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Cultura 25 de octubre de 2026

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 84. Intermezzo X, o Buscando roña criolla

Capítulo 84 de la columna de Marcelo di Marco.

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Lionel Messi. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco

—¿Así que a la palabra “crisis” le han colgado una etimología trucha, me decía, o es que usted tiene ganas de andar peleándose con todo el mundo y se fuma cualquiera?

—No sabés lo que estás diciendo, Pukkitas. Jamás me vas a ver a mí buscando camorra. Debo de ser el escritor más pacífico del ambiente, que es bastante conflictivo, por cierto. Pero en estas cinco décadas de carrera más de un colega ha pretendido pelearse conmigo, acaso para ganar algo de chapa, y así le fue.

—¿Cómo “así le fue”? No me asuste, Máster.

—No imagines nada cruento, malpensado de manual: la mejor manera de ganar no es por la vía rápida.

—¿Vía rápida?

—Vos me entendés. Hablo de patadas, piñas, puteadas. Quilombo, en suma.

—La triple pe.

—¿La triple pe? Ah, claro, tenés razón: Patadas, Piñas, Puteadas. Pero hay otro modo de ganar.

—¿Cómo es eso, Máster, cuál es ese modo?

—Voy a explicártelo antes de pasar a la etimología trucha de “crisis” y a todo lo demás que te debo, porque en una novela que entre otras cosas versa, como bien dirá la bajada de “Con tener talento no te alcanza” cuando se publique en libro, sobre ética del arte y de la escritura, no pueden faltar consejos acerca de cómo tratar con locos de mierda. Y más en un ambiente en donde esta clase de bichos es legión, vaya a saber por qué carencias, envidias o necesidades básicas insatisfechas. Los peores suelen ser aquellos a los que no lee ni la madre. O bien aquellas palomas diarreicas de las que hablamos en el capítulo 17.

—Cierto, Máster. Aquellos que cuando fueron alumnos suyos comieron de su mano, y que después, cuando levantaron vuelo…

—Es la misma mentalidad del nuevo rico que te aborrece cuando le recordás su pobreza original. También hay quienes te salen con los tapones de punta aprovechando cualquier “quítame allá esas pajas”.

—¿Qué pajas, Máster? No me asuste. ¿Me está hablando de Torrente y del famoso “Nada de mariconadas”?

—¡Ja, ja, ja, siempre leyendo calle vos! Te hablo de la expresión “Por un quítame allá esas pajas”. En el contexto, y para que termines de entenderme, estoy hablándote de aquellos que buscan roña por cualquier boludez. También están los reduccionistas a los que no les puede entrar en la cabeza el hecho de que un escritor con casi veinte libros publicados, considerado pionero del actual terror argentino y autor de un ‘longseller’ con varias ediciones en la calle, y respetado por la inmensa mayoría de alumnos y colegas que no sólo lo conocen en pixelado sino en persona, no obedezca al fenotipo del intelectual de izquierdas “concientizado” o “comprometido”. Ese espectro abarca desde aquellos que te señalan con el dedo lamentando que seas católico integrista y nacionalista, hasta los que directamente buscan difamarte cirujeando escoria, y acaso cobrando por tal indigna ocupación.

»Y, hablando de pajas, también de este lado de la vereda están ciertos nacionalistas católicos, ultramontanos que se pasan de la raya y, viendo indecentes y liberales y zurdos por todas partes, caen en la farisaica actividad de hurgarte el ojo en busca de la paja mientras no ven la viga que cargan en el suyo. Una cacica de esa exigua tribu llegó a calificarme de “vedette del desastre que hace alarde de librepensador”, y todo dicho por la espalda y excusándose en aquello de evitar los respetos humanos para obrar con rectitud de conciencia. ¡La difamación erigida en cristianísima obra, a vos te parece! Un demente que se cree el Campeón Universal de la Recta Conciencia puede causar estragos, y vaya excelente tema novelesco que acabo de tirarte.

—No está para nada mal, Tío, y lo comprendo perfectamente a usted. Esos chabones me hacen acordar a los buscas que andan por la playa con un detector de metales. La diferencia es que aquellos, por lo menos, buscan cosas de valor, ¿no?

—Excelente analogía, Pukkas. Sea como fuere, muchos creen que pelearse con uno les lustra un poco la estatua. Hace mil años, José Luis Mangieri, uno de los más queridos y recordados editores de poesía, habló con Nomi para preguntarle si yo estaría dispuesto a presentar “Roña criolla”, libro clave de mi amigo Ricardo Zelarayán, con Sergio Bizzio. Te aclaro que con Sergio compartíamos estrechos lazos de amistad y afinidad estética con el Zela, dentro del panorama de la poesía argentina de aquellas décadas remotas. En fin, Mangieri le preguntó a Nomi si nosotros con Sergio estábamos peleados o algo parecido, teniendo en cuenta el conflictivo contexto poético. Sabé, entre paréntesis, que, como bien dice Horner en “The Country Wife” (“La esposa aldeana”), de William Wycherley, a los poetas, como a las putas, sólo los odian sus colegas.

—¡Esa sí que es buena, Máster! ¿Y tiene razón el tal William?

—Y qué sé yo, Pukkas, puede ser. Al competir en gremios donde el ego o la pura supervivencia mandan, la rivalidad interna suele ser feroz. De ahí la pregunta de Mangieri, a la que Nomi respondió enseguida diciéndole que no, que con Bizzio estaba todo bien. Y Mangieri le dijo algo así como “Ay, la verdad es que yo lo admiro a tu marido: él no tiene problemas con nadie”. Lo cual es cierto, Pukkas, porque no vas a encontrar a un tipo más pacífico que yo.

—Perdóneme, Máster, pero para ser el tipo más pacífico, en un solo capítulo ya repartió “locos de mierda” y “palomas diarreicas” y “bichos” y “demente”. Si eso es su paz, no quiero imaginarme su guerra.

—Pacífico no quiere decir manso, Pukkitas, sino que la pelea no la empiezo yo. Y llamar a las cosas por su nombre no es empezarla. Ahí está, justamente, la diferencia entre ser pacífico y ser pacifista.

—Explíquese.

—El pacifista es aquel que busca la paz a toda costa, incluso a costa de la verdad. Y ojo, que no hablo del que renuncia a la violencia por caridad, a quien el mismísimo “Catecismo de la Iglesia Católica” elogia siempre que no deje indefensos a los demás. Hablo del que descree de los conceptos de guerra justa y legítima defensa, que San Agustín fundamentó teológicamente en el ocaso del mundo antiguo, que Santo Tomás de Aquino sistematizó en pleno siglo XIII y que San Juan Pablo ii dejó recogidos en el “Catecismo”. Ese pacifista es un mal cristiano, porque no entiende que las armas son la última salvaguarda de la civilización y de la democracia bien entendida. Un pacifista típico, por ejemplo, es quien deja arder Francia a manos de los bárbaros que, como sucedió el fin de semana pasado, saquearon centenares de comercios y le prendieron fuego al ayuntamiento de Limoges: años de esfuerzo y sacrificio reducidos a ceniza en una sola noche. Pacifista es también el que prefiere la paz de los protocolos a la verdad de una pancarta, y vitupera la gesta de los heroicos muchachos de nuestra selección cuando, tras ganarle 2 a 1 a Inglaterra en la semifinal del Mundial 2026, le refregaron en la cara a todo el mundo la bendita frase que declara (y lo seguirá declarando en todos los corazones de la gente de bien) LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.

—Entiendo. Y sé que muchos piensan que, después de esa mojada de oreja al internacionalismo, bajó una orden de arriba para que la selección jugara la final contra España con el freno de mano puesto. Yo no digo ni que sí ni que no, pero hay algo que no me cierra. Si no, explíqueme por qué Messi, antes de salir a la cancha, les dijo a los muchachos, según el video que circuló después: “Tranquilidad, estemos tranquilos, muchachos, pensemos en jugar nomás, tranquilidad, olvidémonos de todo”. No pintaba que estuviera hablando de algo lógico, como el cagazo tremendo de jugar una final. Se veía que hablaba de algo mucho más denso: los pibes tenían cara de venir bien verdugueados.

—Pruebas no tengo, Pukkas. Lo que sí sé es que, cuando a un equipo le piden que se olvide de todo, es porque hay algo que conviene no recordar.

—¿Y el pacífico qué vendría a ser, Tío?

—El pacífico es el que sabe que las armas de cualquier tipo, incluso las intelectuales, no están para provocar problemas sino para evitarlos. El tipo pacífico es el que no se mete con nadie, pero cuidate de meterte con él porque si le tocás a Dios, a la patria o a la familia va a responderte. Va a responderte con el derecho y la razón, pero va a responderte. ¿Leíste el cuentazo “El Sur”, de Borges? Sí, ya sé: lo leíste, pero hago de cuenta que no. En esa maravilla de relato, Juan Dahlmann, secretario de una biblioteca municipal, sin historia de cuchillero, acepta el duelo cuando lo agreden en una pulpería. Es pacífico Dahlmann, aunque elige responder a la provocación por defender una idea de destino y de linaje, no por ser un buscarroña.

—¿Y ganó la pelea?

—No lo sabemos. El mismo Borges termina magistralmente el cuento diciendo que “Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”. Al margen de que esa genial ambigüedad es para mí uno de los finales más perfectos de la narrativa universal, te comento que hay otro modo de ganar, como te decía recién, y que tiene mucho más que ver con la virtud que con la estrategia. ¿Te lo desarrollo, ya que estamos?

—Adelante, Tío, me interesa muchísimo ese asunto. Aunque, de paso, me sigue debiendo lo de la crisis.

—Todo a su tiempo, Pukkitas. Que el pacífico, además, sabe esperar.


Los capítulos anteriores pueden leerse haciendo clic acá. 

di marco 3