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Cultura 2 de agosto de 2026

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 78. Intermezzo IV, o Al diablo con los ladrillistas

Capítulo 78 de la columna de Marcelo di Marco.

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Paul Johnson. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco (*)

—Yo creo, máster, que por lo menos nuestro hombre normal sentirá un bruto bajón, mezcla de desilusión y de bronca.

—¿Vos decís que se deprimiría por el enojo, por sentirse perplejamente defraudado como a quien le dan gato por liebre?

—Es que me parece estar escuchándolo: ¿Para esto me gasté un fangote y me vine a Europa yo, que quería disfrutar de cerca de las maravillas del arte, y me encuentro con esta sirena meona y con las otras nabadas, una más ridícula que la otra? Para eso me hubiera quedado en mi país, que también es productor de basura considerada arte por los más encumbrados críticos y doctores y licenciados.

—No se precisa mucha imaginación para sospechar tales sentimientos por parte de nuestro fruidor prototípico.

—Gracias por la parte que me toca, Máster. Lo que no sé es cómo reaccionaría ese tipo. Lo digo porque usted recién me refinó la pregunta, teniendo en cuenta que una cosa es sentir, y otra muy diferente es reaccionar.

—¿Y vos cómo reaccionarías? Tengo en el barrio un museo al que todavía me niego a entrar. Mi sabio yerno sí lo hizo, y me recomendó muy seriamente que ni pisara el umbral de ese sitio. “Te vas a hacer mucha mala sangre, pa”. Esas fueron sus palabras. Si yo no fuera un tipo pacífico, a mí me daría miedo de perder los estribos y mandarme la Gran Paul Johnson. Está dentro de las posibilidades de cómo reaccionaría nuestro hombre normal.

—Quién es ese Paul Johnson, Máster. Qué hizo.

—Ese Paul Johnson, como vos decís, fue uno de los historiadores, periodistas y pensadores católicos más influyentes y leídos de las últimas décadas, Pukkitas. Más de cincuenta libros escribió este inglés. De joven la iba de izquierdista convencido. Tan convencido que trabajó para el Partido Laborista y todo. Pero en los setenta su cosmovisión dio un giro impresionante. ¿Sabés lo que hizo una vez, delante de una “obra” de arte moderno?

—¿Me va a contar la Gran Paul Johnson que acaba de decirme?

—Tal cual. Pero mejor que la cuente él con sus propias palabras. Las tomé de una columna suya titulada “Ladrillistas en fuga”, incluida en el libro “Al diablo con Picasso y otros ensayos”. En traducción de Carlos Gardini, dice así:

Hemos puesto en fuga a los ladrillistas. Con ‘ladrillistas’ me refiero a los arrogantes y hasta ahora todopoderosos simpatizantes del arte moderno o arte del ladrillo. Prefiero esta designación porque ‘moderno’ es vago e impreciso: estas obras ya no son, en rigor, modernas sino anticuadas, obsoletas, difuntas, chatarra de ayer. ‘Arte del ladrillo’ es más sugerente porque evoca la pila de ladrillos de la Tate Gallery, epítome de la estética fraudulenta del modernismo. Años atrás, cuando se exhibían por primera vez, yo esperaba a que nadie estuviese mirando y daba una buena patada a los ladrillos, cambiando algunos de lugar. Nadie lo notaba, prueba de que no eran una obra de arte sino una impostura.

—Clarísimo, qué tipo tan zarpado. Eso de cambiar de lugar los ladrillos me hace acordar de una noticia increíble. O no tan increíble, si la pensamos un poco. ¡Hay una pintura que estuvo colgada al revés durante casi ochenta años en los museos más top del planeta, Máster! Desde el mismísimo MoMA de Nueva York hasta Alemania. Nadie, ni los directores, ni los críticos, ni los supuestos expertos que se la dan de intelectuales se dieron cuenta. Se pasaron más de siete décadas mirando el cuadro patas para arriba, diciendo “¡Wawww, admiren la profundidad en retratar el caos de las grandes ciudades!”.

—Conozco el caso, Pukkas. Un papelón histórico parecido al del monito pintor del artículo de Virginia Rizzi que me mostraste en el capítulo 55. Pero en realidad el cuadro no es una pintura. Está armado con cintas adhesivas de colores.

—No me joda, Máster.

—No te jodo, Pukkas. El creador fue nada menos que Piet Mondrian, considerado, según la Wikipedia, “uno de los artistas supremos del siglo XX”. La obra se titula “Ciudad de Nueva York I”, y es una versión, como te dije, en cinta adhesiva, de la pintura “Ciudad de Nueva York”, también de Mondrian. ¿Y sabés qué es lo peor? Que cuando en 2022 descubrieron el error, el museo decidió dejarlo al revés.

—¡No me joda bis, Máster, que un día me va a hacer morir de risa usted!

—No te jodo bis, Pukkas, y reíte todo lo que quieras vos que esa es la pura verdad. Como la obra se pasó cerca de un siglo boca abajo, las cintas se acostumbraron tanto a obedecer a la Ley de la Gravedad que, si dan vuelta el cuadro ahora, directamente se rompe.

—¡Ja, ja, ja! Y así el error se volvió permanente.

—Digamos que se volvió parte del paisaje de los museos que frecuentan esta y otras obra similares. Y de tal error se dieron cuenta por entera casualidad, ya que de vez en cuando a Dios le gusta mandarse sus buenas humoradas. Cierto día, una especialista descubrió que esa misma obra aparecía en una foto del atelier de Mondrian, y ahí se dio cuenta de que estaba al vesrre.

—Es increíble, Máster.

—Pequeñas delicias que nos depara el arte moderno, Pukkas. ¿Oíste hablar de una tal “artista” que pinta directamente con el poder de su vagina?

—…

—¡En serio, pedazo de gasterópodo! ¿Qué mirás con esa cara tan azorada, boquiabierta, embobada y abombada? La chica en cuestión pinta dándonos lo más profundo de sí. ¿No me creés?

—No, Máster, esa sí que no se la creo aunque me lo jure.

—Ay, hombre de poca fe. Me hacés acordar de Dany Nicolau, un marplatense fenomenal a quien al principio, cuando estábamos haciéndonos amigos, yo le disparaba datos muy insólitos sobre ciertas verdades de este mundo ancho y ajeno. Tan descomunalmente insólitos eran esos datos que él no podía tragárselos. Después, ahora que somos muy amigos, tuvo que acostumbrarse a mi típico estilo “créase o no”.

—Es que eso de la vagina es demasiado, Máster. Eso sí que necesito verificarlo ya mismo en la web. ¿Está, o es un invento suyo? Dígamelo, así no me hace perder tiempo.

—Poné en el buscador de YouTube “vagina artística milo moire nayarit”, y después me contás. Pero antes repasá en tu mente los conceptos que vimos hace un rato de verdad, de bien y de belleza. El contraste de lo monstruoso y aberrante con la pureza y el decoro puede resultar muy aleccionador.

—No tengo tiempo, Máster, me tiemblan las manos. Y ahora doy enter… Pero… ¡Pero esta chica está completamente en bolas y en la calle, rodeada de cámaras y de curiosos! ¡No se puede creer! ¿Y qué piensa hacer subida a ese andamio delante de todo el mundo?

—Lo que te dije, Pukkas. Y tanto esta pobre chica como la descerebrada “periodista” que con voz elogiosa describe en off cómo semejante adalid de la decadencia de la cultura occidental lanza huevos rellenos de pintura acrílica desde su vagina al lienzo olvidan que hacer arte es agarrar un pincel, un cincel, un pentagrama, una cámara, una netbook. Es romperse el lomo estudiando técnica, es transmitir algo que te mueva el alma, no que te revuelva las tripas. Más que arte performático, ya bastante farsesco de por sí, esto es una estrategia para salir en todas las redes y que cuatro o cinco intelectualoides digan babeantes y con los ojos en blanco “¡Oh, qué disruptiva metáfora sobre la fertilidad y la creación! La versión feminista de Pollock asumiendo desde las conquistadas alturas el empoderamiento de las clases oprimidas por la tradición y el heteropatriarcado”.

—No sé qué haría ante este caso nuestro hipotético espectador normal, Máster. Pero, en cuanto a mí, yo no podría quedarme callado. Usted ya me conoce. Cuando el rey anda desnudo, me salta la térmica y me recontracaliento mal. Pensé que por lo menos iba a reírme, en caso de que lo suyo no hubiera sido una joda. Pero ni siquiera esa reacción tuve. ¿Cómo se reacciona ante una porquería como esta, dígame?

—Es que ahí está la clave, Pukkas, el callejón sin salida en el que quedará confinado nuestro espectador promedio, porque precisamente el llamado arte contemporáneo tiene cómo objetivo provocar en él, en vos y en mí y en todos, una lógica reacción. Ya no estamos ante la visión del arte como una de las más sublimes manifestaciones de la humanidad. El propósito declarado de gran parte del arte contemporáneo y de las vanguardias del siglo XX, como el dadaísmo o el surrealismo, ha sido ese: ‘épater le bourgeois’.

—Épateleburyuá. ¿Y eso con qué se come, Tío?


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.