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Policiales 28 de agosto de 2026

La historia de horror que comenzó con el crimen de un niño de cuatro años y terminó con dos perpetuas firmes

En septiembre de 2015, una ambulancia llegó a una casa del barrio Las Avenidas porque un niño “no respondía”. Uriel Cisneros tenía cuatro años y estaba al cuidado de Ivana Toledo y Diego Grollino. Hubo una investigación atravesada por rituales umbanda, múltiples acusados y testimonios estremecedores.

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Durante años, el nombre de Uriel Cisneros quedó asociado en Mar del Plata a uno de los crímenes más estremecedores de su historia reciente. Tenía apenas cuatro años cuando murió, el 11 de septiembre de 2015, después de haber permanecido durante meses al cuidado de otras personas y de atravesar, según pudo establecer posteriormente la Justicia, un cuadro de violencia extrema. Casi once años después, la historia judicial llegó a su capítulo final: la Corte Suprema de Justicia de la Nación dejó firmes las condenas a prisión perpetua de Ivana Isabel Toledo y Diego Fernando Grollino, considerados responsables del homicidio del niño.

Todo comenzó aquella tarde de septiembre de 2015, cuando una ambulancia fue convocada hasta una vivienda de Solís al 4700, en el barrio Las Avenidas. Desde allí habían pedido asistencia porque un niño no respondía. Cuando los médicos llegaron encontraron a Uriel muerto y rápidamente advirtieron que no se trataba de una muerte natural. El cuerpo presentaba signos evidentes de violencia y la escena dio paso a una investigación que, con el correr de los días, adquiriría dimensiones cada vez más perturbadoras.

Uriel había quedado bajo el cuidado de Toledo y Grollino. La pareja se había hecho cargo del pequeño y, de acuerdo con lo que posteriormente se reconstruyó en la causa, durante las semanas previas a su muerte el niño había sido sometido a diferentes formas de maltrato. La autopsia reveló múltiples lesiones, cortes y quemaduras, algunas producidas con cigarrillos y otras con líquidos calientes, además de traumatismos de distinta data y signos compatibles con un prolongado cuadro de violencia.

El exámen forense también reveló que tenía heridas compatibles con haber sido “abusado o empalado” que presentaba “politraumatismos en la totalidad de su cuerpo” y “hematomas internos”. El cuerpo de aquel niño de cuatro años terminó convirtiéndose en una de las principales pruebas de una investigación que buscaba explicar cómo había llegado a ese estado y quiénes habían sido responsables.

En ese contexto apareció uno de los elementos que durante años rodeó al caso: el vínculo de la familia Toledo con prácticas de raíz umbanda. Ramona Rosa Toledo, madre de Ivana y conocida como “La Mae Rosa”, era señalada como referente de ceremonias que se realizaban en distintos lugares de Mar del Plata. Durante la investigación surgieron testimonios sobre rituales, sacrificios de animales y otras prácticas, y comenzó a instalarse la hipótesis de que Uriel había sido víctima de torturas durante una ceremonia. Esa línea llevó a los investigadores a avanzar sobre numerosas personas vinculadas con aquel entorno y la causa llegó a tener ocho acusados.

La investigación tuvo así distintos momentos y también distintas hipótesis. Hubo nuevas detenciones, testimonios que modificaron el rumbo del expediente y acusaciones que con el paso del tiempo fueron perdiendo sustento. Cuando finalmente llegó el juicio oral, los jueces tuvieron que separar aquello que podía ser probado de las hipótesis que habían rodeado al caso desde sus comienzos.

El debate se realizó ante el Tribunal Oral en lo Criminal N° 4 de Mar del Plata y comenzó en noviembre de 2018. La fiscalía había solicitado penas de prisión perpetua para cuatro de los acusados y sostenía que el asesinato estaba relacionado con un ritual de magia negra. Sin embargo, después de analizar las pruebas, el tribunal entendió que no había elementos suficientes para afirmar que el homicidio hubiera sido cometido durante una ceremonia umbanda. Esa conclusión no significó que se relativizara la violencia sufrida por Uriel, sino que delimitó la responsabilidad penal de cada uno de los acusados a partir de las pruebas reunidas durante el juicio.

El 21 de noviembre de 2018, los jueces condenaron a Ivana Toledo y Diego Grollino a prisión perpetua como coautores del homicidio doblemente agravado por alevosía y ensañamiento. Para el tribunal, ambos habían tenido responsabilidad directa en la muerte del niño que estaba bajo su cuidado. En cuanto a Romina Hernández, madre de Uriel, recibió una pena de cinco años de prisión por abandono de persona seguido de muerte agravado por el vínculo, quien pidió que Toledo y Grollino el cuidado de su hijo ya que era “hija de Religión” de La Mae. Los restantes acusados fueron absueltos.

La sentencia fue posteriormente revisada por los tribunales superiores bonaerenses y el expediente continuó su recorrido hasta llegar a la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Allí se produjo ahora el último capítulo. Los jueces Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti desestimaron por inadmisible el recurso extraordinario presentado por la defensa de Grollino, mientras que Toledo desistió de la presentación mediante la cual pretendía que el máximo tribunal revisara su condena.

De esa manera, las condenas a prisión perpetua quedaron firmes y se cerró definitivamente el camino judicial para intentar revertirlas. El fallo de la Corte no modificó la reconstrucción realizada durante el juicio ni reabrió las hipótesis que habían rodeado la investigación inicial: confirmó, en los hechos, que la responsabilidad penal de Toledo y Grollino por el asesinato de Uriel había quedado establecida en las instancias anteriores.

La historia de Uriel, sin embargo, excede los expedientes y las sentencias. En septiembre de 2015 era apenas un niño de cuatro años. Había sido dejado al cuidado de una pareja y terminó muriendo después de sufrir un período de violencia que los investigadores y los médicos forenses reconstruyeron a partir de las lesiones que presentaba su pequeño cuerpo. Su muerte generó conmoción, abrió una investigación que durante años estuvo rodeada de hipótesis estremecedoras y llevó a la Justicia a revisar una y otra vez qué había ocurrido en aquella casa del barrio Las Avenidas.

Hoy Uriel tendría 15 años. La misma edad que tienen tantos chicos de Mar del Plata que atraviesan la adolescencia, van a la escuela, salen con amigos y comienzan a imaginar su futuro. Él no llegó a esa etapa. Su historia quedó detenida en aquel septiembre de 2015 y atravesó casi once años de investigación y proceso judicial hasta llegar a una última certeza: Ivana Toledo y Diego Grollino deberán cumplir prisión perpetua por el asesinato del niño que estaba bajo su cuidado.