constituyen la base primaria de nuestro aprendizaje, ya que debemos recordar que aprendemos por imitación, mediante la activación de las neuronas espejo, a través de procesos comunicativos e interacción con los otros. Recordemos que las neuronas espejo son un tipo de neuronas que se activan cuando una persona realiza una acción, pero también cuando observa que otra la realiza. Es decir que observar a una persona realizando determinada acción activa la misma red neuronal que se activaría si la persona en vez de observar estuviera efectivamente realizando la misma acción.

La expansión de las Nuevas Tecnologías, y en especial el desarrollo de las redes sociales, no sólo han aumentado el tráfico de datos e información, llegando a casi todos los puntos del planeta, configurando los aspectos de una nueva y cada vez más vigente inteligencia colectiva, sino que además presenta la particularidad de no olvidar ningún detalle de todo lo que se vincula con ella, a través de las nuevas neuronas electrónicas y virtuales, a las que hoy denominamos con el nombre de Smartphone.

Tal vez hasta podríamos decir que estos dispositivos actúan como condicionantes —en muchos casos— de nuestras conductas y consumos culturales, los cuales se han convertido en parte de nuestro nuevo ADN digital. Esta evolución ha determinado la aparición y consolidación del llamado Homo digitalis, en el pasaje de lo mecánico a lo analógico y de lo analógico a lo digital. Si hacemos caso a Cendoya (2013), no faltará mucho para que desaparezcan de la tierra los últimos homo sapiens, puesto que muy pronto serán mayores aquellos que nacieron en la tecnología digital.
Ahora bien, ¿cómo se manifiesta hoy el comportamiento gregario de nuestra especie, en torno al uso de las Nuevas Tecnologías?

La necesidad de grupo siempre viene de la mano de un fuerte condicionante, que se refleja en el buscar ser aceptado. De esta forma, la aparición de grupos digitales que se expresan mediante la expansión de la hiperconectividad, las nuevas formas comunicacionales, la redefinición de conceptos como el de amistad, confluyen en redelimitar la pertenencia gregaria de las personas a estos nuevos a´mbitos virtuales del siglo XXI. Porque el ser aceptados en ellos significa encontrar la seguridad de pertenecer al grupo continente digital.

En la actualidad, la mayoría de las personas —fieles al mandato genético— eligen formar parte de estos grupos digitales, muchas veces con reglas y comportamientos impuestos, a los que los miembros no terminan siquiera de comprender. Tal como lo grafica tan claramente Antonio Núñez (2011), en lo que denomina la Estrategia del Pingüino: si un pingüino se arroja al mar, el resto lo sigue sin saber por que´ deben arrojarse. Los pingüinos habitan pequeños espacios en grandes cantidades, por lo tanto, no es difícil comparar a las personas habitando los nuevos territorios digitales de este siglo. Con clara intención de pertenecer e ignorando a veces las configuraciones y algunos peligros que esos espacios encierran, terminan siendo atrapados, bajo el camuflaje de esa aceptación buscada y necesaria.

Hoy más que nunca existe la necesidad de comunicación, de contar aquellas situaciones que nos acontecen en lo cotidiano. La vida personal y privada está expuesta (casi) sin restricción. Por lo general, encontramos muchas puertas para hacerlo a través de las redes sociales, grupos de chat, entre otras. Asistimos a una curiosa paradoja de e´poca: mientras que la vida se torna menos social y más individualista (Barrios privados, Muros perimetrales altos, menos interacción en sitios comunes -en los que antes se concentraba la vida social-, como la calle, la plaza, el club, haciendo que la vida sea más -a puertas cerradas, el crecimiento de la exposición pública en redes sociales ha sido exponencial. No sería ocioso preguntarse si la necesidad de vivir a puertas cerradas abrió la posibilidad de otras formas de socialización, o si fue a la inversa.

Estos escenarios cada día se consolidan con mayor fuerza como espacios que no sólo permiten comunicar ideas o estados de ánimo: la mayoría de las veces el verdadero sentido es la necesidad de mostrarse masivamente (viralizarse). Pareciera que no estar en esos espacios es no estar en ningún lado.

Ahora bien, todo esto permite preguntarnos si nuestro cerebro estará activando algún sistema de recompensa en nuestro organismo, cada vez que hacemos clic para ver cuántos me gusta hemos alcanzado, como una suerte de aceptación superlativa del grupo y la satisfacción de la tan buscada respuesta de pertenecer.
Es por esto mismo que insistimos en que la enseñanza debe activar el pensamiento crítico, justamente para evitar naturalizar lo que aun a pesar de haberse instalado como práctica social aceptable puede ser entendido como abuso, dañino o éticamente reprochable.

Educar no es transmitir conocimiento, ni siquiera informar, educar tiene un significado con compromiso social. Es formar, capacitar, entrenar, instruir principios que nos sirvan para construir una sociedad con límites claros, con valores consensuados, con identidad, con pertenencia, con libertad, la cual utiliza los medios digitales, que permiten adaptarse a una sociedad glocalizada (local y global), pero sin perder el ADN que nos ha dado nuestra humanidad.

(*): El autor es profesor e investigador universitario – especialista en Neuroeducación (UNVM), especialista en Educación y Nuevas Tecnologías (Flacso), miembro de la Internet Society y de la Red Iberoamericana EDUTIC – autor del libro “Revolución del aprendizaje en tiempos de lo digital – Nuevos territorios educativos siglo XXI.

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