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Cultura 17 de agosto de 2019

Literatura en la infancia: un abrigo contra la intemperie

En víspera del Día del Niño, la especialista en literatura infantil y juvenil de Mar del Plata Elena Stapich analiza el rol de los libros entre los niños y las niñas. Y cuenta por qué lo terrible de la existencia se domestica lectura tras lectura.

 

Por Elena Stapich (*)

Vamos a imaginar que los discursos sobre infancia y literatura son como las capas sucesivas que van formando a una cebolla. Empezamos por las capas exteriores, que son nutritivas, sin duda: hemos leído, escrito, enseñado muchas veces que los nenes y las nenas que crecen escuchando cuentos hablan más, antes y mejor.

Se apropian intuitivamente de la estructura narrativa y son capaces de inventar historias, tanto como de narrar sus experiencias personales. Desde los dos años saben cómo comenzar y finalizar un relato (Había una vez…, Fin), cómo articular entre sí los hechos a través de palabras como: entonces, al final, pero, por eso.

 

“Cuando el adulto narra un cuento o abre un libro para leerle, el niño o la niña se ubica en la posición de escucha y traspasa un umbral que señala el límite entre la realidad” 

 

Tienen más vocabulario y nos sorprenden con palabras y giros de los que se han apropiado, tomados del cuento o de la canción, de la rima o la retahíla.
Más allá de estas primeras capas, nos adentramos en la cuestión –no menos importante- de lo imaginario. Cuando el adulto narra un cuento o abre un libro para leerle, el niño o la niña se ubica en la posición de escucha y traspasa un umbral que señala el límite entre la realidad cotidiana y un mudo otro, donde el lenguaje funciona de una manera diferente y las cosas ocurren según una lógica distinta. Se establece el pacto ficcional, que podríamos definir como la posibilidad de creer lo que se nos cuenta –siempre que esté bien contado- al menos mientras transcurre la experiencia de escuchar, entrar y salir de esos mundos e ir progresivamente construyendo las nociones de ficción y realidad.

Esta posibilidad de entrar en la ficción la creemos a veces algo natural y no lo es: se ha ido construyendo a través de experiencias que se repiten como rituales: el cuento antes de dormir, el juego para hacer cosquillas, el disparate y la exageración, el humor incorporado a la vida cotidiana. Cuando estos rituales no han estado presentes, el sujeto se constituye con una discapacidad que no será irreversible, pero es difícil de remontar.

Y ahí tenemos a púberes y adolescentes, y aún adultes, que entienden el lenguaje como algo que sirve solamente a los fines prácticos de transmitir órdenes e información, y que se sienten en conflicto frente a cualquier manifestación que se salga de lo utilitario. Lo hemos contado varias veces porque es un ejemplo muy claro, el del adolescente que, ante un cuento en cuyo desenlace se revela que el narrador es una pelota de fútbol, protesta: “Profe, ¡las pelotas no hablan!”. Anécdota que revela tremenda carencia, si tenemos en cuenta que el animismo está presente en casi toda la literatura que se dirige a la infancia.

Una capa más de la imaginaria cebolla nos proyecta hacia el porvenir: en la escucha se va construyendo el lector/la lectora del futuro. Y es que la actitud lectora consiste, básicamente, en el intento de atribuir sentido a un texto, a una imagen. Poco importa si el/los sentidos que construye no coinciden con los que el adulto le atribuye a ese texto. Es lo que cada quien descubre, de acuerdo con su edad, con su historia, con sus experiencias. En este punto, nos remitimos al libro-álbum Caperucita Roja (tal como se la contaron a Jorge). En él podemos ver cómo, mientras el padre le cuenta a Jorge la tradicional historia, el chico se imagina otras cosas. “¡En ese momento, apareció un cazador!”, dice el padre, mientras Jorge se imagina a este personaje con traje de superhéroe, un arma intergaláctica y la cara y los lentes de su progenitor. He ahí un lector que no vacilará en “hacerse su propia película” cuando se enfrente a una novela, por ejemplo (1).

 

“La necesidad de relatos que nos permitan simbolizar lo que nos pasa no atañe solo a quienes son víctimas de situaciones extremas, como el desarraigo”

 

Seguimos quitando las delicadas telas de la cebolla –que no nos hace llorar porque es metafórica- y llegamos al centro de la cuestión: la literatura (pero también el cine y otros objetos culturales) nos ofrecen, precisamente, metáforas. Dice la filósofa María Zambrano que uno de los problemas del mundo actual es “la falta de metáforas vivas y actuantes” (2).

Tal vez resulte útil recordar que desde diversos campos del saber (el psicoanálisis, la antropología, etc.) se postula que el ser humano está atravesado por experiencias de la intemperie, como la muerte, el abandono, la enfermedad, el desarraigo. Quien haya pasado por alguna de ellas puede enfermar –física y/o psicológicamente- si no logra, por sí mismo o con ayuda, transferir esa experiencia nefasta al plano de lo simbólico: convertirla en palabras, en relatos, en dibujos, en material para sus juegos o para la expresión artística. Lo terrible, a fuerza de ser simbolizado, dramatizado, repetido cuantas veces sea necesario, comienza a perder poder destructivo, se va domesticando.

Las historias, nos dice Michèle Petit, nos ofrecen material para metaforizar nuestras experiencias más negativas. Y nos cuenta acerca de Ridha, una jovencita argelina que lucha por hacerse un lugar en París, su destino de inmigrante. En la biblioteca a la que concurre, una bibliotecaria ha leído en voz alta El libro de la selva, de Rudyard Kipling. Y Ridha dice: “Me gustaba porque El libro de la selva es un poco la historia de cómo arreglárselas en la jungla. Es el hombre que por su ahínco acaba siempre por dominar las cosas. El león es tal vez el patrón que no quiere darte trabajo o la gente que no te quiere, etc. Y Mowgli se construye una cabaña, es como su hogar, y de hecho pone sus marcas. Se crea sus linderos” (3).

Pero la necesidad de relatos que nos permitan simbolizar lo que nos pasa no atañe solo a quienes son víctimas de situaciones extremas, como el desarraigo. Una visión idealizada de la infancia nos puede llevar a pensar que se trata de una etapa feliz, protegida, sin grandes problemas. Al menos para el sector de niños y niñas que no están privades de sus derechos. Sin embargo, todes atraviesan conflictos que implican una cuota, mayor o menor, según los casos, de sufrimiento: el temor al abandono, a la muerte de los padres, a la propia muerte, a la separación de los seres queridos, al rechazo (que asume a veces la forma del bullying), son frecuentes y se expresan en trastornos del sueño, problemas alimentarios, vínculos conflictivos, ansiedad y estrés.

Es difícil que chicos y chicas hablen abiertamente de lo que les pasa. A veces no está demasiado claro ni siquiera para sí. Pero ocurre muchas veces que una historia, un personaje, ayudan a expresar en forma de metáfora lo que nos perturba. Tal vez esa sea una de las razones del éxito de los relatos de terror. En definitiva, como dijera Bruno Bettelheim, qué importa que en el cuento aparezca la bruja si al final va a ser derrotada y arderá en el horno: ella y no sus pequeñas víctimas, que son quienes logran el triunfo, como se nos cuenta en Hansel y Gretel (4).

Para finalizar, contaré la historia que Teo (siete años) escribió, dibujó y explicó a sus abuelos: “Soy un niño de otro planeta. El planeta de donde vengo se llama Tamarán. Pero ahí solo viven los chicos. Cuando se hacen grandes, se van a otro planeta que se llama Aramat. Y cuando se hacen viejitos viene un monstruo y se los come.” ¿Qué más se puede decir? Todo está dicho a través del metafórico monstruo: lo que pasa con las personas, lo que es inexorable y hay que resignarse a aceptar.

Llegamos al final de la cebolla imaginaria y solo nos queda el agradecimiento hacia los mundos de ficción y quienes los acercan a la infancia. Estamos construídes de relatos, antes que de células o de átomos. Por eso, que las historias sigan rodando y que –como quería Barthes- no se detenga el susurro del lenguaje.

 

(*) Integrante de la ong Jitanjáfora

1-Pescetti, Luis María y O’Kif (ilustrador) (2007) Caperucita Roja (tal como se la contaron a Jorge). Buenos Aires, Alfaguara Infantil.
2-López, María Emilia (2018) Un pájaro de aire. Buenos Aires, Lugar Editorial.
3-Petit, Michèle (1999) Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura. México, Fondo de Cultura Económica.
4-Bettelheim, Bruno (1975) Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Madrid, Grijalbo.