Entretextos: “Thelma 2.0”, un cuento de Emilia Vidal
Este relato de la autora marplatense quedó entre los diez seleccionados por el Premio OEI de cuentos de Ciencia y Tecnología.
Emilia Vidal.
Por Emilia Vidal (*)
El mensaje de su asistente, a las 6:07 a.m., decía que se había roto la máquina. De inmediato, Gorski supo que se refería a Thelma.
El día que llegó, él mismo se encargó de desembalarla, quitarle los rellenos amortiguantes y cortar los precintos de sujeción. La caja tenía las dimensiones de una heladera. Cuando la sacó, tuvo que acomodar sus piernas, sus caderas y sus hombros sobre las guías del soporte que la mantendrían en posición vertical. Ya erguida y fijada al soporte metálico, la trasladó al sector de elaboración. Todos los operarios de ese turno interrumpieron su tarea para mirarla.
—Ingeniero, ¿es de verdad? —le preguntó el obrero nuevo, Edelmiro. Pronto iba a tener un apodo, ofensivo o gracioso, como todos los empleados de la planta. Gorski los conocía bien pero mantenía distancia llamándolos por sus nombres o apellidos.
El cuerpo de la máquina estaba completo, solo faltaba ensamblarle algunos accesorios para que funcionara. Los filtros de aire debían ajustarse a rosca sobre su oreja izquierda, el líquido de mantenimiento se ingresaba mediante una canícula en la sien y la dosificadora de suero se conectaba a un hombro mediante un acople con válvula antirretorno.
—Thelma produce el aditivo MMGS, que mencionamos en la última capacitación de diciembre, y va a ingresar en la línea aquí —les señaló Gorski en la pantalla.
Para no volver a embrollarlos con términos científicos, les recordó que ese fluido (y recitó, nuevamente, las siglas y su significado en inglés, marvelous mammary gland secretion) había revolucionado el rubro de las bebidas fermentadas y ampliado enormemente la aceptación del producto en el mercado. Luego tendría que preparar otra capacitación al respecto, para que entendieran la importancia de los controles a realizar.
Lo más difícil fue conectarla, físicamente, a la línea de producción. Hubo que mandar los diseños al tornero, hacer otros acoples específicos, reductores y conectores que cumplieran con los ángulos y las diferencias de presión necesarias para que ella funcionara correctamente.
Cuando Hera & Co desarrolló el primer modelo, lo hizo a partir de mujeres catatónicas, no reconocidas por ningún padre, hijo u otro familiar con autoridad sobre sus cuerpos. Descubrieron que podían inducirles una secreción mamaria enriquecida en una hormona que lograba efectos novedosos sobre la fermentación. Como resultado de esta adición se lograba una bebida funcional, en los folletos la calificaban de elixir. Eso disparó cientos y cientos de trabajos de investigación y, por supuesto, el interés inmediato de los industriales.
Al principio, dada la incomodidad que podía generar la integración de un cuerpo femenino en un ámbito de operarios, casi en su totalidad hombres, se intentó desarrollar la máquina a partir de las glándulas productoras aisladas. Ninguno de esos trabajos generó resultados eficientes ni reproducibles. Pronto se dieron cuenta de que se necesitaba de todo el cuerpo para que la máquina funcionara y se concluyó, de una manera indeterminada hasta el momento, que no se podía prescindir ni de un meñique. Entonces diseñaron varios modelos en los que, básicamente, lo único que difería era la apariencia de la máquina. Caucásicas, morenas, de orejas grandes o pies pequeños. Como era de esperar, no faltó quien, sobre todo en los turnos de la noche, se masturbara tocando la máquina o incluso intentara penetrarla. El modelo cubierto hasta los dedos con un polímero negro antihongos, lavable, fue el más exitoso durante varios años. El Bertha 1.0.
A pesar del éxito, todos los equipos tenían un problema insalvable para la Hera & Co: les crecía el cabello. Intentaron evitarlo mediante distintos procedimientos, incluso la depilación definitiva. Pero, una vez más, esto alteraba la calidad de la secreción. No lo podían controlar y no lograban hallar el fenotipo menos perturbador, pelo lacio u ondulado, castaño, rubio, oscuro. Las melenas tenían que ser cortadas como parte de las tareas de mantenimiento y el largo del cabello también incidía en la calidad del fluido. En la última versión de Thelma, el funcionamiento óptimo se lograba manteniendo el largo a veintitrés milímetros por debajo de sus hombros. Así lo especificaba el manual.
En la fábrica, el Topo Rogelio era el encargado de esa tarea. Con una frecuencia mensual, según indicaba la guía de Buenas Prácticas de Manufactura de la empresa. El Topo se acercaba con la tijera y el calibre, era prolijo, cortaba y le cantaba bajito: ella está tan linda / ella es tan linda / no puede durar.
La mañana del mensaje, Gorski llegó y le preguntó a su asistente por el desperfecto. Saltaba una alarma, algo en la composición del fluido se desviaba drásticamente de los valores definidos por el Departamento de Calidad. La falla incidía negativamente sobre la fermentación, el producto tendría demasiado azúcar, además de aromas y sabores a coles hervidas y a queso rancio. La producción se frenó de inmediato. Lo primero que Gorski buscó en el manual fueron las posibles causas, bajo los títulos de Troubleshootings y FAQs. El único desperfecto visible que habían detectado era una pérdida acuosa en los ojos de la máquina, pero esto no figuraba en ninguna página. Entonces buscó el número del servicio técnico y llamó a su asistente.
—Decile a Edelmiro que me alcance el reporte, de los desvíos, urgente.
Edelmiro tomó muestras de la secreción, de acuerdo al procedimiento. Registró los valores de entrada de la máquina: niveles de iones, conductividad, pH del suero, presión y caudal de oxígeno. Revisó también los datos de las hojas de seguridad de cada una de las materias primas e insumos. Juntó todo en una carpeta y se lo llevó a Gorski.
—Dentro de los valores de referencia —leyó en voz alta.
—Qué lo parió —dijo Gorski mientras continuaba la lectura y resaltaba datos en el informe que tenía en sus manos. Cada parámetro analizado caía dentro del rango esperado y, de todas maneras, el fluido no cumplía con las especificaciones y la producción continuaba parada. Y ese goteo en los ojos que ni siquiera estaba mencionado.
Mary Anne era la voz al otro lado del teléfono, atención al cliente de Hera & Co. Ella le explicó que la lubricación ocular era un proceso regular dentro del funcionamiento de esa parte de la máquina, pero el derrame de líquido implicaba una obstrucción o sobrealimentación de los canales que conducían al saco lacrimal, algo que ocurría en los seres humanos a causa de una anomalía física o como producto de una emoción fuerte.
Gorski intentó colocar y cotejar esta información dentro de su acervo de conocimientos pero se sintió desconcertado. Más allá de las reglas que rigen el comportamiento de cualquier dispositivo, la máquina lloraba.
El servicio técnico, en la voz melodiosa de Mary Anne, concluyó que la falla era eventual e irreparable en la modalidad de asistencia remota. Había que desmontarla y retornar la unidad a la compañía. Se enviaría un reemplazo a la brevedad.
Al día siguiente de producido el desperfecto, desconectaron a Thelma. En un transcurso breve de tiempo, se sucedieron varios hechos aparentemente no relacionados. A mitad de mañana, su asistente renunció. Un cuarto de hora después, el operario de despacho dio parte de enfermo. Para el mediodía, el supervisor de la línea de llenado chocó su automóvil al salir de la planta y, a esas alturas, a Gorski la acidez le invadía el esófago, aunque continuó desempeñando sus tareas.
Edelmiro fue el brazo operativo que la desinstaló. Durante todo el procedimiento no pudo apartar la mirada de las mejillas mojadas de Thelma. Entre acción y acción, cada tanto, una caricia a modo de despedida. Desajustó cada una de las roscas, acercó el autoelevador cuando ella quedó separada de la línea, la cargó, la aseguró para que no se cayera y la trasladó al sector de embalaje para preparar su devolución.
En el momento en que Edelmiro se alejó para buscar más precintos al almacén, El Topo se escabulló de su puesto y se acercó a la máquina con pasos rápidos. Se detuvo en seco al verla, acostada, con el pelo desbordando sobre el pallet, rozando el piso mugriento. Miró hacia la puerta del sector y sacó su tijera. Se arrodilló a su lado y comenzó a cortarle el cabello. Él también lloraba. Guardó cuanto pudo, en mechones desparejos, dentro de los bolsillos de su overol. Lloraba y cantaba: ella sí que era el fuego / ella sí que bailaba en las llamas. Pero no pudo seguir, el verso se le atoró en la nariz, en algún lado.
El Topo Rogelio no solo huyó del sector de embalaje esa mañana. Con la frente plastificada de sudor, a trancos largos, los ojos rojos, la respiración nasal obturada, acariciando el pelo de Thelma en sus bolsillos, abandonó la fábrica sin previo aviso y se subió al Fiat Uno Fire, sucio y anacrónico, que había dejado estacionado bastante lejos del acceso del personal, a metros de la entrada. Aún vistiendo el overol, su mochila en el asiento de atrás, salió del predio de la Hera & Co y envió su renuncia a la administración esa misma tarde.
(*) Emilia Vidal (Mar del Plata, 1979) es bióloga y escritora. En poesía publicó la plaquette Algunos Absolutos Medibles y el libro La desnudez de los huesos. En narrativa participó con relatos cortos en el sitio La Palabra Precisa y en los libros de cuentos Antología de Narrativa Argentina de Entre Vidas y Otras formas de ser humano. Sus textos fueron premiados y/o seleccionados como finalistas en concursos literarios. Desde 2020 concurre al taller literario Heterónimos, coordinado por Nicolás Hochman. Thelma 2.0 quedó entre los diez seleccionados por el Premio OEI de cuentos de Ciencia y Tecnología.
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