El combustible de un asesinato a traición: la última mañana de Enrique Michelón
En febrero de 1933, mientras la crisis económica golpeaba al país y Mar del Plata atravesaba su transformación, un joven empleado descubrió que el sereno de un garaje robaba nafta. La amenaza de denunciarlo desencadenó un homicidio a sangre fría y una fuga que terminó en las vías del ferrocarril.
Imagen creada con IA.
Por Germán Ronchi
En los años ´30, Mar del Plata era una ciudad en plena transformación. Los veranos atraían a miles de turistas de la alta sociedad porteña, mientras fuera del circuito costero la vida transcurría con otro ritmo.
Muchas calles permanecían sin pavimentar, los carros tirados por caballos convivían con los primeros automóviles y el ferrocarril seguía siendo el gran vínculo con Buenos Aires.
Argentina, además, atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. La crisis económica mundial iniciada tras el crack de Wall Street en 1929 había golpeado con fuerza al país. El desempleo crecía, los salarios perdían poder adquisitivo y conseguir un trabajo estable era un privilegio. En ese contexto, productos como la nafta tenían un valor estratégico para talleres, garajes y transportistas.
Fue en ese escenario donde comenzó una historia que terminaría en tragedia.
Era febrero de 1933, en plena década infame, un período signado por el fraude electoral, la crisis económica y una profunda desigualdad social que también se hacía sentir en Mar del Plata.
La mañana del miércoles 22 de aquel año, Enrique Michelón, un joven de apenas 24 años, llegó a cumplir con su jornada laboral en un garaje ubicado en la esquina de Luro y Funes.
Era considerado un empleado responsable y de confianza. Nada hacía pensar que esas serían sus últimas horas de vida.
Desde hacía un tiempo había advertido movimientos extraños en el establecimiento. Faltaba combustible y todas las sospechas apuntaban al sereno, Pedro Campos, quien aprovechaba las noches para sustraer parte de la nafta almacenada en el lugar.
Michelón no estaba dispuesto a mirar hacia otro lado. Había decidido informar la situación a los propietarios del garaje. Para Campos, esa denuncia significaba mucho más que perder el empleo: implicaba quedar expuesto públicamente y afrontar una causa penal en una época en la que encontrar trabajo resultaba extremadamente difícil.
Los investigadores reconstruyeron después que el sereno tomó una decisión extrema. Sin mediar una discusión ni un enfrentamiento, esperó el momento oportuno. Cuando Michelón se encontraba de espaldas, sacó un arma de fuego y disparó. El proyectil ingresó por la región lumbar y provocó gravísimas lesiones internas.
Los demás empleados corrieron inmediatamente para auxiliar al joven. Fue trasladado con urgencia para recibir atención médica, pero el daño era irreversible. Horas más tarde falleció.
Mientras tanto, el homicida había desaparecido. La noticia movilizó rápidamente a la policía marplatense. El inspector Balbontín quedó al frente de la investigación y organizó un amplio operativo para localizar al prófugo.
Durante varias horas se siguieron distintas pistas hasta que todas condujeron hacia la zona de la calle 140 -actualmente Chile-, en las inmediaciones de las vías del ferrocarril.
Allí encontraron a Pedro Campos. La principal hipótesis indicaba que esperaba la llegada de un tren de carga para abandonar la ciudad antes de que el cerco policial terminara de cerrarse. Sin embargo, los efectivos lograron interceptarlo antes de que concretara la fuga. Fue detenido sin ofrecer resistencia y en su poder secuestraron el arma utilizada para cometer el crimen.

La autopsia confirmó lo que los primeros testimonios ya anticipaban: el disparo había sido efectuado desde atrás. No existían signos de pelea ni de forcejeo. Para los investigadores, se trató de un ataque sorpresivo, ejecutado con la única finalidad de impedir que el joven revelara el robo de combustible.
Al día siguiente, LA CAPITAL reflejó el episodio bajo un título característico del periodismo de la época: “Un hecho de sangre de dolorosas consecuencias”. Detrás de esa frase solemne se escondía una historia marcada por la desesperación, el miedo y la violencia: un trabajador dispuesto a denunciar un delito menor y un hombre que eligió matar antes que enfrentar las consecuencias de sus actos.
Con el paso de las décadas, el caso quedó prácticamente olvidado fuera de los archivos judiciales y las antiguas colecciones periodísticas. Sin embargo, continúa siendo uno de los episodios que mejor retrata la Mar del Plata de los años treinta: una ciudad que crecía aceleradamente, donde la modernidad convivía con profundas desigualdades y donde, muchas veces, los delitos más pequeños podían desencadenar las tragedias más grandes.
Hoy, casi un siglo después, se matiene una huella imborrable en la historia policial marplatense.
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