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Cultura 28 de enero de 2026

Con tener talento no te alcanza: Consejo vendo, y para mí no tengo

Capítulo 65 de la columna de Marcelo di Marco.

Francis Ford Coppola. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco (*)

Muestra #3

Como cada mañana, le costó reconocer la habitación de huéspedes de la casa de su amiga, ese cuarto donde antes guardaban escaleras, sierras, herramientas y todo lo que no se usaba. Ahora no parecía el mismo: lo habían limpiado, pintado y le habían colgado las cortinas traídas de la casa del abuelo. Su cama, la mesa de luz y su viejo ropero se apoyaban sobre una alfombra de pelo largo que cubría casi todo el piso. Ya no era un cuarto de huéspedes donde guardaban los trastos de la familia, sino su dormitorio.

Lanzate ahora a destacar los verbos, Pukkas, a ver si hay alguna sorpresa esperándote en esa muestra. De más está decírtelo, pero me encantaría que también nuestros lectores metieran mano en ella.

—Supongo que muchos ya estarán aplicando el Tetra hace rato, máster, y sobre todo a sus propios escritos. Pasarles el Tetra a las distintas categorías morfonosecuánto, como las llama usted…

—Categorías morfosemánticas, Pukkas.

—Eso. Morfosemánticas. Decía que buscarlas en frío mediante el Tetra, o usando alguna macro, es también un excelente modo de despegarse emocionalmente del texto.

—Y al mismo tiempo un buen ejercicio de humildad, Pukkitas.

—Qué distancia tremenda que establece uno consigo mismo trabajando así, ¿verdad?

—Por qué lo decís.

—Lo digo en el sentido en que el Tetra es un baño de realidad. Uno cree que ha dado lo mejor, y cuando se siente el Maradona de la escritura, al aplicar el Tetra descubre que algo más puede hacerse. Un buen ejercicio de humildad, como usted acaba de decir.

—Al respecto, te confieso algo muy interesante: en el capítulo 28 dejé a propósito un adjetivo sumamente notorio.

—¿Cuál es?

—No te lo voy a decir. Pero tampoco te gastes pasándole el Tetra a todo el capítulo. Para facilitarles la búsqueda a vos y a los lectores, te dejo acá la zona en cuestión:

Diferencias no fundamentales, te aclaro, y ya vas a ver por qué. En la nouvelle, que Coppola usa más que nada como un trampolín inspirador, Kurtz es un codicioso y tiránico traficante de marfil. En la película, Kurtz es un excoronel de los Boinas Verdes, en estado de rebeldía contra los altos mandos.

—Nada que ver uno con otro. —Pukkas levantó una piedra y la lanzó al agua. Una gota salada le salpicó la boca.

—Todo que ver, Pukkas. Esencialmente, todo que ver. Cuando leas la nouvelle lo entenderás mejor. Vas a ver cómo los dos Kurtzs despliegan un totalitarismo tiránico, y la locura los arrastra hacia los laberintos más tenebrosos del alma.

—¡Máster, lo atrapé! En el primer párrafo del fragmento usted dice que “Kurtz es un codicioso y TIRÁNICO traficante de marfil”, y usa el mismo adjetivo un poco más abajo, en el tercer párrafo: “Vas a ver cómo los dos Kurtzs despliegan un totalitarismo TIRÁNICO (…)”.

—Como ves, Pukkas, cuando ese capítulo fue publicado originalmente en La Capital, en agosto de 2024, el mundo no se ha detenido ni fue la muerte de nadie. Aunque te confieso que a mí me hubiera encantado no caer en esa repetición, que ni desde la más piadosa de las miradas indulgentes puede sospecharse voluntaria.

—Y en la versión definitiva de este libro la deja tal cual, sin corregir.

—Exacto, la dejo tal cual.

—¿Por qué?

—Por la siguiente razón pedagógica, Pukkas: para que nuestros lectores sigan tomando conciencia de que el esfuerzo, la disciplina y la perseverancia son elementos esenciales de la creación artística. Que, en definitiva, con tener talento no te alcanza. Puede parecer un hecho nimio tal desliz. Pero nunca hay que olvidar aquello de “cuidá los centavos, que los pesos se cuidarán solos”. La fórmula perfecta que te acercará al éxito es trabajo duro + aprendizaje continuo.

—¿Pero usted se había dado cuenta de esa repetición al entregarle al diario el original de ese capítulo?

—Para nada. Como ya lo insinué más arriba, se me pasó olímpicamente. Y es evidente que al ojo de lince de Dante Galdona, mi editor por aquel tiempo, no le molestó en absoluto la repetición de ese TIRÁNICO. Tal vez algún lector nuestro lo advirtió, pero habrá hecho la vista gorda. Por eso no me cansaré de recomendar que, en una primera etapa de su uso, el Tetra funciona como un mero explorador. Después se verá qué deberemos corregir.

—Recuerdo que algo similar le pasó poco después con el adjetivo “excelente”, hace unos cuantos capítulos.

—Cómo te gusta revolver en la herida. Eso me sucedió meses atrás, sí, tal como lo comenté en el capítulo 53, al elogiar las bondades del restorán Costa Serena en un post en mi Instagram:

Venimos de ahí con @nomi_tcyc, y además de la EXCELENTE atención de Florencia disfrutamos un EXCELENTE almuerzo por sólo 25.000 pesos (…)

—No sé si ya se lo conté, Tío Marce, pero conozco a cierto escritor que recientemente celebró sus tres primeros años de radicación en nuestra bella ciudad, y que si uno lo guglea en modo IA se entera de que “es considerado un escritor consagrado en el ámbito de las letras argentinas. Con más de cuarenta años de trayectoria, su estatus se fundamenta tanto en su prolífica obra creativa como en su rol de maestro de escritores”.

—¿Ah sí? No me digas. Y capaz que el tipo escribió un bestseller titulado Taller de Corte y Corrección y está felizmente casado con la mejor esposa del mundo, una escritora llamada Nomi Pendzik, ¿verdad?

—Posta, máster. Y además dice que inventó un método infalible para mejorar la escritura de cada cual. Debería consultarlo a él, ¿sabe? Si quiere, se lo presento cuando usted me diga. Posiblemente después de algunas clases lo saque bueno.

—Dejá de tomarme el pelo, querés. Un tropezón, cualquiera da en la vida.

—Hablando en serio, Tío: ¿qué conclusión debo sacar de todo eso?

—Una posible es que no hay que hacerse demasiada mala sangre. Recordá lo de las “tecniquerías” de Unamuno, citado por Fernando Sorrentino en el capítulo 52.

—Para hacerla corta, no seamos “tiránicos” con nosotros mismos y dejémonos escribir en paz.

—Esa es una posible moraleja, Pukkas. Pero ojo: que el “espíritu aloha”, de calma y de distensión y de buena onda no nos lleve a la laxitud, porque esa es la madre de toda mediocridad. El Tetra es equiparable a cualquier instrumento: si lo tenés y no lo usás, no es problema de él. Por eso, vaya el presente mea culpa, a medio camino entre la seriedad y la broma, para propiciar en vos y en nuestros lectores el uso de esta herramienta que tanto bien les viene haciendo a autores primerizos y a avanzados.

»Volviendo a la muestra #3, fijate qué verbos repetidos encontrás.

—Uno sólo, máster, vea:

Como cada mañana, le costó reconocer la habitación de huéspedes de la casa de su amiga, ese cuarto donde antes GUARDABAN escaleras, sierras, herramientas y todo lo que no se usaba. Ahora no parecía el mismo: lo habían limpiado, pintado y le habían colgado las cortinas traídas de la casa del abuelo. Su cama, la mesa de luz y su viejo ropero se apoyaban sobre una alfombra de pelo largo que cubría casi todo el piso. Ya no era un cuarto de huéspedes donde GUARDABAN los trastos de la familia, sino su dormitorio.

—Y ahora que descubriste esa repetición, ¿qué pensás hacer? ¿Dejar los verbos como están, porque la distancia que los separa es razonable?

—No, Tío, para nada. De acuerdo con el contexto, puedo reemplazar así la segunda aparición:

Ya no era un cuarto de huéspedes donde AMONTONABAN los trastos de la familia, sino su dormitorio.

—Aprobado, Pukkitas, lo mejoraste bárbaramente. Y ahora paso a mostrarte cómo la riqueza idiomática puede explotar enormemente la expresividad de un texto.

—¿Y con esa peligrosa cercanía de los dos adverbios de modo que acaba de perpetrar usted qué hacemos, máster?

—¡Oops!


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá