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Cultura 13 de septiembre de 2026

Todo lo demás es silencio: sobre “La suspensión de las certezas”

Sebastián Porrini, Midy Radomskiy y Diego Ortega Servian analizan en “La suspensión de las certezas” el papel de los símbolos, los mitos y los arquetipos en obras literarias y cinematográficas de distintas épocas.

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Midy Radomskiy, Sebastián Porrini y Diego Ortega Servian exploran los vínculos entre literatura, cine y trascendencia.

Por Nomi Pendzik

A fines del año pasado, Sofía Casa Editorial publicó el ensayo “La suspensión de las certezas. Un reporte minoritario del simbolismo en la literatura y el cine”. Sus autores, Sebastián Porrini, Midy Radomskiy y Diego Ortega, son especialistas en literatura y artes audiovisuales. Habían trabajado juntos en “Reporte minoritario”, programa de Vorterix nominado al Premio Martín Fierro 2025. Porrini y Ortega lideran además “La última página”, en Adehtv, canal de YouTube sobre literatura con casi 80 mil suscriptores.

—¿Cómo fue la génesis de este libro?

Diego Ortega: El libro nació de las ideas que circularon en “Reporte Minoritario”, el programa que los tres condujimos en Vorterix entre septiembre de 2024 y diciembre de 2025.

Sebastián Porrini: Nació como un complemento de ese programa, porque había seguidores que nos preguntaban sobre algunos temas que tratábamos. Pensamos en una amalgama entre la literatura y el cine que no fuera una simple comparación entre un libro y su trasposición a la pantalla, sino una explicación desde el uso de los símbolos en un libro y en un filme.

—¿Por qué es un “reporte minoritario”?

Midy Radomskiy: La idea del nombre nace del film de Spielberg, del 2002, basado en el relato de Philip K. Dick. La película tiene como eje la noción de un reporte breve, un caché o borrador, que queda almacenado en uno de los tres robots que muestran reportes de crímenes venideros para evitarlos. Pero muchos son un montaje, y la verdad sobre un crimen que pone en jaque la veracidad de ese sistema “infalible” es ese caché. Nos interesó la idea de que algo revelador se podía hallar en los márgenes, en un espacio pequeño, en tres personas ignotas. Idea que no es nuestra del todo: ya se halla en la tradición, en la figura del grano de mostaza. Nos inspiró como disparador para encarar un programa de análisis de obras de arte: buscar y, en esa misma búsqueda, crear un fragmento perdido de algo verdadero.

S.P.: Incluimos esa característica en el subtítulo, porque el análisis del simbolismo, como lenguaje de la trascendencia, no suele ser un aporte mayoritario en las dimensiones críticas dominantes.

—El libro plantea una visión del arte alejada de lo que hoy se propone como definición de lo artístico (aquella aberración de que es arte si alguien afirma que lo es, o si está dispuesto a pagar como si lo fuera). ¿Cuál es la raíz de esa visión que ustedes presentan?

D.O.: El arte no es subjetivo; esa premisa motivó el libro. No podemos pensarlo fuera de una visión tradicional de su manifestación: la de saberes primordiales que trascienden esa inmanencia tan propia de la visión “moderna”. Una elevación en el terreno tiene más significado estético que una banana pegada a un espejo con cinta adhesiva, pero “vende” mucho más esa intervención que la contemplación frente a lo inefable de nuestra existencia. “Reporte minoritario” buscó siempre eso: ver más allá de lo inmediato, elevar el espíritu a la contemplación del arte como forma de trascendencia y no como suceso comercial o medible económicamente.

S.P.: La raíz de nuestro enfoque es lo opuesto de esa aberración que citás. El arte, que parece ser cualquier cosa exhibida ante un público, tiene para nosotros una importancia mucho mayor: es el lenguaje de lo inefable, de la aspiración de trascendencia que el ser humano posee naturalmente, y una cadena de tradición que relaciona una obra con sus antepasadas. Hay arte en la factura trabajada del artista, y lo hay cuando la obra nos despierta hacia una dimensión más elevada. El simbolismo que trabajamos en este libro no es un capricho personal del autor, sino un lenguaje que lo precede y lo religa a su propia esencia como creador.

M.R.: Mi gran maestro en el análisis artístico, quien me ayudó a descifrar qué era eso que encontraba en el arte y que no explicaba la estética occidental, es Ananda Coomaraswamy. Con Seba y Diego compartimos el interés por su obra. Esa visión –no es nuestra, sólo nos alistamos allí– entiende a la belleza como un tipo de cognición y no sólo como un tipo de placer. Eso no significa que no disfrutemos el arte, todo lo contrario; creemos que uno puede amar más aquello que conoce. Un diálogo constante entre amor y conocimiento, como dos caras de la misma moneda.

—Desde el título advertimos la importancia del símbolo. En la Introducción lo definen así: “El símbolo es vehículo, materia que opera en la supraconsciencia del ser humano para abrir la percepción de una realidad arquetípica, no como un recuerdo de la propia vivencia, sino (…) como un motor que impulsa la herencia mayúscula de la tradición”. ¿Todo arte es simbólico?

M.R.: Sí, entendiendo el símbolo como lenguaje suprarracional. El arte habla un idioma trascendente; por eso es un puente con la trascendencia, como lo definimos en algún programa. A veces esto suena limitante, como si uno quisiera reducir el arte a una oración o concepto. Pero justamente no es conceptual, es todo lo contrario: es expansivo. Se trata de expandir más allá de lo sentimental y/o conceptual/histórico lo que nos pasa con las obras, más allá de cómo repercuten en nosotros. Es un paso más, no anula lo anterior.

El libro nació de "Reporte Minoritario", el programa que el trío llevó a cabo en Vorterix entre 2024 y 2025.

El libro nació de “Reporte Minoritario”, el programa que el trío llevó a cabo en Vorterix entre 2024 y 2025.

S.P.: Y opera en todas las artes, cuando se le permite manifestarse. El empobrecimiento de las artes como mero acto de denuncia, capricho personal o simple moda ha convertido a esa creación maravillosa del ser humano en mercancía. Y el símbolo ha sido reducido, muchas veces, a un recurso de lo inconsciente, a un entramado de angustias y frustraciones personales que no se condicen con su naturaleza superior. Por eso hablamos de suprarracionalidad, una instancia en la que el ser humano intuye un todo que le resulta imposible transmitir si no es con el lenguaje simbólico.

—¿Qué es la vivencia simbólica, y qué importancia tiene en el mundo de hoy, que margina los conceptos de trascendencia y de tradición?

D.O.: Este mundo necesita recuperar una visión simbólica porque se ha vuelto demasiado “artificial”, lejos del artificio propio de la literatura. Hoy se puede fabricar una canción, una película, o lo que es peor, una obra literaria. Pero nada de lo que se fabrique artificialmente tiene la densidad de una obra de arte que surge de las operaciones trascendentes de lo simbólico, simple y llanamente porque no se puede fabricar dicha manifestación. El arte y su valor trascendente suceden en una instancia que no es imitable, a Dios gracias.

S.P.: Lo interesante es que el símbolo no ha desaparecido: a pesar de la actitud negativa hacia él, opera cuando el artista menos lo calcula. Está en nuestra propia naturaleza, es una necesidad de aquello que nos trasciende. El autor puede ser agnóstico, ateo incluso, pero lo simbólico se cuela en su obra más allá de su voluntad racional. En nuestro libro citamos creadores de reconocido rechazo a toda fe religiosa, pero los símbolos que aparecen en sus obras están allí más allá de su convicción personal. Por eso elegimos artistas actuales, y no el camino fácil del simbolismo de la Antigüedad o la Edad Media.

M.R.: El símbolo nos saca de la literalidad. Tradicionalmente era preciso que las artes fueran susceptibles de una transposición que les diera un valor mistérico real; y eso lo hace posible la naturaleza misma del conocimiento, siempre relacionado en lo esencial con los principios trascendentes. Por eso insistimos en que no se trata de algo sobreañadido, sino de aquello que constituye la esencia profunda de las cosas. El arte es la moneda que nos queda, porque esa idea de que lo simbólico amplía la profundidad del mundo quedó muy atrás, y vivimos en una literalidad brutal. El arte aún permite poner en jaque esas literalidades y sigue operando en quien lo ve.

—En el libro analizan desde superclásicos, como “Edipo Rey”, hasta novelas de jóvenes autores hispanoamericanos, como “La ley primera”, de Cristian Acevedo, pasando por “Christine”, de Stephen King, o “Niños del hombre”, de Alfonso Cuarón. ¿Por qué eligieron literatura y cine para ejemplificar la aparición de símbolos tradicionales?

D.O.: La elección de las obras que conforman el corpus tuvo como centro demostrar que la teoría del símbolo en el arte no se agota en los clásicos, sino que sigue operando en el arte del último siglo. Hay algunas trampas necesarias, sobre todo en literatura, pero la idea general era proponer obras actuales que emplearan esa dimensión simbólica a la que hacemos referencia en la Introducción. Mi formación es literaria y el cine llegó por vías segundas; me resulta menos sencillo analizarlo desde ese lugar. Sin embargo, las lecturas de Midy demuestran que en el cine se mantiene latente una forma de pensar el arte que continúa aquello que la literatura viene expresando desde su propio origen.

M.R.: Siempre nuestra intención fue ampliar la lectura de las obras artísticas. Creo que el del arte con la trascendencia es un diálogo constante y, según la época, varían las instancias en las que es más prudente hablar de uno para mencionar al otro. Hoy hay cierta confusión en muchos términos y se usan las palabras muy a la ligera, por lo que las obras nos parecen una puerta poderosa para profundizar la mirada de lo que nos rodea. Y elegimos obras contemporáneas para hacer hincapié en que esto no es algo obsoleto, porque no tiene que ver con cronología histórica.

—En “La suspensión de las certezas” hablan reiteradamente de “mitologemas”. ¿Podrían explicarnos qué son?

S.P.: Mitologema es un término acuñado por Karl Kerényi, importante estudioso de los mitos, que señala ciertos símbolos reiterados como pautas de un tópico reconocible. Un mitologema es el de la herida, que puede observarse en la historia de Odiseo, en el Rey Amfortas del Parsifal, en la cicatriz de un héroe del cine actual. En la obra de arte, el mitologema conecta esa obra con la tradición –porque no es un invento momentáneo, sino atemporal– y la reactualiza dentro de la trama en que se encuentra.

—Uno de los arquetipos que analizan es el del héroe como “un arquetipo que refleja en sí mismo lo mejor de la comunidad…, el espejo del valor humano exaltado hacia la gloria posterior a la vida”. ¿Cuál es el concepto de lo heroico ahora? ¿Responde al arquetipo tradicional?

S.P.: El héroe es el ser humano más menospreciado en la actualidad, aunque en lo íntimo todos seamos sus admiradores. Lo es porque nuestra sociedad sólo cree en el éxito material, y el héroe es lo contrario: entrega todo por nada, se sacrifica sin recibir el premio ni ver la victoria final. La sociedad posmoderna –la moderna también lo había sido– es absolutamente antiheroica. Pero en lo más profundo del ser humano está la admiración íntima por esa entrega desmesurada y ejemplar que hace el héroe.


“Este mundo necesita recuperar una visión simbólica porque se ha vuelto demasiado ‘artificial’, lejos del artificio propio de la literatura”.


M.R.: Creo que la respuesta más acertada es muy cameroneana: desde Terminator hasta la última Avatar, lo heroico hoy tiene que ver con la humanización. El problema no es el mecanicismo exterior o el avance de las máquinas, sino la mecanización interna de lo humano. Y no hay nada más humano que el conocimiento, aunque se quiera hacer creer que si uno se forma es una suerte de androide de biblioteca. Nada nos acerca más a la esencia de lo que somos, aunque es una búsqueda incómoda y hoy tenemos demasiadas comodidades. El arquetipo será siempre aquel que, sólo por fe en la humanidad, insiste en esa búsqueda para brindar un conocimiento liberador a todo el resto, sin nada a cambio.

—¿Y la mujer puede ser también una figura heroica?

M.R.: Claro, cualquiera puede encarnar esa figura: desde Lisístrata de Aristófanes hasta la protagonista de Misántropo de Szifrón.
S.P.: No es cuestión de a qué sexo se pertenezca: Antígona, Simone Weil, Sarah Connor son buenos ejemplos de la heroicidad femenina.

—Muy interesante el tratamiento del tema de las máscaras, partiendo del teatro griego y analizando obras muy diferentes: “Ceremonia secreta”, de Marco Denevi, y la saga “Scream”, de Wes Craven. Las máscaras son moneda corriente en las redes sociales: un influencer que se presenta diferente de cómo es en su vida real usa una máscara, igual que los llamados therians. ¿Utilizan símbolos, sin saberlo? ¿Funciona igual el símbolo, aunque no se lo reconozca como tal?

S.P.: Aunque no lo sepa, esa persona utiliza una máscara. El problema es para qué lo hace. Una máscara ritual —como la que se usaba en el teatro, o la que construye el actor actualmente— define una forma de ser ante el mundo, aunque sea circunstancial o delimitada por la trama teatral. Seré incorrecto, cuándo no: la moda actual de los enmascarados es producto del tedio, del aburrimiento o del propio vacío existencial, un juguete de personas bien alimentadas.

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D.O.: Los griegos entendieron bien el uso simbólico de las máscaras en la tragedia. Poe, en “La máscara de la Muerte Roja”, demostró el revés de esa función. La máscara es el ejemplo claro de un elemento que puede ser vehículo de trascendencia y también su vaciamiento absurdo y fetichista. Sobran ejemplos de su uso falso: “La casa de papel” y su exposición hiperinflacionaria del simulacro, “El juego del calamar” y su vaciamiento de la trascendencia. El símbolo funciona si opera de manera suprarracional; si no, es pura pose y vacío. Concuerdo con Sebastián respecto de los therians, porque al final del día no es que ellos crean que son “bestias”, sino que saben que están actuando como tales: no hay dimensión simbólica. Los antiguos guerreros vikingos conocidos como berserkir vestían la piel de un oso o de un lobo para entrar en batalla, acicateados por el furor que eso conlleva. La diferencia es que esos guerreros eran poseídos por algo irracional, inefable, que los convertía en osos o en lobos, y no en hombres que se “disfrazaban”.

M.R.: Es uno de los grandes principios del terror: cuidado con lo que jugás, porque tal vez no conocés su naturaleza y la despertás de la peor forma. El símbolo, para ser tal, debe tener un elemento sagrado y más alto: siempre va a regirnos, y no al contrario. No es algo que uno maneje del todo. Y justamente por eso, no necesariamente por imitarlos estamos creando un símbolo, o está operando uno.

—En el libro dicen del mito del eterno retorno: “Para el hombre arcaico, hubo un tiempo mítico en el que todo sucedió por primera vez y se sacralizó en su esencia como origen y fundamento. A partir de esta primera existencia, todo aquello que sucediera después de ese tiempo mítico no sería más que una repetición del primer origen”. ¿Repetimos hoy algo del primer origen, algo que nos religue al tiempo mítico?

D.O.: Dios quiera que sí, que en algún momento sepamos reconocer en la dimensión simbólica de nuestra existencia un regreso al tiempo de las primeras cosas. Si el arte no nos permite religar nuestra experiencia inmediata con el primer erizamiento, no está cumpliendo su función. Eliade lo expresa con claridad: repetición del primer origen. Borges lo entendió muy bien en ese cuento tan breve que es “La trama”: no importan el modo ni el tiempo, importa que algo que sucede una vez se repite sin tregua en la eternidad. Y si eso que se repite nos permite entender que somos contingentes y que hay algo más allá de nuestra comprensión, bienvenido sea.

 


“El arte es el lenguaje de lo inefable, de la aspiración de trascendencia que el ser humano posee naturalmente”.


M.R.: Siempre está en nosotros; es un recuerdo. Se intenta recordar cada vez menos, en términos cronológicos incluso; se tiende a demonizar el pasado histórico de las cosas y de cada uno. Más aún un “pasado” mítico que en realidad está fuera del tiempo: un recuerdo de algo que funciona en el presente, y es un ejercicio diario.

S.P.: Y cuando estamos ante nosotros mismos, en la soledad de la reflexión —un momento que el tiempo actual nos niega cada vez más— nos vemos de otra manera. Lo que nos dijo Sófocles, o un filme de Brian De Palma, nos remiten al origen. Esa es la operación simbólica en acto, por excelencia.

—Sobre el título del libro: ¿vivimos en un mundo de certezas? ¿Qué o quién nos da esas certezas?

D.O.: Conforme avance la IA, será cada vez más pertinente trocar certezas por algoritmo: el conjunto de gustos, productos, ideas que creemos elegir sin saber que son el resultado de una ingeniería mucho más oscura. Hoy la certeza es sinónimo de abolición de la dimensión de trascendencia superior, que sí mantienen viva las sociedades tradicionales.

—¿Entonces hay que prescindir de las certezas?

M.R.: De falsas certezas, diría, en línea con la película de Spielberg. Hay algo, en haber alcanzado ciertas comodidades, que nos da la idea de tener todo resuelto, como humanidad. Y volviendo a “Reporte minoritario”, hay muchas cosas que creemos ciertas y son pantallas. Creo que suspender las certezas tiene que ver con ese caché minoritario donde aparece la posibilidad de algo misterioso que cambie las cosas. Suelo pensar que la puerta a la trascendencia tiene más que ver con no creer que con creer; no creer que este mundo carece de trascendencia, misterio, razones; que todo tiene una capa más. Y la forma de excavar es adentrarse en la posibilidad de suspender la certeza de que todo es lo que veo; ahí aparece el arte como un gran aliado, como enseñó Dante y como expresó Pinkler en nuestro episodio dedicado a la Luz: mediante la Belleza y la parte más alta de la emoción se puede llegar a un conocimiento que no es sólo “libresco”. El arte hoy tal vez sea el último espacio donde podemos tirar de un hilo que nos revele algo más.

D.O.: “Crede ut intelligas”, afirmaba San Agustín: “cree para comprender”.

—Creo porque entiendo, y entiendo por creo.

S.P.: Aunque comprender no tiene la fuerza de “inteligir”. La fe es la certeza de que la razón pura no alcanza para la completa intelección de la Verdad. Todo lo demás es silencio.