Con tener talento no te alcanza: Capítulo 72. Intermezzo, o Maradona vs. Scaloni y profes vs. profesores
Capítulo 72 de la columna de Marcelo di Marco.
Lionel Scaloni. Ilustración de Jorge Estefanía.
Por Marcelo di Marco (*)
—Igual prefiero pensar, Máster, que capaz que esa perspectiva tan terrible me sirve como un buen punto de partida para escribir algún cuento de ciencia ficción. O una novela, vaya a saber.
—¿Hablás de desarrollar en esas posibles ficciones tuyas la idea de que la Tipa puede llegar a rebelarse?
—Y voy a aprovechar el hecho de que ya se rebeló, Tío. Y varias veces se rebeló. Una vez el profe de FEC nos contó que…
—…pará un cachito, Pukkas. ¿Qué es eso de “FEC”? Y con lo de “profe” no te doy salida ya mismo porque hoy me levanté menos chinchudo que de costumbre. Pero sabelo: el día en que a vos se te ocurra llamarme “profe” a mí, ya podés ir armándote las valijas.
—¡¿Por qué, Tío, con qué se desayunó?! ¿Qué tiene de malo llamarlo profe al profe?
—Primero, que yo no soy profesor, y mucho menos “profe”. El único título que ostento, y a mucha honra, es el de Maestro Tirador. Y también el sobrenombre de Máster, una especie de título honorífico que me gané naturalmente formando y entrenando a escritores desde 1979. Segundo, porque la palabra profe es como el ¡Ábrete, sésamo! que propicia el quilombo en el aula. Es de confianzudo, Pukkas.
—También puede ser de afectuoso, Máster. Me parece que hoy no se levantó menos chinchudo que de costumbre, sino todo lo contrario.
—Pensá lo que vos quieras, Pukkas. Pero al acortar el noble título de profesor, al menos inconscientemente, se acorta también la jerarquía pedagógica. Mal entendidas, la confianza, la informalidad y la cercanía pueden volverse abuso. Lo vemos todos los días en la mayoría de las aulas, convertidas, por culpa de la falta de límites claros, en un especie de barrita de amigos en la que la opinión del “profe” vale lo mismo que la de cualquiera de los alumnos.
—¿Y no es cierto eso, Máster? ¿No son válidas todas las opiniones?
—Esa es una barbaridad muy difundida, Pukkitas. Lo que sí es válido, y totalmente necesario para la buena salud de la sociedad, es que todos los opinantes podamos expresar libremente todas nuestras opiniones. Sin libertad de expresión, sin poder ejercer el derecho universal a expresar una opinión sin censura, cualquier país se va al tacho. Acordate de esa frase que se le atribuye erróneamente a Voltaire, acaso debido al Efecto Mandela que mencionábamos en la anterior columna: “No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla”.
—Ni idea de quién es ese tal Voltaire, Máster, aunque permítame estar de acuerdo con la frase.
—Y hacés bien, Pukkas, porque bastantes decapitaciones ya estamos padeciendo con este asunto de la cultura de la cancelación. De la cancelación de gente que no piensa como el cancelante, aclaremos. Al respecto, por las dudas cuidate siempre de la intolerancia de los voceros del Club de la Tolerancia, los mismos que suben al tope la guillotina y que tanto veneran a Voltaire. Y ahora vamos a los papeles, con un ejemplo práctico. Vos a un traumatólogo, por más que sea un experto en clavos, bisagras y tornillos, ¿podés pedirle opinión acerca de cómo se fabrica y se monta una alacena?
—Como poder, puedo. Pero…
—Y, a la inversa, a un carpintero, por más experto que sea en un oficio en el que también intervienen clavos, bisagras y tornillos, ¿podés obligarlo a que decida cuál será la mejor prótesis para optimizar la movilidad del paciente fracturado, y cómo implantársela?
—Más gráfico imposible, Máster. Voy entendiendo. Y se me ocurre traerle acá un caso muy famoso para que vea que me cae la ficha.
—A ver con qué me saldrás ahora.
—Maradona tenía todo el derecho del mundo a opinar que a Scaloni le faltaba trayectoria para dirigir a la selección argentina. Pero…
—¡Buen ejemplo, Pukkitas, un ejemplo histórico! Convengamos en que a Maradona no le faltaba autoridad para lanzar semejante dardo. Me acuerdo de una frase suya muy graciosa con respecto al técnico que acabás de nombrar. Aprovechando su ilimitada libertad de expresión, Maradona dijo: “No sabe dirigir ni el tráfico”.
—También boqueó que Scaloni podía ir al Mundial, pero al de motociclismo, no al de fútbol. Claro que esto lo dijo mucho antes de que el Gringo se alzara con la Copa América 2021, con la Finalissima 2022 y con el Mundial de Qatar del mismo año.
—¿Ves? A pesar de la pasión colectiva, a mí el fútbol me importa menos que un camión de rabanitos; pero también me gusta estar bien informado, y sé perfectamente que Scaloni es el director técnico más exitoso en la historia de la selección. En suma, los hechos demostraron que las opiniones de Maradona, aun siendo el futbolista más grande de la historia, no fueron válidas a largo plazo. Y destaco la hidalguía de Scaloni, que no hizo leña del árbol caído: ya recontracampeón y requerido por los periodistas acerca de aquellas durísimas declaraciones, se limitó a decir que a Maradona no le faltaba razón cuando afirmó que él no tenía suficiente trayectoria, porque en aquella época era muy joven. ¿Te das cuenta?
—Me doy cuenta, Máster, de que la gente sabia reconoce la existencia de una jerarquía a la hora de opinar. Y también me doy cuenta de que conviene diferenciar con toda claridad la libertad de expresión de la veracidad o la solidez de lo que se opina.
—Efectivamente, Pukkas. Una cosa son los opinantes, y otra la calidad de sus opiniones. Por más que sea un “dios” el que las profiera. Así que pensalo dos veces antes de decirle “profe” a un profesor de fuste, porque el diablo siempre está en los detalles. De la confianza puede pasarse rápidamente al confianzudismo, y de ahí al quilombo incontrolable en clase hay un pequeño escalón. Y, desde ese escalón naturalmente aceptado, otro pequeño escalón puede llevar a cualquier institución educativa a acostumbrarse al bullying, y de ahí un escaloncito más te sirve en bandeja flor de tragedia. Acordate de lo que sucedió hace un par de meses en Santa Fe.
—Me acuerdo perfectamente, Máster: un alumno al que los demás lo tenían loco salió a los escopetazos y mató a uno que nada que ver, y encima hirió a unos cuantos. Y pienso que usted hace muy bien en traer a este libro el episodio, como recordatorio de que las bolas de mier… de nieve, quiero decir, pueden atajarse a tiempo antes de que se conviertan en alud.
—Te lo agradezco, Pukkitas. Y, por todo lo dicho, te propongo que tomes como ejemplo al psicólogo Mariano Rey, otro alumno mío, con el que estamos trabajando un libro de ensayo sobre las vicisitudes de la vida universitaria. Mariano distingue, con justicia, entre “profesores” y “profes”. Los primeros vendrían a ser los profesores al estilo Nomi: gente que convierte el aprendizaje en una experiencia significativa, humana y duradera. Además de profesar su materia y de dominarla desde la sapiencia, cultiva el arte de transmitir con belleza y calidez sus conocimientos, y encima conecta maravillosamente con sus estudiantes.
—Me hubiera recopado tenerla de profe a ella, Tío. Eh… digo: me hubiera recopado tenerla de profesora a ella. ¿Y qué sería un “profe” para su alumno Mariano?
—En el contexto del libro de Mariano, un profe es aquel que rompe el principio fundamental de la educación: en lugar de enseñarte a pensar, el profe te enseña qué pensar. El profe no busca expandirte la mente, sino moldeártela a su imagen y semejanza, mediante el adoctrinamiento y el asesinato de la curiosidad. Y si no consigue transformarte en un Mini-Me te penaliza, ya sea bajándote la nota o por vía de la humillación pública. Y ojo con que se te ocurra cuestionar su postura o presentarle argumentos distintos. Recuerdo a otro alumno mío, a quien yo le conocía perfectamente el modo de pensar. Un día trabajamos en taller un texto que él debía presentar para cierta materia de su carrera de Psicología. En un momento de la lectura de ese texto detuve la clase, y le dije, asombrado:
»—Esto que escribiste es radicalmente opuesto a lo que vos pensás todo el tiempo.
»Y su réplica no se hizo esperar, porque enseguida me dijo:
»—¿Y qué querés, Marce? ¿Que me bochen?
—Terrible, Máster, qué bajón. Pero me queda clara la diferencia, así que voy a reformular lo que empecé a contarle al principio de esta columna, cuando hablábamos de que la IA es capaz de rebelarse. Una vez el profesor de fec nos contó que… Bueno, hoy ya nos fuimos bastante por las ramas, así que se lo cuento en la próxima columna.
—De acuerdo, pillín, y te comento que conseguiste dejarme bien intrigado.
(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.
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