A mi madre
A mediados de los años setenta mi madre fue elegida entre doscientas aspirantes para viajar a Italia y trabajar como dama de compañía en una familia de millonarios. Este éxito dejaba atrás una serie de derrotas espirituales y materiales a lo largo de su vida. Mi madre había pasado una infancia en el infierno y recién ahora -a sus veintiún años- estaba empezando a confiar en el empuje del mundo. En el momento de su viaje a Italia, trabaja doce horas por día para poder mantenerse. Llega a Ezeiza con una valija liviana, regalo de una amiga. En el avión, y luego en el aeropuerto de Roma, es sinceramente feliz.
Cuando llega a Solofra (un pueblo perdido cuya única virtud es estar cerca de Nápoles) entiende que un año lejos de Mar del plata es demasiado tiempo. Al tercer día llora tanto que los italianos la hacen ver con su médico de cabecera. Mi madre se aferra a lo que ya sabe: mirar hacia adelante, hacer su trabajo. Va a buscar los chicos a la escuela y hasta las seis de la tarde acompaña a la señora de la casa; luego es libre. De a poco se acostumbra al incomprensible dialecto solofrano y a los bambini que se cuelgan como duendes edípicos de su jumper. También se adapta a los lujos. Mi madre ahora gana tanto dinero que no sabe qué hacer para gastarlo. Escribe una carta por día y empieza a comer mortadela como si le hubieran recetado un ansiolítico delicioso.
En casa de los italianos, conoce a un canadiense. Está de paso por Solofra y la seduce. Mi madre acepta por curiosidad o por aburrimiento o por vanidad. Salen. Caminatas cerca del río. Ahora que se vieron un par de veces ella está deslumbrada y le parece que pierde, que no está ganando nada. Supongo que el canadiense hace lo que cualquier viajero con veinte años haría: le pide a mi madre que lo acompañe de vuelta a su tierra, a Canadá. Le dice que lo piense. Tiene dos días. A poco de cumplir con su contrato, mi madre entiende que está enamorada. En el momento que define su futuro, sin embargo, ella decide no viajar a Toronto. Vuelve al país con once quilos de más.
Durante las dos décadas siguientes, esta anécdota fundacional de mi madre regresa bajo distintas formas para cada uno de sus cuatro hijos varones. Por mi parte, elijo contar lo que recuerdo, aunque intuyo que esta no sea la forma más verídica y definitiva de su relato.
Lo cierto es que su anécdota nos lega, para siempre, dos dimensiones épicas: una gesta memorable (Italia) y una advertencia sobre el paraíso perdido (Canadá). A mí siempre me va a interesar la segunda historia: la inconclusa.
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