Con tener talento no te alcanza: Capítulo 76. Intermezzo II, o Análisis de banana, sangre y orina
Capítulo 76 de la columna de Marcelo di Marco.
Antonio García Villarán. Ilustración de Jorge Estefanía.
Por Marcelo di Marco
—Tipa, te propongo un prompt adicional para que tu defensa de mi microrrelato hecho de aire y vacío sea más encarnizada. En tu justificación de mi “obra”, quiero que asumas plenamente el rol de un crítico favorable ciento por ciento al arte conceptual.
—Pare un cachito, Máster. Eso de arte conceptual me anda zumbando desde la primera vez que usted lo mencionó. ¿Qué vendría a ser, concretamente?
—¿Concretamente? Concretamente y en primer lugar te pido que afiances en el recuerdo todo lo que venimos aclarando desde los primeros capítulos acerca de los simuladores de talento. ¿Te acordás, por ejemplo, del endiosamiento de mamarrachos denunciado por Frances Stonor Saunders? Lo analizamos en la columna 55.
—Recuerdo, tío. Me quedan bien grabados los ejemplos de esos vendedores de humo a los que usted viene dándoles con un caño calificando sus “creaciones” como imposturas seudoartísticas y seudointelectuales. Cada vez que usted menciona, como hace un rato, ese desastre de la banana pegada a la pared, pienso en la obligación ética de no quedarnos callados. Dándome cuenta por mi propia experiencia de que para crear una auténtica obra de arte hay que poner toda el alma y el talento en acción, he decidido no dejar que me sigan queriendo hacer comer cualquier verso.
—Y hacés muy bien, Pukkas. Proponer con firmeza, y siempre con respeto y en paz, una mirada diferente acerca de la sacralización del arte moderno, te mantendrá en ese saludable estado de lucidez ética sin el que es imposible crear absolutamente nada. A despecho del absurdo de las modas culturales y los falsos artistas, donde hay libertad legítima la inteligencia crece y el talento se pone a trabajar más suelto y sin atender a ataduras y mandatos ridículos. Y el bien, la verdad y la belleza dejan de ser una antigualla utópica.
—¿A qué llama sacralización del arte moderno, Máster?
—Me gusta mucho que me lo preguntes, Pukkitas, y te responderé ya mismo a esta nueva cuestión, pero con la condición de que no pierdas de vista la noción de arte conceptual, que te la debo.
—No se preocupe, que a esa pregunta la tengo agarrada con un ganchito, a la espera de que me pase la data bien limpia.
—Aunque, si lo pienso mejor, estos dos temas, el de la sacralización del arte moderno y el del arte conceptual, van de la mano. Porque los dos tienen como común denominador esa maravillosa comunicación que se establece (o que debería establecerse) entre la obra y su fruidor, como llama Umberto Eco en “Apocalípticos e integrados” al contemplador de una obra de arte de cualquier género.
—¿Fruidor? Qué palabra rara. Se parece a “disfrutar”.
—Ni siquiera está en el Diccionario, Pukkas. Pero es como vos decís. Se parece a “disfrutar”. Y también a “frutos”, porque las dos palabras tienen la misma raíz. Fruidor viene del italiano, ‘fruitore’, que se refiere a quien goza, consume o percibe un bien. Un fruto.
—¿Un fruto, Máster? ¡Entonces que sea una banana, así el chimpancé pintor del que hablamos hace veinte columnas se pone remanija, ja, ja, ja! Pero no se me caliente, que con lo que acaba de decirme me cierra todo. Me parece bastante imposible que un tipo normal pueda gozar o percibir un bien, como usted dice, frente a una banana pegada con cinta scotch a la pared. En todo caso, sí consumirá la banana: como es un tipo normal, supongo que la pelará y le entrará para que no se pudra ahí, solita y en la lona.
—Entonces concentrémonos en ese “tipo normal”, Pukkas. Incluso aquellos relativistas que se atreven a preguntarse retóricamente, porque se creen dueños de la respuesta, quién puede decir qué es normal y qué no es normal, saben de quién estoy hablando. Traigamos entonces a nuestro coloquio a ese hombre y hagámoslo asistir a un museo de arte moderno. Y conste que el tipo, dueño de cierta cultura (porque, si no fuera así, no pisaría jamás un museo, salvo por compromiso), no está ni en contra ni a favor del arte conceptual. Ese hombre, pues, entra en una de las salas y se topa (es un decir) con una “obra” titulada “Nada”.
—¡Como el primer título de su microrrelato, que al final terminó llamándose “Todo”!
—Exacto, Pukkas. Cualquier parecido con mi inexistente microrrelato no es mera coincidencia, porque “Nada” se trata justamente de eso, de una escultura invisible. Literalmente, “la obra Nada” no es… nada. Es un espacio vacío de 150 x 150 centímetros que debe ser delimitado en una casa particular, en caso de que la “obra” se venda.
—¡Pero eso ya es un montón, Tío!
—Pero es real, Pukkitas, es real. ¿Cómo creés que nuestro tipo normal reacciona frente a esa muestra terrorífica de hamparte?
—¿Qué es el hamparte?
—Juntá las palabras “hampa” y “arte”, y lo sabrás. Tené en cuenta que el hampa vendría a ser una componenda de maleantes que viven bajo sus propias reglas.
—Entiendo. El hampa del arte.
—Con esa etiqueta pueden catalogarse aquellas “obras” de arte contemporáneo a las que no se les ha puesto ni técnica ni esfuerzo ni recursos estéticos, pero que igual se venden a precios exorbitantes, gracias a que las banca un murallón de discursos teóricos. Y te cuento que el término lo acuñó hace unos diez años un artista plástico, profesor y divulgador español llamado Antonio García Villarán, especialista en demostrar que no tener talento es todo un arte, valga la paradoja y parafraseando el título del libro en el que él desarrolla este tema. Pero no nos distraigamos, Pukkitas, de nuestro tipo normal, a quien ahora le toca entrar en otra sala del museo, y se encuentra con que hay expuesto sobre una repisa un vaso común de vidrio lleno de agua hasta la mitad. Investigando, descubre que el perpetrador de esta otra “obra” se alzó con nada menos que 20.000 euros.
—¡Wawww!
—Y, siempre en el terreno de las hipótesis, supongamos que a ese mismo tipo normal lo invitaron a la bienal de Venecia del mes pasado (mayo de 2026), y descubre a una chica desnuda practicando esnórquel dentro de un tanque transparente lleno de litros y litros de orina reciclada de los propios visitantes.
—¿Me está diciendo que eso pasó de verdad, Máster, o es parte de la suposición? ¿Litros y litros de meo, dice?
—Podés verificarlo ya mismo, Pukkas, pero para que no pierdas ni un segundo googleando te diré que la instalación contaba con dos baños químicos a los lados del tanque transparente, usados por los miles de turistas para descargar sus respectivas vejigas, y así mantener a flote a la chica desnuda. Mediante tuberías que todo el público podía ver, el fluido biológico era obtenido y acumulado, después pasaba por un sistema de filtración, para enseguida ser bombeado directamente al gran contenedor de vidrio. Y así lograban mantener el nivel del agua contaminada, ¿entendés? Y ojo: a esos turistas se los invitaba a que orinaran ahí.
—O sea que ellos sabían perfectamente a dónde iba a parar su meo. Qué orgullosos se habrán sentido, por participar de una obra de arte, a lo mejor por única vez en su vida. ¿Y toda esa mierd…? Perdón: ¿y todo ese meo qué significa, Tío Marce?
—Ahí viene el asunto, Pukkitas. Porque esa chanchada producida en la culta Europa, que si hubiera sido montada en Texas, sería destrozada en las redes por ser una Decadente Muestra del Capitalismo Conservador, depende absolutamente de la justificación teórica: sin el catálogo que explique que el fluido es “orina reciclada que simboliza la contaminación del turismo de masas”, el público sólo vería a una tipa en pelotas nadando en un líquido sospechosamente amarillento. ¿Ves? El “valor” de la “obra” no reside en la belleza o en los recursos artísticos, sino en la explicación intelectual externa.
—Clarísimo.
—Y ahora volvamos a nuestro hombre normal, un tipo de clase media y criado a la vieja usanza, que trabaja para mantener a su familia (porque está felizmente casado y tiene tres hijos que son tres soles), y a quien en la casa, de chico, le mostraron los libros, la música clásica y los tesoros de la pintura y la escultura. A ese hombre normal el padre le compraba la colección Robin Hood y discos y fascículos de reproducciones, y desde siempre deseó visitar Italia, país que, aunque él no lo sepa, alberga, gracias a la Iglesia oscurantista (el mayor mecenas de arte de la historia de Occidente), una enorme concentración de manifestaciones del arte universal. Bueno, ese mismo hombre consigue llegar por fin a Venecia, dispuesto a disfrutar del gran arte, y se encuentra con que debe cubrir a cuatro manos los ojos de los chicos, porque adentro de un tanque amarillo están exhibiendo nada menos que la versión desnuda de La sirenita. ¿Cómo pensás que puede reaccionar ese hombre, Pukkas? Contame.
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