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Cultura 16 de agosto de 2026

Entretextos: “Lo más preciado de tu mundo”, un cuento de Ricardo Sosa

El autor mendocino comparte con los lectores de LA CAPITAL un relato particular sobre el futuro, un futuro posible.

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Ricardo Sosa, autor mendocino de este relato.

Por Ricardo Sosa (*)

Será una fiesta inolvidable, Laura. Van a casarse en una espléndida noche de primavera. Vendrán hasta tus parientes del exterior, esos que nunca se acordaban de que existías.

El único inconveniente de la noche será ese traumadito que va a irrumpir borracho. Un papelón. La seguridad lo va a sacar a patadas. Pero antes va a gritar por encima de la música que algún día va a arrebatarte algo. Sujetarás a Mauro para que no vaya a reventarlo a trompadas, es su noche especial, y nadie debería arruinarla. Pronto la música, el alcohol y las risas te harán olvidar de ese desgraciado.
Lo borrarás de tu mundo.

La luna de miel será en Maldivas. Irán en primera clase, porque Mauro estará en su mejor momento económico. Hasta ese momento, nunca habrás volado. Será el primero de tus vuelos por todo el mundo. Las playas, las palmeras, la arena: nunca contemplaste tanta belleza de paisaje. La adoración de los dos será concebida en esa luna de miel, porque a los nueve meses tu solcito abrirá los ojos al mundo. Y otra pincelada de dicha iluminará sus vidas, y las pinceladas se irán encimando como capas de felicidad.

Los días serán un dulce sueño muelle. Pero Mauro es broker, él sabrá que ningún crecimiento puede ser eterno: en todo gráfico de mercado, para que la tendencia sea saludable, debe haber retrocesos leves. Pero esos retrocesos, en sus vidas de ensueño, no llegan. Sigue el amor del primer día, el dinero fluye y son la pareja perfecta. Más que eso: son la envidia de todo el country y de toda la familia. Así que, por las dudas, Mauro empezará a hacer retroceder de prepo ese mercado. Y bien sabrás que lo hará con su nueva secretaria. Lo hará –lo harán– en un par de hoteles. Y, después de esa corrección, las cosas remontarán y el mercado se sostendrá en alza.

En cuánto a vos, te acostumbrarás bien a esa felicidad. Tus problemas económicos serán cosa del pasado, Mauro no te hará faltar nada. Ni pensarás en aquel pobre imbécil, sepultado en esa noche mágica de tu boda.

Tus días serán muy activos: del gym a casa, de ahí a cerámica, de cerámica a tejido, de tejido al spa, y después a tomar el té con esas amigas conchetas del country. Al principio te sentirás una impostora entre ellas, aunque ya tu forma de hablar sea distinta, y te hayas desecho de tu ropa ordinaria y esos perfumes baratos de feria. Pronto notarás que en la cuenta de tu marido hay más dígitos de los que, muy probablemente, tengan los maridos de tus vecinas –todos ellos juntos, conste–, y eso te hará amarlo aún más.

Tu bebé crecerá sanito, sin contratiempos. Tendrá tu nariz respingadita y la melena rubia de su papi. Para su tercer cumpleaños aparentará cinco por su altura y su inteligencia. Notarás que habla bastante fluido y es un prodigio a su corta edad. Fantasearás con tus amigas sobre si será ingeniero, quizás abogado, o un tipo de negocios como su padre, y quizás con ese bocho suyo hasta podría superarlo.

Todo será felicidad hasta que haga acto de presencia la modificación, la corrección, los retrocesos en ese mercado perfecto que para vos y aquel es la vida. Un retroceso abrupto en el gráfico. Cierta metida de pata de Mauro en los negocios empezará a demostrarles que ninguna estructura es estable. Va a caer en malas inversiones, empresas fantasmas que serán solo papel picado. Y se le van a patinar dolorosos millones de dólares, dejando el fondo de inversión al borde de la quiebra. Será un golpe de realidad para él, porque aunque las empresas tengan todo el potencial, y resistan todo tipo de análisis de inversión, en realidad serán un fraude: sellos de goma. Y se lo pasará maldiciendo por años a los estafadores, con el presentimiento de que alguien, alguien muy hábil, le hizo esa jugada para hundirlo, usando su propia ambición como cebo. Nunca descubrirá quién fue.

En el transcurso de esos meses cambiarán de country a otro más barato en las afueras de la ciudad, y tendrás que olvidarte de tus amigas. También caerás en la cuenta de que en el banco de tu marido ya no hay tantos dígitos como antes, porque tuvo que responderles a los socios con su propio capital.

El nene empezará el jardín de tres y hablará más fluido. De a poco se apasionará por los videos de historia y geografía. No podrás seguirle algunas conversaciones porque no sabés mucho, ni siquiera un poquito de cada cosa, pero le dirás que sí a todo. Por amor a ese librito abierto.

Para el cuarto año, Mauro se lo pasará más en la oficina que en casa. Se volverá más esquivo, más antipático. La intimidad será cosa del pasado. Te atormentará sospechar que hay otra, pero también sentirás alivio porque él ya no te parecerá tan atractivo. Por sus ojeras como llantas de neumático, por su panza fofa y llena de pliegues de grasa, por su pérdida de pelo –adiós melena dorada, adiós–, que lo hará lucir diez años más viejo. También te mortificarás al darte cuenta de que tu hijito, aunque sea una luz, tiene un poquito de cara de boludo. Como tu marido. Y antes no lo notabas.

Los días de compras, de spa y los viajes ya no serán tan frecuentes, por falta de dinero, obvio, pero también porque él ya no querrá llevarte a ningún lado. Y todos los días van a ser el mismo día en un patético bucle. Y después de darle vueltas al asunto, terminarás entendiendo que todo el barniz de felicidad de sus vidas se ha descascarado ya, y que lo único que mantiene unida a la relación será tu hijo, como un hilito deshilachado. Él será el último atisbo de los años felices, lo único que les hará brillar los ojos. Un poco.

Y una tarde, precisamente para un aniversario de tu casamiento, volverás de la escuela, maldiciendo como todos los días, que el country quede tan lejos de la ciudad. La ruta estará desierta, solo tu BMW, el sol poniente sobre el campo. Le habrás dado una tablet al boludito para detener un poco su parloteo y que te deje manejar tranquila.

Diez kilómetros antes de llegar a casa, por el retrovisor vas a ver una camioneta negra. Te va a tocar bocina, insistente. Tu hijo va a levantar la vista de la tablet, alarmado, preguntando qué pasa mami. No querrás entrar en pánico. Te detendrás y pondrás las balizas. Con suerte el tipo solo querrá hacer alguna pregunta.

La camioneta se te cruzará delante. Pero el mundo se te teñirá de horror cuando veas que baja un tipo con un pasamontañas. Vas a gritar –más que gritos serán alaridos–, y antes de que reacciones el encapuchado ya estará del lado del acompañante. Los cristales van a llover sobre tu nene, y el tipo te lo va a arrebatar por la ventanilla. Tu intento de agarrarle la piernita va a fallar, porque ni te habrás alcanzado a desprender el cinturón. Horrorizada verás el reflejo del atardecer en el revólver del tipo.
Y vas a implorar misericordia como si yo fuera a recapacitar. Y me voy a quitar el pasamontañas, para que me veas a los ojos.


(*) Ricardo Sosa nació en Real del Padre, Mendoza, en 1994. Es administrador de empresas por formación y escritor por vocación. Formándose en el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco desde finales de 2024, viene profundizando en el oficio de la escritura y la corrección minuciosa. Relatos suyos han sido seleccionados para la Antología Internacional del Premio Itaú (2022) y publicados en la revista FIN (2026).