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Cultura 27 de febrero de 2020

Barlovento

Un relato a partir de la obra de teatro "Barlovento". "La humanidad inventó formas de comunicarse que no necesitan de ningún dios: los gestos, la danza, la música, el amor", dice el autor.

Por Sebastián Chilano

El escenario es la cubierta de un barco. Hay una cabina y dos palos, el mayor y otro que tiene un canastillo, el carajo. Hay velas y amarras en esa gran cubierta que se extiende hasta el borde del escenario, cerca de las imaginarias redes de pesca, justo antes de la primera fila de butacas. El mar no existe. El mar somos nosotros, los espectadores. Las luces se apagan y los gritos infantiles se ahogan en los aplausos que marcan el inicio de la función. La primera escena transcurre dentro de la cabina del timonel. Un hombre alto aparece en la ventana de la cabina. Tiene un turbante que lo distingue como turco y habla en un idioma que no entendemos. A su lado hay otro hombre, es más bajo y habla en un idioma que sí podemos reconocer: italiano. La escena es indescifrable desde el lenguaje; como cadenas, las palabras solo se rozan sin dejar de ser monólogos. La escena se termina de resolver desde la gestualidad: el capitán quiere callar al marinero y no consigue silenciarlo. Entre gestos y palabras se distinguen los nombres: el capitán se llama Abdul, y Marco es el marinero italiano. Marco habla y habla y solo deja de hablar cuando el capitán, harto, lo zarandea. Cansado de la perorata, Abdul empuja al marinero por la ventana. Marco cae hacia adelante y golpea su frente contra una la chapa de la cabina. El golpe es efectivo para la risa de la infancia. Abdul lo toma del pelo, lo levanta y lo vuelve a soltar. Nuevo golpe, nuevas risas. La mitad del cuerpo de Marco cuelga por fuera de la ventana mientras la frente choca por tercera vez contra la chapa. El golpe es la forma de restaurar el orden que encuentra el capitán. Si el capitán lo insultara en su lengua, el italiano no lo entendería. Por
eso, el golpe es la mejor manera que el capitán encuentra para insultar a su subordinado. Ser insultado, etimológicamente, es ser arrojado al piso. Entre los romanos (casualmente la tierra de origen del marinero) insultar quería decir golpear al otro. El insulto es disminuir al otro, insulto es caer al piso, ser golpeado y reducido a la ignominia física, ser un bulto que adopta la posición fetal para frenar el castigo y las patadas. En castellano antiguo se decía que se iba a insultar una puerta cuando alguien se preparaba para patear hasta derribarla. Pero insultar también era brincar, saltar sobre el otro, es decir, también es bailar.

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Cuatro tripulantes tiene el barco: Abdul, el capitán; Marco, el marinero tan italiano como charlatán y enamoradizo; Anik, una polizonte francesa escurridiza y voluntariosa; y Krauft, un ruso que las redes de pesca confunden con un pescado y que, luego de ser rescatado, aún conservará el uniforme militar y sus botellas de vodka. El barco es la torre de Babel. Cada uno habla su idioma. El barco es la plaza pública, el sitio donde todo sucede, el ágora. En la cubierta bailan y juegan. En la cubierta enfrentan la tormenta y el hambre. En la cubierta viven. Y nosotros, desde el mar, festejamos y reímos con sus proezas, pero también miramos lo más importante del espectáculo: la danza. La danza se desliza y ocupa toda la cubierta, más allá de los cuerpos que la ejecutan. La danza nace de la música, de las piernas, de los brazos, de los ojos que se buscan. Para los bailarines, cada paso es exacto, pero desde el mar, la danza no tiene nombre. Es una danza etérea, sin arneses ni cables. Los cuerpos suben y bajan por su propia fuerza. Los brazos y las piernas guían, acarician. Las cuerdas sobre el escenario sostienen las velas y los mástiles, no los cuerpos. Los bailarines son dos, Marco y Anik. El baile es un acto de amor. ¿Por qué se atraen? ¿Acaso coinciden Marco y Anik porque el origen latino de sus idiomas les permitió una comunicación más fluida que con los demás tripulantes? ¿Acaso en la comprensión hay afinidad y en la afinidad anida el amor? O es que no hay razones para el deseo. La música marca un ritmo que ayuda a sus cuerpos. El éxtasis está en ellos. Marco y Anik bailan el uno para el otro (como si hubiera otra posibilidad del baile que no sea para los demás), se aferran al mástil principal del barco, suben y descienden, giran, casi se rozan y fusionan, y de pronto caen hasta casi tocar la cubierta; se detienen a centímetros de las tablas, el uno del otro. Ahí, únicos, los enamorados arquean el cuerpo alrededor del mástil y se dejan estar, como si nacieran al amor. El mástil es el eje a partir del cual el mundo existe, y como el mundo no puede existir sin la danza, la danza es lo único que restablece, de manera cíclica, los signos, el lenguaje universal en el que finalmente coincidimos.

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Barlovento es la dirección desde donde sopla o golpea el viento. Navegar a barlovento es navegar contra el adversario, contra el enemigo. Y el enemigo no es solo el mar, también lo es el viento. Claro que ninguno de los dos, ni viento ni mar, son completamente enemigos. Ni amigos. Adoptan cada actitud según la circunstancias. La naturaleza es ambigua, cosa que los seres humanos muchas veces no pueden ser.

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Ryszard Kapuscisnki en Ébano cuenta esta historia: una mujer africana tiene en su poder un gramófono y un disco con uno de los tantos discursos que Winston Churchill dio durante la Segunda Guerra Mundial. En el discurso –en inglés, idioma que la mujer desconoce– Churchill arenga a su pueblo a soportar otra noche de bombardeos. La voz le llega a la mujer desde Europa, un continente inabarcable, y desde una guerra que para ella no tiene ningún sentido. La mujer no entiende nada del discurso, el idioma es incompresible, pero lo escucha una y otra vez. Tampoco lo entienden sus vecinos que se acercan intrigados. ¿Quién es?, le preguntan. La mujer no contesta. Repite la grabación cuando el discurso termina y más y más vecinos se acercan. Nadie entiende el lenguaje que poco a poco se convierte en gruñidos, ruidos y cambios de humor que cada quien interpreta como quiere. ¿Quién habla?, insisten en preguntarle. La mujer no entiende la pregunta. ¿Quién va a ser? Dios, contesta la mujer. Para ella Dios es el único dueño posible de los lenguajes que no entendemos. Siguiendo esta historia, mirando la obra de teatro Barlovento donde cada actor representa una lengua particular que en nada se esfuerza en combinarse con las otras, se puede creer que, para justificar tanta diversidad de idiomas, la humanidad inventó a un ser supremo: era necesario alguien que pudiera unir cada lengua, cada dialecto, para compartir un origen único. Pero también, se puede, y es necesario decir, que al mismo tiempo, y casi sin darse cuenta, la humanidad inventó formas de comunicarse que no necesitan de ningún dios: los gestos, la danza, la música, el amor.