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Cultura 4 de agosto de 2022

Fragmento de la novela “Damdhalla, el joyel único”

"El Niño" es el título del capítulo I de este fantasy escrito por la marplatense Verónica Rozas.

 

Por Verónica Rozas

Aluxi, como llamaban al pequeño de ojos brillantes, se acercó a uno de los grupos que compartía cuentos y comida. Tomó un trozo de pan de centeno, sin pedir ni agradecer, y huyó, buscando refugio. Estaba solo y hambriento pero aquello no justificaba su actitud. Sabía que sería reprendido.

Comió sin apuro el trozo de pan que se hacía migas entre sus manos y, sin inmutarse, vio llegar a la capitana a su improvisada guarida. Se miraron tranquilos. Aluxi no le temía y ella apenas pretendía disimular la ternura que el pequeño le generaba.

“Sabés que lo que hiciste no es correcto, ¿no?”, disparó la capitana sin apearse del animal que montaba. “Claro que lo sé”, contestó el pequeño endureciendo el gesto pero sin mirar de frente a la mujer. “Vení, vamos a caminar por el sendero de árboles”. Al costado del camino por el que transitaba la expedición se dibujaba un cortejo de árboles que parecía custodiar los movimientos de los caminantes. Era un bosque oscuro de castaños que revelaba una edad sin tiempo, aunque no sin memoria. Guardianes de una antigua era en la que el hombre y su entorno solían reconocerse mutuamente.

“Observa estos árboles. ¿Qué ves en ellos?”, preguntó Briana, tranquila.
Aluxi miraba sin responder. Luego musitó: “Son como nosotros”, dijo finalmente. “Solo que no se mueven”.

“Sí, muy bien. Son como nosotros. Pero fijate que ninguno de ellos está encima del otro o molestando a otro. Cada uno ocupa su lugar. Hay respeto”.

“Sí, puedo ver el respeto. Pero tampoco ninguno le dice a otro lo que tiene que hacer. Cada uno sabe lo que tiene que hacer”.

La mujer sonrió y comprendió el punto del niño. Parecía estar enojado. A Aluxi le molestaban las jerarquías y a veces provocaba sin ser consciente de ello. La capitana ya lo había observado en otras ocasiones. “Cada uno sabe lo que tiene que hacer”, pensó. “Esa es la gran diferencia entre ellos y nosotros. Nosotros todavía no sabemos qué tenemos que hacer, ni siquiera hacia dónde vamos”. Reflexionó brevemente la mujer antes de volver a prestar atención al niño.

El pequeño Aluxi había crecido casi solo. Su madre había fallecido cuando él era apenas un recién nacido; y, si bien las damas de la comarca se encargaron de él, las nuevas épocas de traslado hicieron que estuviera mucho tiempo sin compañía. Sus pocos amigos eran animales y muchas veces no se entendía con los demás niños. No porque no tuviera madre, sino porque tenía otro lenguaje: Tenía otra manera de mirar el mundo.

La capitana pensó que pronto vendrían más niños como él. Pequeños que observarían el mundo de manera diferente y que sí sabrían lo que tiene que hacer cada uno sin que nadie se los diga. Tal vez era una expresión de deseo. No lo sabía. Lo que sí
sabía era que por ahora el niño debía aprender algunas reglas de convivencia.

Continuaron caminando y hablando ocasionalmente. Luego regresaron al campamento.
Hacía ya más de dos soles completos que la caravana había emprendido su viaje. Los hombres y mujeres que recorrían los caminos recordaban con nostalgia sus antiguas moradas. Algunos todavía se preguntaban por qué habían partido.

Para responder a las curiosidades de los caminantes, el anciano Maes habló. El pequeño y la capitana se sumaron al corro alrededor del fuego. Escucharon atentos: “Aquellos eran tiempos difíciles. Los días se hacían cada vez más cortos y los habitantes realizaban sus quehaceres con premura. No había tiempo que perder: El coro de ancianos había hablado.

Las mujeres tejían sus colores rozando los telares con suavidad. En cada caricia renacía una nueva combinación de azules, ocres y rojos intensos. Las telas antes usadas para vestidos, ornamentos y detalles de las casas, ahora serían utilizadas para alforjas, capachos y abrigos. Los hombres preparaban a los animales, y re vestían el ensueño de su familia con música y miradas de preocupación”.

Maes hizo una breve pausa para mirar las caras de la gente querida que lo rodeaba. Los rostros apenas se dibujaban bajo la luz de la lumbre. Tranquilo, con voz pausada prosiguió relatando, como buscando perpetrar cada palabra, cada imagen, en los cerebros de los presentes:

“En los últimos días de aquel tiempo, los atardeceres alimentaban las ceremonias de bienaventuranza y las horas dejaban caer sus mensajes secretos. Cada momento del día enseñaba su ceremonia. Cada hogar respetaba su saludo ancestral. Los quipu de abundancia colgaban en las puertas para protección de los habitantes y cada ciudadela encontraba en un color del día su momento representativo. Se cuidaban entre los habitantes de la misma ciudad. Se debían respeto mutuo, pero episodios cercanos mostraban que los vecinos no supieron respetar y cabía la posibilidad de destruirse unos a otros.

En otro tiempo, después de la última guerra del marfil, los hombres y mujeres habían decidido organizarse en parcelas y cada parcela vecina cuidaba de su cohabitante como parte de una hermandad. Pero esto había cambiado. Ya no se vivía la paz como solía ser. Desde un tiempo a esta parte la convivencia con otras tribus era diferente. Nadie sabía exactamente lo que ocurría pero debían partir: Debían moverse como corrientes marinas que mezclaban sus aguas para dar vida o perecer”.

El anciano ya pensativo, ya casi hablando para sí mismo, apenas presente, agregó: “Una vez que estuvimos todos preparados, comenzó la expedición. Las carretas cargadas con alimentos hicieron sonar sus goznes, los niños con ojos de arcoíris rieron el presente y señalaron el futuro. Un futuro incierto que pronto nos acostumbramos a compartir. “Suelta el tiempo”, repetían los vientos blancos que aún guían nuestra comparsa. “Suelta el tiempo”, se oía susurrar. Los colores, los sonidos nos acompañaron durante parte del trayecto. Pero luego el silencio recuperó la altivez de su trono. Los olores nos despidieron en los aposentos porque allí pertenecían”.

El anciano Maes pronunció las últimas palabras con la mirada perdida en el fuego y así se quedó. Tal vez recordando. Tal vez preguntándose cómo seguiría la historia. Aluxi miró de soslayo a la mujer que estaba a su lado y se recostó en su regazo. En el breve instante de un sueño se quedó dormido. La capitana lo miró con ternura, una vez más, y acarició con suavidad su cabello.

(*) Fragmento de “Damdhalla, el joyel único”.



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