Entretextos: “Apnea”, de Paula Cascú
Este texto es el primer capítulo de la novela homónima de la autora marplatense que será publicada por la editorial Galerna y presentada el 3 de diciembre próximo en Villa Victoria Ocampo.
Paula Cascú, autora de la novela. Apnea.
Por Paula Cascú (*)
Primera sesión de terapia.
Intento recordar el nombre de la terapeuta. Claudia, Marcela, Valeria… un nombre de mujer que puede rondar los 45 o 47 años.
Llego por Santa Fe a la zona Palermo. Doy vueltas, no encuentro lugar para estacionar, giro de nuevo, nada. El mal humor me invade. ¿A quién se le ocurre elegir una terapeuta en Armenia y Honduras, un viernes a la tarde? Me enojo conmigo, como siempre. Ya empiezo mal.
Encuentro un lugarcito frente a la librería Panda. Pongo las balizas que desatan una ola de bocinazos. El librero intenta ayudarme a estacionar con un gesto torpe. Lo miro desafiante. Saca la mano del bolsillo, y empieza a girarla haciendo círculos, se tira para adelante y me hace una seña de que pare. Arranca de nuevo, mueve la mano para el lado contrario con cara de satisfacción. Verlo me contrae el estómago. Un tipo que quiera enseñarme a estacionar hoy es lo último que necesito. Lo miro con enojo, veo cómo se le infla el pecho y resopla, frena con las indicaciones y se mete la mano izquierda en el bolsillo. Me gustaría decirle: lo único que quiero es que me saques este dolor del pecho que me está, cada órgano de mi cuerpo. Si no podés con eso, no molestes. No se lo digo. Lo pienso, pero no se lo digo.
Entro cinco minutos tarde, bastante puntual para un día como hoy. Me abre la puerta. Alta, delgada, pelo lacio, cara de esfinge, pero su cara no expresa nada. Está bien, no tiene que expresar nada. Solo tiene que estar ahí para contener esta tormenta que cargo. Todo parece en su lugar: un sillón verde de pana gastada; hay poca luz. La lámpara de pie de bronce ubicada en la esquina; un escritorio con solo un cuaderno y un lapicero, y algunos títulos que reafirman su profesión. Todo está limpio, correcto, todo donde tiene que estar salvo este dolor que se instaló adentro y no tiene planes de salir.
Me invita a pasar. Los pañuelitos están cerca, a mano sobre la mesita ratona cerca del sillón, de fácil acceso. Ya sé que los voy a necesitar apenas abra la boca, pero no quiero mostrarme vulnerable en la primera sesión.
Arranca con preguntas de rutina que contesto fácilmente: Inés, 39 años, vivo en San Telmo, abogada, soltera sin hijos. Al decirlo pareciera que todo está en su lugar como los muebles del consultorio.
—¿Por qué estás acá? —pregunta, sin vueltas.
Le explico que me siento confundida, que no entiendo muy bien qué me pasa. La tormenta sube a la garganta. La contengo. Si me pongo a llorar, la sesión me va a salir carísima.
Le suelto con bronca hacia mí:
—Me pongo en un lugar donde no tengo lugar. Él me tortura con su presencia y me intoxica con sus idas y vueltas.
Marcela me pregunta a quién me refiero cuando digo “él”.
Demasiado profundo, no habían pasado ni 10 minutos de sesión. ¿Qué contesto? Es Ernesto, el amor de mi vida. ¿De verdad es el amor de mi vida? ¿Cómo puede serlo si cada noche me arranca el sueño a las cuatro de la mañana y me deja sola, despierta, preguntándome qué estoy haciendo con mi vida y todo lo que me rodea? ¿Es amor o soy yo misma castigándome y consumiéndome a pedazos?
Al final, respondo brevemente:
—Él es Ernesto. El hombre por el cual estoy sentada acá. Es casado y necesito terminar con esta relación porque me está afectando.
Listo, resumido: sujeto, contexto, objetivo. Ernesto. Relación clandestina. Vengo a olvidarlo. Ahora resolveme este agujero negro en el estómago, Marcela. No lo digo. Lo pienso, pero no lo digo.
—¿Cómo es Ernesto?
Me hundo en el sillón gastado verde de pana. Por ahora es lo único que me sostiene las partes rotas. Respondo como si hablara de un extraño:
—No sé cómo es Ernesto. Pero sé cómo son sus manos. Gigantes. Me gusta jugar a taparme la cara con ellas mientras beso sus dedos. Se come las uñas, la piel de los costados. Siempre tiene un dedo lastimado, y alguno con curita. Sus manos son ásperas, rústicas, pero suaves. Como él. No sé quién es, pero cuando me mira me desarmo.
Respiro hondo, llanto contenido. Continúo:
—En la vida de Ernesto todo parece funcionar. Y si algo se rompe, él lo arregla. Lo disfruta. Arreglar cosas es su modo de estar en el mundo. Cuando llega a casa, observa, revisa, detecta.
Se te quemó el foquito de la entrada, me dice. Ya lo sé, Ernesto. Hace años que prendo la linterna del celular para entrar. Al día siguiente, aparece con un foquito nuevo. Lo cambia. Listo. Como si nada. Como si nunca hubiese estado roto. Qué fácil lo hace. Arreglar cosas. Qué fácil sería, Marcela, si vos pudieras arreglar este dolor como un foquito roto. No lo digo. Lo pienso, pero no lo digo.
—¿Qué te hace pensar que todo en la vida de Ernesto funciona?
—Quizás por su vida monótona o porque nada se rompe. Hace quince años trabaja como administrativo en la misma empresa. Los mismos quince que lleva casado con Laura, supongo. Dos hijos: uno de 17 años y el otro de 10. Él no quería tener un segundo dice, pero ella sí y él dejó que sucediera. Evita conflictos. Fluye, esquiva.
Como si llevara un GPS interno para no chocar con nada. Ojala no se hubiese chocado conmigo. No lo digo. Lo pienso, pero no lo digo.
A veces fantaseo con su rutina, es algo que me da un poco de envidia, la previsibilidad de saber lo que va a suceder. Imagino que se levanta siempre a la misma hora, pasa por dos cafés, llega a mi casa un rato antes de entrar a la oficina, charlamos, cogemos. A la noche, besa a su mujer, como si la mañana no hubiese sido parte de las escenas del día, entonces se saca la ropa del trabajo, se pone una remera vieja y un pantalón corto. Cena con sus hijos, miran Netflix, rutina. Ella se duerme. No quiero imaginarlo cogiendo con ella. O no puedo. Prefiero creer que su vida es monótona, aburrida, que lo hacen siempre en la misma posición y que piensa en mí para poder acabar. Después, tal vez, se queda pensando en nuestras mañanas, en mí, imaginando cómo sería una vida juntos.
Me pregunto ¿qué pasaría si no existiera en su vida? De solo pensarlo se me la respiración se acelera. Pero sé que no puede sacarme. Lo intentamos. Fallamos. Volvemos como caníbales hambrientos de fusión, con dolor y desesperación. Para él soy aire en microdosis, el escape que sostiene la fachada. Ernesto no discute, no pone palabras que puedan dinamitar la estructura creada con delicadeza para mantener su equilibrio mental. Deja que el tiempo desgaste lo que no puede reparar, aunque eso signifique sacrificar su propio reloj.
Cuando quiero terminar todo, espero que él diga lo contrario: que me elige, que deja a su mujer. Pero responde con pragmatismo, con sensatez aburrida. Y yo me canso. Ya no tengo fuerzas ni para dejarlo. Solo me acerco, dejo que me acaricie, mientras repite que esto es único, que no lo ensuciemos. Quiero gritarle que ya está sucio, que me mata despacio, que ya no queda nada de la mujer fuerte y segura de la que se enamoró.
—Entonces, ¿por qué insistís? retruca, lanzando la pregunta como si fuera capaz de revivir fantasmas del pasado sacudiéndolos como un terremoto.
—La verdad es que hay ciertos lugares que es mejor no explorar.
Suelto una risa irónica, intentando aminorar el impacto, esquivo la bala. Pero ella dispara la última, directo al corazón. Innecesario, ya me encontraba derribada, suplicando en silencio, pagar la sesión y terminar el encuentro:
—La incomodidad no aparece porque sí —dice—. En esos recovecos llenos de polvo que hoy evitás, tal vez haya algo que todavía necesita ser mirado.
Te veo el viernes, agrega.
No voy a venir, Marcela. Mejor, no. Me doy cuenta que no quiero dejarlo. Quiero quedarme acá, antes que en la nada. Prefiero la clandestinidad, la culpa, el secreto, antes que la certeza del abandono. Prefiero sostener este ardor en el pecho a la calma muerta de no tenerlo. Prefiero algo de tiempo de su reloj antes que los minutos muertos de su ausencia. Su mentira a mi silencio. No sé quién soy sin él, Marcela. Ni quiero saberlo. No quiero verme en ese espejo vacío. No quiero reconocerme sin su sombra pegada a la mía. Prefiero destruirme de a poco, con él adentro de mi piel, antes que salvarme sin él.
No lo digo. Lo pienso, pero no lo digo.
Paula Cascú nació en Mar del Plata en 1982. Es psicóloga. Su interés por comprender las historias y los vínculos que moldean a las personas nutre gran parte de su escritura. Este texto es el primer capítulo de Apnea, su primera novela que será publicada por la editorial Galerna y presentada el 3 de diciembre próximo en Villa Victoria Ocampo.
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