Entretextos: “Jazmín paraguayo”, un cuento de Franco Schiavoni
Un deseo de escape de la ciudad y el mundo para siempre, termina en una situación ominosa.
Franco Schiavoni
Por Franco Schiavoni (*)
¿A quién no le gustaría huir para siempre, más allá del agónico vértigo de la rutina, y extasiarse de paisajes agrestes, contemplar alboradas y crepúsculos, aguzar los oídos para apreciar las melodías de los pájaros?
Claro, yo también me sentía atrapado por el tiempo, en la ciudad, y fantaseaba con escapar cada día. Uno, en silencio, entreteje su fantasía con hilos etéreos, hasta que muchas veces se materializa de inimaginables formas. Y después nos queda juzgar si esto es causa de alegría, o bien de tristeza.
A pesar de que el cielo de aquella tarde se presentaba tormentoso y la atmósfera quieta, me dispuse a mi caminata de campo.
Pata y pata por el monte de moras, una brisa húmeda me dio en la cara, y después doblé en la esquina para tomar la Miguel Gil y pasar por el Tiro Federal. Pronto tomé por una callecita de tierra que nadie conoce por nombre, y marché en dirección oeste.
El camino se abovedaba de acacias y la calle desbordaba de yuyos salvo en las huellas de los autos, que quién sabe cuándo pasaban por ahí.
Me sorprendió la violencia del relincho de un caballo. Lo distinguí entre una maraña de ramas, internado en el fachinal. Me miraba fijo, y supe que el relincho fue por mi presencia. Tal vez me saludaba de puro contento, acaso por ver algo moverse en aquel mutismo silvestre. ¿O me advertía de algo?
Levanté la vista, y los grises de las nubes amontonadas juntaban el cielo con la tierra. Se me ocurrió que pronto tocarían las copas de los eucaliptus. Todo era quietud.
Dejé atrás al caballo, y ya de lejos me llegó el moribundo relincho. De repente me descubrí cruzando un puentecito: por debajo, del zanjón estancado manaba —cosa extraña en mi bucólico paisaje— una pestilencia de residuos industriales y basura. Sobresaltado por esa nota discordante, seguí caminando.
A un costado de la callecita, ya se extendía el bosque de bambúes, con un verdor distinto del de siempre. Y lo noté más cerrado, casi hermético. Recordé cuando lo explorábamos de chicos: al atravesarlo, se erguía más allá una tapera que siempre nos había atraído, y que para nosotros era un monumento fantasma perdido en la espesura.
La embriagada curiosidad de revivir al niño de adentro me llevó a comprobar el estado de la tapera —si es que todavía resistía en su lugar—. Superé esa cuestión interna, tal vez psicológica, de que el bosque se me estaba haciendo desconocido vaya a saber por qué, y me introduje.
Atravesé por fin la densidad de plantas de bambú, y allá se divisaba, enhiesto, el caserón.
Más de cerca, pude apreciar la galería con techo de chapa rematado por una guarda con flores de lis invertidas. Advertí el paso del tiempo en las desleídas paredes del frente. Las aberturas de las ventanas seguían desnudas y denotaban la lobreguez de adentro.
Entre la maleza del jardín, una planta con sus flores lilas y blancas cautivó mi atención: el jazmín paraguayo, que superaba mi metro ochenta.
Todo se encontraba igual que décadas atrás —el mismo abandono—, salvo aquella planta florecida de jazmín, con esa llamativa lozanía en medio del follaje, que salvaba misteriosamente el aspecto descuidado de todo lo demás. No sé por qué, acaso para revivir un pasado feliz, sentí la necesidad de pasar adentro.
La puerta de entrada, con el picaporte de bronce plagado de una materia verdosa, estaba entreabierta. Al empujarla me enredé la mano en las telarañas, y los goznes chirriaron.
Me deslicé por el pasillo, tratando de no hacer ruido, y me metí en un cuarto que me llamó la atención: por las hendiduras del techo penetraba la luz cenicienta de aquel día de nubes, que iluminaba una parcela punteada: un almácigo.
Alerta, en la tierra removida descubrí un plantín regado.
Un hijito del jazmín paraguayo, pensé.
Entonces me brotó un escalofrío: un bulto se movió detrás, pude advertirlo de soslayo. Quise creer que se trataba de un juego de sombras, pero no podía engañarme: en aquellas malditas ruinas, yo no estaba solo.
Sentí en la nuca un dolor similar al que causarían esos golpes que nos generan conmoción cerebral, o que directamente nos matan.
Por favor, me dije, no quiero morirme justo acá, lejos del mundo.
Al menos, aunque tambaleante, seguía de pie. Me agarré la nuca, agaché la cabeza, y después hice fuerza para abajo con las manos entrelazadas. Al soltar de golpe la nuca me recompuse un poco. Cuando levanté la vista, una vieja —un decrépito cuerpito con joroba, y que me daba las espaldas— paleaba por el lado de la plantita que yo había descubierto. La vieja, trabajando con la pala, me tapaba la plantita. Alcancé a ver, en la penumbra y cerca de una pared, una regadera de chapa.
De a poco, todo se fue nublando, y entré en un profundo sopor. Y después la luz terminó por apagárseme.
Cuando desperté, ya no sentía dolor, pero extrañamente seguía parado mirando hacia el mismo ángulo; la vieja cubría con paladas de tierra un pozo alargado.
En un extremo del pozo, yacían desparramadas flores lilas y blancas.
Me acerqué al pozo, y al mirar por el borde descubrí lo que intuía: ahí estaba yo.
Boca arriba, y con los ojos cerrados, la tierra ya cubría buena parte de mi cuerpo. Pronto mi rostro cadavérico sería sepultado también. Ya sentía como caían los terrones en mi cara. No podía abrir los ojos, y menos mover brazos y piernas. Al igual que un infeliz que pende de una mano por la cornisa, una mínima respiración permitía suspenderme de los sentidos a punto de desfallecer.
Una lluvia mansa se precipitó del cielo. Desde abajo de la tierra, yo oía las gotas; más aún: escuchaba su melodía obsesiva, erosionante. Y sumándose enseguida al tétrico concierto, el agua que se filtraba por las goteras del techo llegó a mojarme la cara ya helada, el cuerpo a punto de morir. No sé qué extraña vitalidad se obstinaba en mantenerme con vida, aunque moribundo. Recordé, al ir saliendo de la ¿amnesia?, el palazo que me encajó la vieja, a traición y sin que nada lo justificase. Y también recordé el sigilo en los pasos de la maldita, vieja hija de mil putas.
Y ahora, por los días, me acerco a las ventanas, y contemplo los bambúes a lo lejos, escucho el alegre canto del jilguero. Y me asqueo del paisaje rural. Hasta el desgraciado relincho de aquel caballo me llega sordo a la tapera. Ya no me ata el tiempo, tal cual yo fantaseaba, pero las ataduras siempre cambian de forma: estoy atrapado acá adentro, las leyes sobrenaturales no permiten que los fantasmas salgan de las casas.
Con rabia observo a esa puta bruja adorar a su jazmín paraguayo, y regarlo, y sonreírle desdentada juntando la pera con la nariz. A veces me arroja flores lilas y blancas sobre mi tumba.
(*) Franco Schiavoni (Chacabuco, 1991). Su obra introduce en un universo barrial, diríamos familiar para el lector, donde emergen elementos extraños que nos hablan de influencias ocultas. En sus ficciones de género fantástico, destacan las atmósferas oníricas y ominosas. Desde 2019 forma parte del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco. Cultiva una prosa ajena a las tendencias de corrección política.
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