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Cultura 11 de mayo de 2019

Mori Ponsowy: “Uno escribe desde el misterio, no es algo que se pueda controlar”

En "Okāsan. Diario de viaje de una madre", la poeta y traductora asegura que encontró su voz "más verdadera", más cercana a sus libros de poemas que a sus novelas.

Mori Ponsowy.

En “Okāsan. Diario de viaje de una madre” Mori Ponsowy expone la extrañeza, el abismo y la incertidumbre de un recorrido por las ciudades japonesas en las que una mujer se reencontrará con su único hijo, ya instalado en ese país, para repensarse y reinventar su vínculo con el mundo.

Ponsowy es poeta, traductora y autora de títulos como “Enemigos afuera”, “Los colores de Inmaculada” y “Abundancia”, y en este libro asegura que encontró su voz “más verdadera”, más cercana a sus libros de poemas que a sus novelas.

En esta entrevista con Télam, Ponsowy se refiere al proceso de trabajo del libro editado por Reservoir Books que comenzó con apuntes íntimos durante el viaje y que define como el resultado de una necesidad: “Contar desde la voz de la madre”.

– ¿Cómo fue el proceso de trabajo?

– Empecé a escribir “Okāsan” sin saber que sería un libro. Al principio eran apuntes íntimos acerca del viaje mientras viajaba. Era la primera vez que iba a Japón, a visitar a Mati, mi único hijo, que se había ido a estudiar con una beca. Subí algunos de esos apuntes a Facebook y, cuando regresé, me di cuenta de que quería seguir escribiendo. Que me faltaba contar un montón de cosas y que necesitaba contar no sólo el viaje, sino algo más grande, algo que no cabía en catorce días, ni en catorce apuntes. Okāsan es el resultado de ese trabajo de escritura. De esa necesidad de contar desde la voz de una madre. También por eso el libro se llama “Okāsan”, que quiere decir “madre” en japonés.

– A medida que avanza la lectura vemos no solo a una madre que hace un pasaje de redescubrimiento y revisión del vínculo con su hijo sino que también se repiensa, se reencuentra con su rol como hija.

– Sí. La relación madre-hija suele cambiar y afianzarse mucho cuando tenemos hijos. Pero esa relación también va cambiando a medida que nuestros hijos crecen y nuestras madres van envejeciendo, perdiendo facultades. Es casi una ironía, pero quizás sea una necesidad: nuestros hijos se van haciendo independientes de nosotros, adueñándose del mundo, entrando a la adultez, al mismo tiempo que nuestras madres empiezan a necesitarnos, a convertirse de nuevo en niñas pequeñas, mientras se despiden de la vida. Mi madre murió poco tiempo antes de que yo entregara el manuscrito final de “Okāsan”. Era inevitable que ella tuviera un lugar importante en el libro.

– Hay distintas tipografías a lo largo de los capítulos, que ayudan a construir la idea de movimiento, de viaje, en el que se entretejía y construía el texto pero ¿cómo lo pensaste? ¿En qué soporte escribías durante esos días en Japón?

– Mientras estuve en Japón muchas veces escribí en el celular, de noche, bajo las sábanas, escribí a lápiz en un cuaderno que compré allá. Usé el cuaderno sobre todo en los trenes. Durante las horas de viaje, él aprovechaba para estudiar y yo me ponía a escribir. Las distintas tipografías fueron una idea que tuvieron en la editorial para diferenciar los capítulos que cuentan anécdotas del viaje de aquellos que narran recuerdos de la infancia y adolescencia de Mati, o pensamientos míos no necesariamente relacionados con Japón, ni con el tiempo presente de la narración.

– La narradora asume que no le gusta viajar y explicita su felicidad de regresar y reencontrarse con su mundo cotidiano. En ese marco hay un miedo a perderse y un hijo que incorpora esa posibilidad como parte del viaje al decir “¿qué importa si te perdés?”.

– El miedo a perderse es algo que casi todos los occidentales que visitan Tokio sienten de manera muy intensa. Es una megametrópolis que no se parece en nada a lo que conocemos, llena de gente, en la que nadie habla castellano y casi nadie sabe inglés, en donde los carteles y los mapas están en una caligrafía ilegible para nosotros. Es casi inevitable perderse en Tokio. Paralelamente, la sensación de estar perdidos, de no saber dónde estamos parados ni hacia dónde ir funciona también como metáfora de lo que nos pasa a muchos padres, a muchas madres, cuando los hijos se van de casa y nos vemos, de pronto, con las manos vacías. Reinventarse no siempre es fácil y, a diferencia de una ciudad, no hay ningún mapa que nos ayude a hacerlo.

– En un fragmento, la narradora dice que escribimos desde el misterio, no un lugar al que decidimos ir sino desde uno que nos llama y nos atrae sin que tengamos la menor idea de lo que encontraremos allí ¿Con qué te encontraste a la hora de terminar este libro?

– Es mi sexto libro y donde encontré mi voz más verdadera. Cuando uno está en sus mejores momentos de escritura de alguna manera lo escrito se escribe solo. Por eso decía que uno escribe desde el misterio. No es algo que se pueda controlar porque si controlamos, no sucede. Escribía por la necesidad de contar, de expresar. Por supuesto, en la etapa de corrección todo vuelve a ser control y ahí entra el oficio del escritor. Siento que la voz de “Okāsan” es una voz bastante desnuda, aunque la desnudez total sea difícil de alcanzar. Es una voz más cercana a mis libros de poemas que a mis novelas. Todas las voces de un escritor son suyas, le pertenecen y, en ese sentido, todas son verdaderas. Por otra parte, ser madre de este hijo me cambió la vida de un modo radical y me convirtió en esta que soy. Que esta voz sea más verdadera también tiene que ver con que “Okāsan” no es ficción, sino que narra hechos y sentimientos que tienen que ver con lo más importante que me ha pasado en la vida: ser madre de Matías.