Entretextos: “No puede oírme”, un cuento de Raúl Magallanes
Desde México, el autor presenta a los lectores de LA CAPITAL un relato oscuro y misterioso con tintes de terror.
Raúl Magallanes es ingenierio y vive en Houston, donde trabaja en la industria espacial. Su libro de cuentos Donde el polvo no se asienta se encuentra en proceso de edición.
Por Raúl Magallanes (*)
Y cayendo la tarde llegamos al solar, un casón en el campo convertido en casa de huéspedes. El nuevo psiquiatra nos había recomendado pasar unos días fuera del ruido de la ciudad. La tranquilidad del campo nos haría bien. Habíamos manejado seis horas, y Elena apenas había dicho diez palabras.
—Mira —le dije—, creo que te va a gustar. Este es el lugar del que te hablé hace unos días. Guarda mucha historia.
Traté de ponerle un poco de interés a esas paredes de adobe, a esa azotea de teja de arcilla cocida. Un arco de piedra rodeaba la puerta frontal, con aldaba cuadrada sobre la madera. Tras sus rejas de hierro, las ventanas mostraban algunos cristales rotos.
—Le dejaré las llaves debajo de la maceta con el girasol —me había dicho por teléfono el dueño—. Sólo usamos la casa dos veces al año, para reuniones familiares. No hay luz. Allí se disfruta a la antigua. El pozo de agua está a sólo unos metros, usted lo verá. Ah, y si es tan amable, podría dejar algún comentario en el libro de huéspedes.
Elena se quedó en el carro. Yo entré y recorrí las tres recámaras con sus paredes claras y pisos de ladrillo. La principal tenía una cómoda de encino de cuatro cajones y una mesita al lado de la cama. La sala ostentaba un farol colgante de herrería, que oscilaba apenas.
Ella entró en la casa poco después. Deambulaba sin expresión, con aquel semblante ya odiosamente familiar. Una vez que guardé las valijas, nos sentamos en la sala, frente al hogar de piedra. Pocos días atrás hubiéramos celebrado los cinco años de Andresito. Le gustaba jugar en el agua. Yo trataba de distraer a Elena con mi plática. Me entró la duda de siempre. La duda que sentía cuando la miraba a ella así. En cuanto oscureció nos fuimos al cuarto. A dormir, obviamente.
Un rechinido del colchón me despertó a medianoche. Ya estaba clareando. Apenas distinguí a Elena: sentada al borde de la cama y con las manos recogidas sobre las piernas, miraba al piso.
—Duérmete, mujer.
—No tengo sueño.
El viento entraba por un vidrio roto, con un frío silbido. La llama del farol rebotaba dentro de la bombilla, en un intento por sobrevivir. Y, untada a la pared, la sombra angulosa de Elena. Tan flaca.
—Duerme —le dije—, que ya amanece.
—Mira, ahí está.
—¿Ahí está qué?
Ella apuntaba a unos ladrillos en el suelo. Me levanté y caminé descalzo hacia el lugar señalado, aunque nada esperaba encontrar. Me cuestioné a mí mismo: ¿qué diablos había venido a hacer aquí?
Afuera lloviznaba. Lo supe por el aire húmedo. Un relámpago iluminó el cielo, y pronto llegó el trueno aturdidor. Los goterones golpeaban la ventana, entraban por las partes rotas.
—Lo vi —me dijo.
—¿Qué viste?
—Vi a Andresito. Ha estado jugando ahí, pero luego desaparece. No puede oírme.
Los ojos de Elena estaban abiertos, bien abiertos. No parpadeaba. Tomé el farol para ver alrededor del cuarto. Nada parecía fuera de lugar.
—No hay nada, amor.
Prendí una vela y, con la llama titilando, fui a la cocina a prepararle un té de manzanilla. El suelo helado me entumecía los pies. Abrí con lentitud un cajón, evitando el chirrido. El aroma seco de la manzanilla me reconfortó.
Tal vez mañana todo estará normal, me dije.
Sí. Lo más normal que se pueda.
Oí voces, la vela temblaba. Casi tropiezo con algo interpuesto en mi camino. En la penumbra advertí que se trataba de un juguete: una lancha de plástico, con la proa carcomida. Una ráfaga apagó la vela, como si algo hubiera succionado el pabilo. Me quedé con el olor a cera quemada. A tientas volví al cuarto, y al llegar me detuve en seco: Elena no estaba en ninguna parte.
Tomé el farol de la mesita, y con él recorrí la casa, llamándola. Vi la puerta principal abierta de par en par. Salí.
—Elena, ¿dónde estás? ¿¡Dónde estás!?
Yo revisaba los alrededores, protegiendo al farol de la lluvia, que se entrecruzaba en diagonales. Oía los arañazos de las gotas contra la hierba. El follaje de los robles opacaba el rayo de la luna. Tuve la inconfundible sensación de que estaban observándome. Distinguí entre el ramaje una lechuza, la cara en forma de corazón. Ni rastros de Elena.
Entonces recordé el pozo.
Y ahí la descubrí, parada en el brocal.
—¡No te muevas!
—Andresito salió a jugar —dijo—, y creo que está ahí abajo.
Me acerqué a ella poco a poco, hasta que gritó:
—¡Andresito, Andresito, voy por ti!
La bata se le pegaba al cuerpo, y los cabellos le cubrían el rostro como una mortaja. Y siguió gritando. Yo me apresuré entonces, pero ella resbaló.
Cuando pude salir del estupor descubrí que el pozo no era profundo. El tobillo se le había atorado con el lazo que sujetaba el balde. La saqué despacio, tratando de no resbalar, en algunos tramos las paredes de piedra estaban cubiertas de musgo, sintiendo el peso de su cuerpo inmóvil. Parecía haberse golpeado la cabeza: tenía una mancha de sangre en la sien. La subí al hombro, y así la llevé hasta la casa.
Durante el resto de la madrugada estuve sentado a su lado. Ella dormía.
Al día siguiente, se levantó como si nada hubiera sucedido. No sé si recordaba lo de la noche anterior. No le pregunté.
—Ya nos vamos, Elena, nomás empaco y nos vamos.
Después de aventar las maletas al carro, volví al casón para revisar que no se nos hubiera olvidado nada. Me movía con esa inquietud que aparece siempre antes de partir. Pensé en el juguete con que me había tropezado anoche. Recorrí la casa buscando entre los muebles, debajo de las camas, detrás de las cortinas. Pero no pude encontrarlo.
En la sala vi el libro de huéspedes. La luz de la mañana caía sobre la cubierta de cuero. Lo abrí con la intención de firmar, como quien quiere cerrar un ciclo. La última entrada decía:
Quisiera decir que disfrutamos la estancia, pero nos pareció ver a un niño pequeño caminar por la casa.
Me quedé quieto, leyendo la frase una y otra vez.
Cerré el libro con lentitud, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda. La letra con la que estaba escrita no era la de mi esposa, que jamás ha vuelto a referirse al incidente.
(*) Raúl Magallanes creció en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México. Estudió Ingeniería Eléctrica en Estados Unidos. En el año 1999 se mudó a la ciudad de Houston, donde trabaja en la industria espacial para una empresa de servicios de comunicaciones por satélite. Actualmente participa como miembro en el Taller de Corte y Corrección, a cargo de Marcelo di Marco. Su libro de cuentos Donde el polvo no se asienta se encuentra en proceso de edición.
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