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Cultura 3 de septiembre de 2019

De historias olvidadas y heroínas negras

Tradición oral, patrimonio cultural y afrodescendencias.

Mural "Las olvidadas del Bicentenario" en memoria de Mamá Pancha, Berta Smith y la mujer originaria. Pintado por Pablo Nicolás Tissone, Marina Casali Urrutia, Juana Mariñas, Raul Cuking y Verónica Meo Laos. Foto: Mariano Daniel Francisco.

por Verónica Meo Laos

Dolores es la ciudad cabecera del partido homónimo, ubicada en la pampa deprimida del Salado, en la intersección de la Autovía 2 con la RP 63, a 212 km de Buenos Aires. Su población según el censo 2010 es de 25 940 habitantes. Instituida como el Primer Pueblo Patrio por haber sido la primera población creada por el naciente Estado argentino luego de la declaración de independencia, el 21 de agosto de 1817, hace pocos días celebró 202 años de vida.

En medio de los festejos que se llevaron a cabo en la plaza Castelli, en el centro del casco urbano, este pueblo al sur del Salado arrasado por tribus indígenas en 1821 y luego repoblado definitivamente hacia 1827 guarda, como todos los lugares, historias que pasan desapercibidas pero que también forman parte del patrimonio cultural. Una de ellas es la que se oculta debajo de la réplica de la Pirámide de Mayo que está emplazada en medio de la plaza del centro del pueblo y que, probablemente, el medio de los festejos, pasó a ser un testigo silencioso de un pequeño relato de heroísmo protagonizado por una mujer negra.

Para Pablo Sztulwark la memoria no es ni representación del pasado ni objetivación de lo sucedido ni construcción acabada; por el contrario, es un conjunto de fuerzas heterogéneas e incluso contradictorias que afectan, alteran o suplementan un objeto o un espacio y lo transforman en lugar. Por eso, si la memoria es indeterminación viva, ninguna operatoria de naturalización o congelamiento puede objetivarla. Si se quiere, la memoria espontánea, viva, indeterminada, adquiere y construye sus propias formas. Los intentos de condensarla en un monumento conmemorativo no hacen más que instituir una delegación limitada, porque la memoria desborda cualquier intento por ser clausurada en un dispositivo. De hecho desborda, resignifica y está en continuo proceso de producción y reproducción de sentidos colectivos.

En este sentido la réplica de la Pirámide de Mayo emplazada en la plaza Castelli de Dolores es un intento de objetivación institucional por debajo del cual otras narrativas contrahegemónicas cuestionan los valores del patriarcado y la burguesía locales. De 18 metros de altura, el monumento fue inaugurado en 1859 para conmemorar el levantamiento de los hacendados del sudeste bonaerense contra Juan Manuel de Rosas conocido como la Revolución de los Libres del Sur.

El 17 de noviembre de 1839 una partida de 50 soldados a caballo penetraba al galope en la ciudad, uno de ellos llevaba la cabeza de Pedro Castelli colgando con la misión de enarbolarla en la plaza para frenar cualquier conato de rebelión contra el Restaurador de las Leyes. Empalada en la cima de un “grueso madero de seis a siete metros de altura, adherida por medio de un hierro que la tomaba por la frente y con un soporte de suela que la sostenía por su base” se mantuvo amenazante por siete años. Pero una mañana lluviosa y destemplada de un domingo del mes de julio de 1847, dos mujeres negras, Francisca Gutiérrez, “Mama Pancha”, y una amiga vieron con sorpresa que el cráneo ya no estaba, había caído al piso y una de ellas lo pateó para alejarlo de la vista pública.

“Que llegue la noche -pensó Francisca- y si no han advertido su caída, yo me encargaré de obtenerla”. Para eso le pidió a su hijo José, una vez que llegó a su rancho, que se encargara de levantarla y llevársela. Así fue que al llegar la noche, José cubierto con un poncho grueso se encaminó hasta la plaza para cumplir con el encargo materno. La mujer mantuvo escondido el cráneo por cinco años hasta la caída de Rosas. “Dicen que a altas horas de la noche solía sacarla y, colocándola sobre un cajón, le encendía algunas velas y le mascullaba un rosario”.

Este relato no está en ninguna placa conmemorativa, como sí lo está el “grito viril” que recuerda a los héroes de la Revolución de los Libres del Sur, sino que subsiste en la tradición oral y fue publicada por primera vez en 1919, en el libro del centenario de la fundación de la ciudad. Recordarlo es una manera de cuestionar el canon de los héroes para recordar que, si la memoria es indeterminación viva, debajo de los mármoles y el bronce, de espaldas a los fastos y las celebraciones, todos los pueblos esconden historias de heroicidad cotidiana, de gente común que aguarda en silencio salir a la luz para dar nuevos sentidos a la identidad colectiva.