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Cultura 29 de septiembre de 2021

Historias de Barrio: Mermelada de duraznos

No se preguntaban nada, qué se iban a preguntar si estaban todo el día juntos, ya sabían todo el uno del otro, ya no había misterios y las anécdotas para contar estaban agotadas.

Por Enriqueta Barrio

Se sentaron a desayunar como todos los días, uno a cada lado de la mesa.

El sol brillante de la mañana de verano le caía todo a ella, que guiñaba un ojo para evitar enceguecerse. “Corré la manteca del sol”, le dijo, “que se va a derretir”. Él lo hizo mecánicamente, sin levantar la mirada del celular.

No se preguntaban nada, qué se iban a preguntar si estaban todo el día juntos, ya sabían todo el uno del otro, ya no había misterios y las anécdotas para contar estaban agotadas. “Más que agotadas”, pensó ella sonriendo para sus adentros. En la reunión de anoche, él había vuelto a contar cuando con su hermano a los quince años, paseando por el puerto, le preguntaron a un pescador si estaban sacando anchoítas. El tipo, viéndoles los ojos enrojecidos y la sonrisa divertida, les dijo “Sí, pero no están drogadas”. Ellos estallaron en risas y se fueron corriendo al verse descubiertos tan fácilmente. Todos rieron con la historia, menos ella, claro, que se la sabía de memoria y ya no le causaba gracia.

Ella trajo el café y lo apoyó en la mesa. “Ponele algo abajo, que va a dejar la marca”, le indicó él sin levantar la cabeza de la pantalla. Veinte años hacía que estaban juntos y ella sentía que esa seguía siendo la mesa de él, de su familia, y que por eso la cuidaba particularmente. Si hubiera sido una mesa que hubiera heredado ella, seguramente hubiera dejado que apoyara la cafetera caliente sin decir nada, pero ésta, claro, la mesa de mamá, se cuidaba como le habían enseñado. Él siempre le había dado a entender que la familia de ella era descuidada y negligente, que no cuidaban las cosas ni eran ordenados, que eran medio chantas y que hacían todo a la que te criaste. Nunca se lo dijo directamente, pero en infinidad de ocasiones lo había sacado a relucir. Cuando compraron la cafetera, por ejemplo, él le dijo “Tenés que limpiar el mecanismo con vinagre para sacarle el sarro una vez por mes, sin olvidarte…. Vos por ahí estás acostumbrada a que las cosas se usan hasta que no andan más y se tiran, pero así es como después no tenés un mango para pagar lo elemental y vivís siempre como un desgraciado”. Toda su historia familiar de desavenencias, fracasos y apuros económicos estaba incrustada en esos aparentes consejos para el uso de la cafetera eléctrica. Se calló la boca, para qué pelear, él lo iba a negar y le iba a asegurar que esos eran sus propios complejos, que no lo metiera en sus traumas de infancia, que él solo hablaba de la cafetera y su mantenimiento. “Sí, claro” pensó ella en ese momento con una rabia que le subía a la garganta como el acidez de estómago.

“¿Querés más café?”, le preguntó solícita. Él levantó la cabeza por primera vez en el desayuno y la miró sin entender: “¿Qué?”, le preguntó desorientado. “Que si querés más café, caféee, ¿querés más?” El sol la iluminaba completamente y ahí se percató de sus canas avanzadas, con varios centímetros de crecimiento. “¿No te vas a teñir más?” le preguntó olvidándose del café.

“Pensé en dejarme el pelo natural, ahora se usan las canas, viste?… pero, ¿no te habías dado cuenta?…¡Ya hace meses que no me tiño!… aparte el pelo se recupera un poco de tanta tintura sobre tintura…¿no te gusta?” Él la miró más detenidamente y le dijo que estaba bien, pero que ahora debería prestar más atención al maquillaje para no parecer avejentada. “No le gusta”, pensó ella, y supo que en realidad le era indiferente lo que ella hiciera o dejase de hacer con su pelo, lo que a él no le gustaba era verse envejecer en ella, que hacía de espejo del paso de los años en él mismo.

Ella miró el reloj de soslayo, faltaba todavía media hora para que se fuera a trabajar.

Levantó las tazas, las puso en la pileta y dijo al aire “En un ratito las lavo”. Él no la escuchó, estaba otra vez con la cabeza metida en el celular, sonriendo divertido con algo que estaba viendo.

Ella se quedó mirando por la ventana de la cocina al patio, primero pensando en los malvones y después en que anoche, como anteanoche y el día anterior a anteanoche, como todas las noches báh, se habían dormido uno para cada lado, evitando el más mínimo roce. Menos mal, pensó. Hacía rato que no quería saber nada con la intimidad, que le resultaba un fastidio, un incordio, una pérdida de tiempo y de energía. Prefería toda la vida ver una serie, tranquila en la cama, mientras él se quedaba en la computadora peleando por política en el Facebook, hasta que ella se dormía y ni se daba cuenta cuando él se acostaba. “¿Me meterá los cuernos?”, se preguntó sin dejar de mirar sin ver a los malvones. “Ojalá y ojalá se enamore también y se vaya con la mina y se termine esta pavada de una vez, sin tener que aclarar nada y nos dejemos de perder el tiempo, insistiendo en algo que ya fue….”

“¿Dónde están mis medias azules?… ¿las viste?… ¿estarán en el tender?” , preguntó él sin esperar respuesta mientras salía descalzo al patio y se cruzaba frente a los malvones rezongando.

Se despidieron con un pico seco, breve y frío. Él le volvió a mirar las canas sin decir nada, ella maquinalmente se acomodó el pelo con la mano. “Pobre”, pensó ella, “está tan podrido como yo.”

-Chau, ché, después nos vemos-

-Dale, cuidate, nos vemos.

Como odiaba ese “cuidate” que estaba tan de moda. Ah, sí, menos mal que me decís que me cuide, si no, no me cuidaba nada y me quemaba con la hornalla, cruzaba la calle sin mirar, abría la heladera mojada y descalza, pero ahora que me lo decís, me voy a cuidar, sí, gracias por el consejo, rumiaba ella mientras salía a ponerle comida al perro.

Volvió a la cocina y se sentó de nuevo en la mesa con migas, las corrió con la mano para apoyar el brazo y sostenerse la cabeza que bullía. El sol pegaba en el frasco de mermelada, que brillaba deslumbrante y morado. Era de ciruelas, aunque ella siempre prefirió la de duraznos, que según él no tenía gusto a nada.

Levantó la mirada y el almanaque que estaba pegado a la heladera le dijo que era veintidós de febrero, faltaban tres días para su cumpleaños de cincuenta. No se había dado cuenta, como nunca le gustó festejar… siempre se había dicho que para ella el cumpleaños era un día más. Pero cincuenta… es un numerito, eh, se dijo sonriendo.

Que miedo le daba todo ahí afuera.

Que acostumbrada estaba a esta vida.

Cincuenta. El tiempo apremia, se dijo.

Agarró su celular, abrió el whatsapp y escribió: “Che, a la noche hablemos. Esto no da para más.”

Lo mantuvo en su mano, apretándolo, hasta que lo sintió vibrar. “Sí, va a ser lo mejor para los dos. Yo te voy a ayudar en todo.”, fue la respuesta que parecía haber estado esperando ansiosa por salir.

“Qué rara es la vida”, pensó mientras metía la manteca transpirada en la heladera, “parecía una mañana como cualquier otra y, de golpe, listo, chau, es la última vez que lavaste esas tazas, la última vez que viste crecer los malvones del patio.

Pero van a florecer más malvones y mejores, más lozanos y fuertes, estoy segura. Sí, alguna vez me sentiré triste y amargada, claro. Y muchas veces extrañaré esta presencia ausente.

Nada que no pueda mejorar con una buena cucharada de mermelada de duraznos y esta fuerza, que no sabía que aún tenía, de vivir y vivir.”

En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora

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