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Cultura 22 de junio de 2022

Historias de Barrio: No la dejes ir, no la dejes ir…

Es la historia de una mascota muy extraña que revolucionó a la familia.

Por Enriqueta Barrio (*)

 

Mi hermano menor era la luz de los ojos de Norita. “Mi hijo varón” decía al presentarlo, y las hermanas la mirábamos con odio y decíamos entre dientes “Si es hijo, es varón”. Ella, por supuesto, no nos prestaba la menor atención y adjudicaba nuestros comentarios a simples escenas de celos entre hermanos. Cuando “El Nene” era pequeño, diez u once años, quiso tener un cachorro y no recuerdo de donde salió un cocker spaniel, precioso, como de La noche de las narices frías, de esos que la gente se detiene en la calle embelesada y eso que todavía no era la Era de las Mascotas.

Ramón (así se llamaba) era simpático y lindo, dos virtudes que hacen más confortable la vida de los perros y de las personas. Pero un día, al abrir alguien la puerta, salió corriendo desaforado y se lanzó a la calle sin mirar y ya imagínense ustedes el resultado.

Marcelino entrando con el cachorro muerto entre sus brazos, llorando desconsolado, era para conmover al más pintado. Después de explicarle el tema del Cielo de los Perritos y esas cosas con las que se consuela a los niños, iniciamos la búsqueda de un reemplazo, siguiendo esa máxima de “Un clavo saca otro clavo”. Estaban de moda los setter irlandeses.

Preciosos, con ojos color miel, eran modelos pelirrojos de andar elegante. Se les cepillaba el pelo que les llegaba hasta el suelo, y eran la envidia de más de una señora. Tenían fama de ser medio pavotes, pero bueno, es lo que suele ocurrir con los demasiado lindos: el entorno los adula demasiado y pierden chispa en pos de la imagen. Qué va a ser, todo no se puede.

En la vidriera de una veterinaria de la calle San Juan, dentro de una jaula, encontramos a Violeta. No era bebé, era cachorrona. El empleado nos dijo que tendría, a lo loco, un año y medio. Toda su fisonomía era la de un setter en desarrollo: la cola larga era como la característica estola de pelo rojizo, solo que bastante más corto, porque, claro, era chiquita. Lo mismo pasaba con todo su cuerpo, era indudablemente una joven pura de esta raza en boga.

La cuestión que Violeta no entró a casa con el pie derecho. Lo primero que hizo fue subirse a la cama de matrimonio de mis viejos y hacer pis, mirándonos gritar con expresión ausente. Cuando se le dio la gana, bajó displicente de la cama y se puso a comer la carne picada que le habíamos preparado como gesto de bienvenida. Al rato empezó a dar vueltas sobre sí misma buscando acomodarse en algún sitio para dormir. Miró el sofá de pana y le pareció una excelente ubicación para apoltronarse a gusto.

Norita entró y pegó un grito “De ninguna manera!!!, bajen YA ese animal del sofá!!!” Hay que tener en cuenta la época, en la que la relación animales-humanos era muy diferente a hoy. Entre la opción perro- sofá de pana, el mueble ganaba la contienda por varios cuerpos. Una frazada vieja doblada en cuatro era lo máximo que podía aspirar un perro en una casa, y así se los trataba, y no se consideraba a eso una crueldad ni por asomo.

Pero Violeta demostró de entrada un carácter obstinado y poco amigo de las imposiciones. Con la misma mirada impasible con la que hizo pis, se negó a bajar del sofá, poniéndose dura como una piedra ante los tironeos y empujones. Ese fue el inicio de una relación tormentosa entre Violeta y Norita. Marcelino, el auténtico dueño de la perra, no le prestó más atención y violó sin culpas el juramento de ser el que limpiara lo que el animal ensuciara mientras aprendía el código de convivencia familiar.

Entonces todas las mañanas eran un drama: Violeta durante la noche desplegaba sus más extraños hábitos y al amanecer Norita se desayunaba pisando el horror, o encontrando las cortinas de voile rasgadas, o viendo en el suelo a uno de sus Lladró más preciados.

Saltábamos de la cama desorbitados ante los gritos de espanto, enojo o pena de Norita, y veíamos desaparecer de la escena del crimen a Violeta con la cola entre las patas y las orejas gachas, lo más sigilosamente posible, ante el revuelo general, a la búsqueda de un lugar más tranquilo para seguir durmiendo. Y así iniciábamos la jornada en la familia casi todos los días de la semana.

No se adecuó, en toda su vida, ni a una de las reglas de convivencia, y terminó ganando por cansancio, inmune a los gritos, las caricias persuasivas, los premios y los golpes con papel de diario enrollado. Pasó el tiempo y nos empezó a llamar la atención que la perra no crecía. Que ese pelo largo hasta el piso, soñado, de los setter, en ella era una cortina rala que apenas excedía el contorno del cuerpo. Su tamaño se mantenía como el día que la retiramos de la veterinaria, aunque habían ya pasado un par de años.

Pero lo más extraño fue cuando quedó preñada sin haber salido nunca de los límites de la casa, y tuvo un solo cachorro, completamente albino, que murió al rato y al que no hubo manera de sacárselo del hocico durante días, hasta que vencida por el hambre y el sueño, lo soltó y pudimos enterrarlo.

Siguió viviendo incólume, sin pegar onda con ninguno de los miembros de la casa, y con sus hábitos intactos. En esa época estábamos con Norita muy aficionadas a las tiradas de cartas y visitábamos tarotistas que tenían “la posta” casi semanalmente. Y una vez una vieja “vidente” le preguntó al pasar “Tiene perro, ¿verdad?”, una de esas preguntas que hacen los adivinos arriesgando, convengamos, muy poco. “Sí…” contestó Norita y ya con su expresión se podía advertir que algo pasaba con el animal.

“Sáquelo ya mismo de su casa”, dijo la pitonisa con una firmeza incuestionable. “Pero es la perra de mi hijo…”, empezó a argumentar Norita con poca convicción. “No importa, sáquelo. No le puedo decir más. Usted, hágame caso, saque a ese perro de su casa”.

“Perra”, dije yo queriendo demostrar que muy bien que digamos no adivinaba, si no podía advertir que no era un perro, pero la suerte de Violeta ya estaba echada. Dándole un halo de misterio, se negó sistemáticamente a explicar sus razones; solo golpeteaba con la uña larga una carta del tarot en la que un tipo está colgado de los pies y negaba con la cabeza, como si viera algo tan poderoso que no lo podía ni llevar a palabras.

La “vidente” había cazado al vuelo que había rollo con la perra y se agarró de eso para justificar nuestras tragedias domésticas de los últimos años, claramente más adjudicables a devaluaciones monstruosas e irresponsabilidades personales, que a la pobre Violeta. Empujándola entre cuatro la subimos a la caja del rastrojero de mi abuelo, porque ella seguía poniéndose dura como la piedra, y partió a vivir a la quinta de unos parientes. Ni se dio vuelta a mirarnos para despedirse y se fue joven como llegó, sin haberle siquiera crecido el pelo.

Al otro día Norita nos despertó, sin embargo, con otro drama en ciernes: el desagote del patio estaba tapado y a la noche había llovido torrencialmente. La casa amaneció inundada. “Para ser que la fuente de nuestras desgracias era Violeta, arrancamos bastante mal la nueva vida, eh… preguntale a la bruja por qué teníamos tapada la rejilla del patio ya que estás” , dijo mi viejo, sonriéndome, con los jeans arremangados y en patas, haciendo olas con el secador de piso, mientras Norita se hacía la desentendida como solo ella sabía hacer.

 

En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora, [email protected]