Un cadáver atado, un cuerpo silenciado y las huellas de un crimen complejo
De su paso por los bosques de Palermo a la marginalidad en Mar del Plata. Los investigadores reconstruyen los últimos días de la víctima mientras la ciencia médica busca precisión entre el deterioro del tiempo y la acción humana.
Por Fernando del Rio
El tormentoso recorrido de Jésica Chávez (40) por la vida acabó dentro de una bolsa sumergida en un zanjón rural de Vivoratá. Quien la asesinó, indolente y sin escrúpulos, la sorprendió dentro de su mundo marginal de excesos y vulnerabilidades, ese mundo que hoy los investigadores intentan descifrar, enfrentándose a silencios de vergüenzas propias más que de complicidades.
A dos semanas del hallazgo del cadáver y a un mes del día en que se estima que ocurrió el crimen, el fiscal Ramiro Anchou consiguió algunos avances significativos, en particular en lo concerniente a saber quién era la víctima, cuál era su historia, sus relaciones y los lugares por donde solía moverse. Es un progreso importante que puede no parecerlo si no se tiene en cuenta el desolador panorama inicial de un cadáver incompleto, en un estado de descomposición “inusual” y arrojado en un lugar alejado, remoto.
La complejidad del caso asoma con firmeza cuando se agrega que fueron insuficientes dos autopsias para confirmar cómo fue el asesinato. Porque de lo que no hay dudas, más por contexto que por ciencia forense, es que a Chávez la mataron y que luego la “descartaron” con el claro propósito de que nadie la encuentre jamás. El hallazgo de una soga anudada a los tobillos reveló una mecánica de sometimiento y algunas peculiaridades en el cuerpo suponen una muerte traumática. Sin embargo, la ciencia no puede (probablemente no podrá) determinar de forma fehaciente la lesión que la causó.

Imagen tomada por la policía en una de las detenciones de Chávez.
Los especialistas hicieron un gran esfuerzo por recuperar el pulpejo dactilar de tres dedos de la mano que permanecía dentro de la bolsa. La otra había salido por un orificio y había sufrido el deterioro por el ambiente y la fauna. Por eso lo primero que se intentó fue extraer huellas y al hacerlo se las pasó por el AFIS. Entonces se supo que se trataba de Chávez, que tenía algunos antecedentes y que era trabajadora sexual. Esto responde a la “investigación de la víctima” que, ante la falta total de datos (por si hiciera falta decirlo una vez más), es lo más efectivo que un grupo de detectives judiciales o policiales tiene a mano para comenzar rápido a entender el escenario de un crimen. Y gracias a ese dato, el fiscal Anchou empezó a conocer mucho más.
Chávez era oriunda del Conurbano, pero se había trasladado a Mar del Plata en épocas de pandemia de Covid. Adoptada por una familia de San Justo, su vida estuvo siempre relacionada con el mundo del servicio sexual y, según cuenta su amiga Virginia a LA CAPITAL, “era la única mujer cis a la que le permitíamos trabajar en los bosques de Palermo”.
Virginia vive en el sur del Conurbano y trabaja para un municipio en la Dirección de Género. Recuerda a Jésica por el tiempo que ambas coincidieron en Buenos Aires, donde se hicieron muy amigas. “Años atrás vivimos juntas en el hotel Gondolín, el de la Tía Zoe, también salteña como yo. A Zoe la asesinó su pareja y luchamos porque su caso tuviera Justicia. Ahora intentaré a la distancia hacer lo mismo por Jésica”, comenta y agrega un detalle: “la tienen que haber agarrado entre más de uno, porque Jesi era brava, no se iba a dejar así nomás”.
Un gran enigma
El camino agrario a la vera del cual se encuentra el zanjón cambió hace algunos años su paisaje. A la llanura sembrada que lo rodea le brotaron unos gigantescos y blancos molinos para la generación de energía eólica. Antes ese camino de grava conducía únicamente a la estancia Chara Huinca; ahora es parte de todo el sistema del Parque Eólico Vivoratá. Acaso por las obras de hace algunos años o por la misma naturaleza, se formaron grandes cunetas que se anegan con facilidad. Hasta allí, tras manejar 42 kilómetros desde Mar del Plata, se dirigió quien mató a Jésica para tirar el cadáver.
Los cálculos fijan la muerte de Jésica a mediados de julio, cerca de 15 días antes del hallazgo. Por ese tiempo transcurrido y por los agentes modificadores como la humedad, la fauna, el nailon y la violencia ejercida sobre él, el cuerpo presentaba un estado desafiante para los forenses. Esa fue la razón para que el fiscal pidiera una re autopsia y reuniera a un grupo de especialistas. Trabajaron sobre el cadáver los doctores Adolfo Peñeñori (Cuerpo Médico de Policía Científica), Martín Ferreyro (perito de la Procuración,) Ximena Vázquez y Jorge Sarpero (Asesoría Pericial Departamental SCJBA) y los entomólogos Sebastián Lupo y Luciano Peralta, del Museo de Ciencias Naturales Lorenzo Scaglia.
Lo que vieron fue un caso muy extraño. El cadáver tenía un patrón asimétrico de descomposición desigual entre la cara dorsal (espalda, nuca, piernas, glúteos) y la ventral (rostro, tórax, abdomen, zona genital, piernas). Pero lo que habría llamado más la atención fue la falta de órganos, sin que se pudiera descartar ninguna hipótesis. Es que la degradación era tal que no fue posible dar conclusiones definitivas o diferenciar entre qué hizo la mano humana-homicida o la naturaleza.

Zona en donde apareció la bolsa con el cuerpo de Chávez.
“La causa de muerte no puede ser determinada en forma fehaciente en virtud del estado cadavérico pudiendo inferir los peritos que de acuerdo a las circunstancias en las que se encontró el cuerpo hacen sospechar que se correspondería con una muerte traumática con la necesaria participación de terceras personas, ad referéndum de pericias complementarias solicitadas, entre ellas histopatológicas, plancton…”, explica el fiscal Anchou.
Esas circunstancias a las que hace referencia son obvias, pero también incluyen el detalle de los pies atados con una soga. Eso puede responder a una maniobra para facilitar el transporte, aunque se ajustaría más a una acción de dominio o sometimiento.
“A Jesi le decíamos La Mole o La Conchi, porque era terrible. Ella si tenía que pelear, se peleaba. Si tenía que protegernos, nos protegía ella como mujer cis a nosotras como mujer trans. Por eso o la drogaron o la agarraron entre más de uno”, arriesga Virginia.
En la reconstrucción de la vida de Jésica en Mar del Plata se determinó que concurría a algunas paradas como la de Chacabuco y Champagnat. El fiscal Anchou y la DDI Mar del Plata ordenaron la toma de testimoniales a mujeres cis y mujeres trans de habitual presencia allí, pero también abrieron el espectro hacia la zona de La Perla y el Puerto. Así se pudieron conocer más precisiones sobre Jésica.
Se supo entonces que vivía hasta hace algún tiempo en una casa alquilada de calle Zeballos, cerca del Parque Camet, y que había tenido por pareja a una mujer trans. En la última semana esa mujer fue localizada y declaró ante el fiscal.
El consumo de drogas, la noche en su estado más marginal, la afición a las prácticas umbandas y la violencia derivada de la vulnerabilidad son elementos que definen el universo de los últimos años de Jésica Mariela Chávez. Lo definen y lo complejizan. Y en uno de esos ámbitos se filtró la o las personas que la asesinaron.
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