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Cultura 13 de septiembre de 2026

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 81. Intermezzo VII, o Para no odiarte, parodiarte

Capítulo 81 de la columna de Marcelo di Marco.

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James Joyce. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco (*)

—Antes de explicarte lo del meadero, mi querido Pukkitas, te pido que me bajes un poco tus fogosos decibeles. A lo largo de mi carrera me han dicho de todo, y siempre por detrás. Pero jamás me endilgaron el calificativo de “pedazo de bestia lasciva”.

—Y yo le pido, mi querido Tiíto, que no se me venga a hacer el indignado, porque le recuerdo que el primero en tirar semejante bardo fue usted, y fue en el capítulo anterior.

—¡Fue en el capítulo anterior y también fue en broma, maniquí de sastrería! Siempre es en broma cuando te salgo con mis ya tradicionales y cariñosos “insultos”, y vos lo sabés muy bien. De todos modos, debemos conservar la línea, porque a veces los chistes y las bromas pueden salir bastante mal. ¿No leíste a Osvaldo Lamborghini?

—Ni idea, Máster, aunque me suena a marca de auto. ¿Puede ser?

—Fumate de él uno de sus más crudos cuentos: La causa justa. Para Lamborghini, Argentina es La Llanura de los Chistes, un país con rango de sátira. “En este país llanura, chistes terminan con muertos”, dice por boca del señor Tokuro, creando una durísima metáfora de la identidad argentina. Vas a ver el uso que hace de la agudeza y del sarcasmo, cómo desmonta los mecanismos que esconden la profunda crueldad, la decadencia y la violencia política estructural que venimos padeciendo. Aunque pensándolo bien, en realidad no sólo nuestro sufrido país se está pareciendo a una sátira, sino el mundo mismo. Y obviamente el arte contemporáneo, como lo venimos demostrando, no podía mantenerse ajeno a ese espíritu de disolución. Nos estamos convirtiendo en nuestra propia parodia. Otra que Los Simpson.

—¿Parodia y sátira son lo mismo?

—¿Vos viste alguna peli de la saga Scary Movie?

—Un par, pero…

—Bueno, ahí tenés un buen ejemplo de parodia. En este caso, parodia de los lugares comunes del cine de terror. Y lo mismo había hecho cuatrocientos años atrás Cervantes en el Quijote con las novelas de caballería, por ponerte un ejemplo, aunque Cervantes, obviamente, fue mucho más que un parodista. El tono de la parodia combina los tics propios de lo que está parodiando, siempre manteniendo bien al frente la burla, ya sea con cariño (tipo “homenaje” o “tributo”) o sin él. Y exagerando todo, por supuesto, hasta llegar al punto máximo. ¿Sabías que hubo un señor llamado James Joyce que hace un siglo se mandó una parodia monumental, nada menos que de La Odisea?

—Totalmente, Máster. ¿Se acuerda de que en los primeros capítulos soñé que yo concurría a un virtual y estúpido seminario sobre él?

—Me acuerdo, Pukkas. Pero nunca te hablé con cierto desarrollo de su gran novela, Ulises, que revolucionó la historia de la literatura universal. Me animaría a decirte que el tan mentado “boom latinoamericano”, como así toda la literatura experimental de cualquier latitud, tiene en Joyce su raíz.

—¿Tan genial era, Máster?

—Absolutamente genial. A mis veinte o veintidós años yo estaba obnubilado por este gigante, al punto de llegar a dar dos cursos introductorios para que nadie se quedara afuera de esta lectura esencial. Para darte una idea, Ernesto Sabato llegó a decir en su novela Abaddón el exterminador, fungiendo como personaje de su propia creación igual que estoy haciéndolo yo en este momento, que Joyce había fabricado el jet, y los escritores posteriores únicamente introdujeron modificaciones en los gorritos de las azafatas.

—Esa comparación de Sabato es tan buena que yo, sin haber leído Ulises, ya me voy haciendo una idea de cómo vendría a ser. Me la imagino a esta novela plagada de cosas raras que hasta ese momento no se habían hecho. ¿Digo bien?

—¡Claro que sí! Y encima reformuló esas “cosas raras” que vos decís y las proyectó a un nuevo nivel. El famoso monólogo interior, por ejemplo, ya había sido inventado, pero él lo llevó a su culminación. Si vamos al caso, romper la cuarta pared como la estoy rompiendo yo ahora no hubiera sido posible sin los inventos de Joyce, monstruo solitario que, además, se dio el lujo de escribir ignorando los “ismos” que agrupaban a sus contemporáneos.

—¿A qué istmos se refiere, Tío? ¿Al istmo de Panamá? ¿Al istmo de Corinto?

—¡“Ismos” dije, so tómbolo! ¡Ismos! Hablo del surrealismo, del futurismo, del dadaísmo, del expresionismo. Mientras todos ellos se lo pasaban cagándose a trompadas en medio de una Europa desangrada por la Gran Guerra, para ver quién de todos era el Rey de Reyes de la Experimentación Rupturista Literaria y Todas sus Pompas, James Joyce iba mudándose de departamento alquilado en departamento alquilado, con un mapa de su odiada y amada Dublín a cuestas, armando el jet supersónico más descomunal de la historia.

—O sea, el tipo se cortaba solo.

—Como quieras decirlo. Pero lo cierto es que jamás firmó ningún manifiesto ni adhirió a las proclamas de las vanguardias de su época. Pienso que no lo hizo porque siempre fue conciente de una gran verdad: la verdadera vanguardia era él. Y ojo, que a su vez estaba subido a espaldas de otros gigantes.

—Me imagino. Una obra así no sale de la nada.

—Tal cual, Pukkitas. Joyce jamás hubiera sido Joyce sin el Gargantúa de Rabelais, ni el ya mencionado Quijote ni el Tristram Shandy de Sterne. Y además no olvidemos que se basó episodio por episodio nada menos que en Homero, otro coloso colosal. Mirá la idea clave de la que partió este genio para ponerle cimientos a su tremebunda parodia: ¿acaso la jornada cotidiana de un hombre común que vuelve a su casa no encierra el mismo peso, drama y heroísmo metafísico que la navegación de diez años de un rey de la antigüedad? Ojalá que vos y nuestros lectores, escuchándome, se hagan un tiempo para dedicarse a la lectura del Ulises, porque tomando la leche al pie de la vaca y al margen de toda la ensayística pertinente podrán darse cuenta de qué fue lo que sucedió en el siglo XX, literariamente hablando.
—Lo que sí me doy cuenta, Máster, es de que usted no es ningún enemigo de lo nuevo.
—¿Y qué duda te cabía, belinún? Yo soy enemigo de los chantas, no de los artistas de verdad. Si debo aclarártelo, sabé que este dinosaurio tradicionalista está enrolado históricamente en una de las corrientes de vanguardia más potentes de fines del siglo XX. Mi pasaporte legítimo a la vanguardia argentina fue mi participación en “Xul. Signo viejo y nuevo”, la mítica revista dirigida por Jorge Santiago Perednik. Haber publicado ahí, haber compartido páginas con Néstor Perlongher, Roberto Ferro y el propio Perednik, me posiciona en el epicentro de la poesía experimental y neobarroca argentina de los años 80, tomá mate. Aunque en las últimas décadas haya rumbeado para otras zonas de la literatura, mi origen fue ese.

»Volviendo a la parodia y hablando de Los Simpson, vos mismo podés poner un buen ejemplo de caricato artístico si recordás a Edgar Allan Poe. Sobrevuela cierto episodio de esa serie un niño terrible que se convirtió en un… ¿En un qué? En un cuer… En un cuer…

—¡En un cuervo, claro! Me acuerdo del especial de Halloween, con Bart convertido en cuervo, y Homero en el amante trágico que perdió a Marge.

—Nunca nadie hizo más que el equipazo de Matt Groening en cuanto a difundir la obra de Poe se refiere. Se calcula que no hay nadie, por poco lector que sea, que no haya tomado contacto —aunque indirecto y remoto— con este otro genio. Incluso los desdichados que, en el páramo de las ideas en que se ha convertido el “espacio escuela”, se jactan de su propia ignorancia, seguramente han visto en cine o televisión más de una película o programa inspirado en Poe, sin siquiera conocer el nombre de este autor formidable.

—Es cierto, Máster.

—Y respecto del episodio de Los Simpson, valga una tragicómica anécdota vivida por Nomi como profesora de Literatura. De vez en vez evoca su alegría cuando, al hablarles a sus alumnos del poema El cuervo, notó en ellos una insólita corriente de atención: ¡todos sabían de la existencia de esa poesía genial, tal vez la más bella composición poética de la lengua inglesa! Maravillada ante el milagro, averiguó la verdad, que la llevó directo a ese especial de Halloween. Pero, bueno: en la Argentina de hoy, en la que de acuerdo con el más reciente Informe PISA estamos en los puestos más vergonzosos en cuanto a educación se refiere, algo es algo.

—Por lo menos a mí me queda claro qué es la parodia.

—¿Pero por qué usted dijo al principio del capítulo que nos estamos convirtiendo en nuestra propia parodia? ¿De quiénes habla, Tío? ¿De usted y de mí? Y no se me olvide de que también quedó pendiente lo del meadero, eh, asunto que debe de venir muy jugoso.


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.