Los nuevos dementores que se alimentan de nuestra atención
De la butaca del consultorio al banco de plaza, las pantallas parecen haberse convertido en una extensión del cuerpo. Una reflexión sobre la atención, el silencio y los efectos de esa conexión permanente a partir de los dementores de Harry Potter.
Fotograma de “Harry Potter y la Orden del Fénix” donde un dementor ataca al protagonista.
Por Ivo Marinich (*)
¿Qué tienen en común una butaca de consultorio, un banco de plaza y un asiento de colectivo? La pregunta es capciosa porque parece una obviedad: que todos fueron hechos para descansar las piernas y esperar sin presiones gravitacionales. Pero si dependiéramos de esta consigna para ganar el premio gordo en un programa televisivo, lamento decirlo, nos quedaríamos con las manos vacías. Porque la respuesta acertada es que en cada asiento hay una persona subordinada a la pantalla.
La postura corporal es arquetípica, casi un cliché. Vamos a describirla así: la mano alzada a la altura del mentón con el aparato firme entre los dedos e inclinado apenas hacia adelante, de manera que el rectángulo quede libre de reflejos y alcance de lleno la mirada; la espalda y el cuello encorvados como un árbol después de una tormenta fulminante.
¿Por qué este común denominador en colectivos, plazas y consultorios? ¿Qué hacen de nosotros las pantallas? La ciencia, la sociología y la filosofía han ofrecido algunas respuestas, pero ninguna retrata el fenómeno como la literatura. En el universo mágico de Harry Potter, J.K. Rowling crea a los dementores, espectros que absorben el alma y reducen a las personas a un estado ausente, neutro, despojadas de la conciencia y la memoria.
Las pantallas producen algo parecido: en ese continuo salto de estímulo a estímulo —de aplicación en aplicación, foto a foto, reel a reel— succionan la capacidad de atención en un efecto dominó de consecuencias funestas. Pensar, por ejemplo. Privados de esta facultad, nuestro pensamiento tiene mecha corta y solo puede nadar, como un infante, si el agua no pasa de las rodillas.
Perder la atención atenta contra la profundidad de nuestro raciocinio, que a su vez nos hace vulnerables a las fauces de los discursos superficiales, que a su vez bloquean el acceso a aquello que solo se consigue buceando aguas profundas, como la creatividad, la verdad y la justicia, la empatía —¿cómo puedo empatizar si no presto atención a la realidad del otro?—, la perspectiva y la sensibilidad.
Acostumbrados a rebotar de contenido en contenido como verdaderos adictos, nuestra mente tiende a replicar el impulso en el plano de la realidad. Cuesta detenernos en la belleza, las ideas y los vínculos, solo permanecemos lo suficiente como para impulsar el siguiente salto. El resultado es una relación superficial con la existencia.
Estos espectros aparecen en una época en la que el tiempo ha quedado subsumido a la lógica de la productividad y el quehacer constante, y que predomina la idea del individuo como una parcela escindida del entramado social. Reels en el inodoro, la playa o la montaña; videos a un costado de la bacha; podcast o listas de reproducción en el transpirado banco de un gimnasio. Terror a habitar el silencio.
Si la milenaria práctica de la meditación hizo de la quietud mental una herramienta para hallar equilibrio, flexibilidad emocional y contacto con el momento presente, los dementores, en oposición, producen agobio disfrazado de entretenimiento.
Ivo Marinich estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA. En 2018 fue publicada su primera novela, El publicista, en Ediciones Camelot (España). En marzo de 2022 fue seleccionado por la editorial Orsai para participar de una antología literaria con los mejores relatos digitales de 2021. En octubre de ese año, su novela Casa Güerci ganó el primer premio nacional de novela breve “Luis José de Tejeda”. En 2025 fue publicada su tercera novela, Puerperio, bajo el sello Pie de Página (España). Este año fue finalista del primer premio internacional de novela breve Almadía Ventosa-Arrufat.
