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Cultura 8 de julio de 2019

Se iba un poco más

por María del Mar Rodríguez

“¿Te das cuenta? Volvimos a vivir en los 90”
Y a morir también.

Mi viejo empezó a morir en los 90. Me acuerdo cómo se le iban cayendo las cejas de a poco.

Me acuerdo cuando pasaba pomada en sus zapatos agujereados, y con poesías hechas a máquina de escribir iba a las editoriales.

Le decían: “La poesía no vende”

Y él se iba.
Se iba. Un poco más, y otro poco.

Paseó lugares con sus cuadernos baratos, todos a mano o a máquina, jamás uno en computadora porque para que haya una en casa, me tuvo que llevar puesta un auto una vez, mucho, mucho, después.

Cuando trabajó en el Puerto, se le reían porque era poeta. En las changas que agarró después, se le reían porque era poeta.
Imaginen: hombre, encima pobre, encima poeta, encima los 90.

Y él se iba, un poco más.

Mandaba a concursos, nunca una respuesta, en el barrio hacía cada vez más frío y barro y un vecino que le decía: “Ya no puedo llevar en mi auto a personas comunes”. Entonces se iba caminando, desde Playa Los Lobos hasta Mar Del Plata. Y si no cobraba, volvía.
Caminando.
Pero él se estaba yendo.

Hacía jubilación que no cobraba, hacía mami rascando la olla, mami haciendo magia con lo que tenía, hacía té de cena, leche en polvo con pan, y sus cuadernos empezaban a llenarse de polvo porque él dormía cada día más quizás para callar las voces que le hablaban, las pastillas, su violencia.
Y mi vieja, cada vez más guerrillera.

También escribió poemas al barrio. Quería una caña. Una bici. Ganarse un millón de dólares en el telekino.
Mientras sus poemas se llenaban de tierra y olor a humo de salamandra rota.
Y sus poesías no se escuchaban de su boca porque nadie las escuchaba.
El barrio era silencio y escarchas, cuaderno lleno de cuentas por lo fiado, la del almacén que nos perseguía, los colectiveros que a veces lo subían y a veces no, la vieja que lloraba pero igual salía y reía.

Una vez, hubo un taller de literatura en la Sociedad de Fomento. Al cierre de ese taller, hicieron una antología con escritos de personas de distintos barrios. Al fín, su nombre en un libro, un “existo”.
Su poesía-cortita y eso es raro- estaba debajo de otras personas.
En el índice, los nombres de todxs.
Menos, el suyo.
Y con un lápiz-porque seguro que no tenía lapicera- Puso:
“Y yo”.

No es casualidad que no lo hayan nombrado, de uy, sin querer no pusimos su nombre. No es casualidad ser invisible para el resto cuando te ¿acompaña? la palabra DE SO CU PA DO en cada respuesta.
¿Quién sos?
DE SO CU PA DO.

Hace un tiempo intentaron hacerle crecer el fuego, las personas de Colectivo Crisálida, y ese esfuerzo de que lleve el lápiz al papel a pesar de sus temblores, encendió un rato más su vida.
Pero el ya se había ido un montón.

Esto que escribo no es con la intención de romantizarlo, ni de que pongan “tu papá era” ni un “Q.E.P.D”.
Hablo de mi papá y hablo de miles de poetas invisibles, que aunque nadie alrededor les tiraba llamita, escribían hasta lo que respiraba.

Esto que escribo, es un aviso de venganza: si nos quieren invisibles, nos vamos a vengar con poemas hasta en las sillas donde te sientes.

Y vamos a nombrar, a todxs aquellxs que hacen arte aunque lxs quieran a fuerza de muerte silencio y chapas.
Venganza, porque hoy lo nombro para denunciar. Y porque no es casualidad que empezó a morir en los noventa, y murió en el 2019.
Se fue.

Hace un montón. Cuando dejó de ir a pescar, cuando no fue nunca más al almacén, cuando no se tomó un colectivo solo.

Por eso lo nombro. Porque pueden haber poetas que están empezando a morir ahora, en esta crisis, en este 19.
Y podemos salvarlos poniendo los dos oídos, ojos, manos, lo que sea.