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Cultura 12 de julio de 2026

Itinerarios de lectura: utilidad de las restricciones

El narrador a veces es omnisciente, lo ve todo, pero en otras ocasiones es un personaje con una mirada limitada y restringida. El cuentista Enrique Anderson Imbert usa las limitaciones de su narrador en un relato donde los ojos son esenciales.

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Enrique Anderson Imbert (1910-2000).

Por Nomi Pendzik

En cualquier novela o cuento, una presencia ineludible relata la historia: el narrador. En muchos textos, el narrador no participa de la historia; en otros, cuenta lo que él mismo vivió, o hechos que presenció, o bien transmite lo que le contaron. Este narrador en primera persona plantea una restricción fundamental: no puede contar más que lo que él sabe o percibe. Sus propias características –conocimientos, capacidad de expresión, visión del mundo, etcétera– determinan los límites de su relato.

En Ojos (los míos, espiando desde el sótano), el magistral cuentista y crítico argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000) constriñe al máximo las limitaciones de su narrador. Ya desde el título mismo intuimos que esa primera persona tiene una visión fragmentaria de lo que va a contar o describir –por eso predominarán en el texto las imágenes auditivas–. En la primera línea se aclara la edad del narrador, y comprendemos que su conocimiento de la vida será también parcial. Esas y otras restricciones son imprescindibles para construir esta historia en la que los ojos son indiscutibles protagonistas.

Vengan conmigo a ver qué descubrimos desde el sótano.


Ojos (los míos, espiando desde el
sótano)

Enrique Anderson Imbert
(Versión abreviada)

Yo tenía quince años. A la hora de la siesta solía bajar al sótano, me encaramaba sobre un banco y me asomaba por el bostezo del tragaluz, al ras de la vereda en la esquina de 12 y 54. El premio a la constancia se me daba cuando una chica subía al tranway. Con los ojos como agujeritos en el suelo yo miraba para arriba y veía la maravilla de unas piernas de seda que al levantarse hacia el estribo se abrían en relámpagos de oscuros misterios.

Esta tarde las rejas las piernas que estaban pegadas a la reja del tragaluz eran de hombre. Me entretuve imaginándome qué se imaginaría Sherlock Holmes si lo único que pudiera observar fueran esos pantalones negros de tela inglesa, bien planchados, polainas gris perla —la última moda en 1925—, relucientes zapatos nuevos y un elegante bastón de carey. No alcancé a rehacer la personalidad completa del hombre porque me distrajo un ciego que desde la acera de enfrente se disponía a lanzarse a la calle. Ácido o fuego le habían comido los ojos, la nariz, la boca, y sólo una oreja parecía servirle, pues con una inclinación de la cabeza la adelantó para oír mejor. Auscultaba peligros, pero en esa calle de la Plata apenas circulaba el tráfico.

Si la cara del ciego, cenicienta y escoriada, me había repugnado, sus andrajos me dieron lástima. El viejo cruzó la calzada, pisó los rieles, tentó con su palo blanco la boca de la alcantarilla —quizá desde allí una rata lo estaba espiando, igual que yo—, subió al cordón de la vereda, avanzó hacia la pared de casa, dejé de verle el torso y en el marco del tragaluz quedaron encuadrados solamente sus pantalones rotosos, al lado de los bien planchados pantalones del que hacía rato estaba allí, inmóvil. Al apoyarse de espaldas contra la pared el ciego debe haber tocado al otro con el brazo, pues oí que se disculpaba en voz lastimera:

—Ah, disculpe. Como uno es ciego…

—No es nada —respondió con fosca voz el de las polainas.

—Un pobre ciego… Aquí donde me ve, he sido sano y trabajador. ¡Las vueltas que tiene la vida! Perdóneme, señor, pero estoy muerto de hambre… ¿No podría darme una limosnita, por el amor de Dios?

La voz del ciego sonaba a andaluza.

Hubo una pausa. Me figuré que el de las polainas debía de estar buscando una moneda. Debió de habérsela dado —probablemente no fue una moneda sino un billete— pues la voz ahora se hizo cantarina:

—¡Gracias, señor, gracias! Que Dios se lo pague. Si de veras no necesitara no lo hubiera molestado, créame. Gracias, señor, gracias…

—Está bien.

Sea que tuviese ganas de hablar o que quisiera ganarse otro favor, el ciego siguió modulando suspiros y trémolos:

—Es triste vivir así. Ciego, solo, sin poder trabajar…

Traté de representarme en la mente la piltrafa de su cara, pero sólo pude visualizar agujeros negros en una cera que estaba se estaba derritiendo. El ciego ese no conservaba ni la forma de las cuencas de sus ojos desaparecidos. Ciego, cieguísimo… La verdad es que allí, quien más quien menos, todos estábamos ciegos.

El ciego —absoluto, total— no veía ni al señor que tenía al lado ni a mí.

El señor estaría viendo al ciego pero, como a mí no me podía ver, venía a ser un ciego relativo y parcial.

Yo, desde mi escondite, no veía la cara del señor y, en cuanto a la cara del ciego —si se podía llamar cara a esa costra achicharrada— la impresión que me había producido fue tan repelente que la dejé fuera de mi recuerdo.

La vista, pues, no tendía entre nosotros ningún puente.

El ciego absoluto, total, oyó que le decían:

—¿Hace mucho que perdió la vista?

—Quince años, señor. Cuando el incendio de los laboratorios Blomberg. No sé si el señor se acuerda, pero fue un incendio famoso…

Yo escuchaba esa conversación del mismo modo que, supongo, escucha un ciego. No pudiéndoles ver los rostros ni los ademanes, el sentido de sus palabras me llegaba con el acompañamiento musical de un dúo entre un oboe y un bajón. Me pareció que el oboe del ciego se había entonado con orgullo, como si la fama del incendio le confiriera celebridad. Yo sabía de ese incendio. Mamá me había contado que la noche en que me dio a luz vio por la ventana, en el cielo, el resplandor del incendio. No me asombró, pues, que el de las polainas hubiera oído hablar de él:

—Sí, sí —dijo—. Ya sé. Una explosión de gas. Los laboratorios ardieron como papel. Una veintena de muertos. Algunos sobrevivieron con horribles quemaduras. Hubo ciegos…

—Lo último que vi —interrumpió el ciego— fue a esos hombres que se atropellaban a los alaridos y entre llamas buscaban la salida. Puertas y ventanas eran pocas para escapar. Espantada de bestias. Unos caían, otros pisoteaban. Recuerdo que uno de los jefes, un doctorcito en Química, iba a escapar por una claraboya y ya tenía la cabeza afuera cuando un obrero lo agarró por las piernas, “¡Déjeme pasar a mí primero!”, gritó, y de un tirón lo arrancó de allí y trepándose sobre su cuerpo y pateándolo para tomar impulso, salió al otro lado. ¡Pse! No le valió de nada porque una nueva explosión le quemó la cara y fue otro de los que quedaron ciegos en ese maldito incendio.

—¡Se lo merecía! —exclamó el de las polainas—. Dios lo castigó. Usar la fuerza bruta a expensas de la vida de un prójimo fue una infamia.

—Quién sabe. Tal vez cualquiera en su lugar hubiera hecho lo mismo.

—Cualquiera, no. Yo, por lo menos, no.

—Seguro usted no, señor, pero ese hombre estaría loco de miedo. Además, era un obrero, mal pagado, explotado por los jefes; y el otro era un jefe.

—Eso no tiene nada que ver. Obreros, jefes: todos son hombres.

Hubo un silencio; y después otra vez la voz del ciego:

—No quiero discutirle, señor. Usted tiene razón. No hay obreros y jefes; solamente hombres. Pero si todos los hombres son iguales tampoco hay un hombre que sea peor que otro. Nadie es siempre moral, nadie es siempre inmoral. En la vida todo se da muy mezclado, señor. Y hay momentos…

—¡Nada! Lo que ese hombre hizo fue una canallada, una canallada injustificable.

—Sí, no discuto. El señor tiene razón en indignarse. Fue una canallada. ¡Los remordimientos que habrá sufrido después!

El ciego se rascó la pantorrilla con la punta de un zapato. ¿No iban a hablar más? Ah, sí: la voz del ciego volvió, ahora con un susurro más andaluz que nunca:

—Oiga, señor. A un limosnero le dan tanto más cuanto más caído está. Usted me ha dado un peso porque soy ciego. Le voy a contar un secreto para que sepa que la ceguera no es toda mi desgracia. Su indignación prueba que usted es una persona decente y comprenderá el horror de mi existencia. Soy ciego, pero un ciego atormentado, señor. La historia esa que le conté se la conté al revés. Ahora la voy a enderezar para que me compadezca más. Desprécieme si quiere, pero compadézcame: yo fui ese obrero.

—Ya sé —el de las polainas dijo ahuecando la voz—. Yo era el jefe y usted fue el que me arrancó de la claraboya y se trepó sobre mí para salvarse.

Vi que las piernas del ciego se apartaban de las del otro: ¡lástima que no vi cómo esa costalada por abajo se traducía allá arriba en su cara quemada!

—¡Dios mío! ¿Usted? ¡Creí que había muerto…! Mire lo que son las cosas… No sé qué decirle…

De pronto el oboe del ciego se levantó airado:

—¡Pero qué caray! Yo me quedé ciego y usted se salvó. Y todo este tiempo usted, que para largárselas de grande me dio un peso, me ha dejado hablar y hablar, burlándose de mí, gozándola al verme ciego…

—Así es. ¡Sufra! —contestó el bajón con una voz que parecía habérsele abierto en una sonrisa de venganza.

Un traqueteo de fierros sobre fierros entró en el silencio y fue haciéndose cada vez más estrepitoso. El tranvía se acercaba, frenó frente a casa. El ciego se quedó pegado a mi tragaluz y el otro se despegó. Ahora, por primera vez, pude verlo de cuerpo entero. Avanzó hacia el tranvía, con el bastón hacia adelante: también era ciego.