Sin poesía no hay paraíso: Idea Vilariño, la mujer de sonrisa giocondina
La poeta uruguaya, cuya poética resalta por la habilidad de crear textos con palabras de todos los días, escribió algunos de los poemas de amor más desgarradores dedicados al célebre Juan Carlos Onetti.
La poeta uruguaya Idea Vilariño en el año 2003. (Foto: Panta Astiazarán)
Por Analía Pinto
Hace algunas semanas me crucé en Facebook con estas palabras del poeta y crítico literario Daniel Freidemberg: “Algo tendría que haber en lo que uno escribe, si lo que escribe quiere ser poesía, que desconfíe del ‘lenguaje normal’. ¿Podríamos pensar al lenguaje poético como ‘otro lenguaje’, incluso en los poemas en que no se perciben diferencias, en el vocabulario, en las normas sintácticas, en las figuras retóricas y en las convenciones semánticas, con el que se considera ‘normal’? Algo, aun en esos casos, delata una insuficiencia del lenguaje que usamos para entendernos, porque no tiene que ver con entendernos lo que el lenguaje poético viene a hacer, ni con expresarnos, aunque de algún modo nos exprese”. Inmediatamente pensé que eso ocurre con muchos poetas, pero la primera que se me vino a la cabeza fue Idea Vilariño. Eso es lo que ocurre con su poesía y allí es donde reside el tremendo impacto que provocan sus versos en apariencia tan “simples”. Acompáñenme a comprobarlo.
Idea Vilariño es una de las poetas uruguayas más destacadas, en un país en el que las buenas poetas abundan (un rápido repaso nos trae a Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini, Ida Vitale, Circe Maia y Marosa Di Giorgio). Pero Vilariño se impone no solo por la extrañeza que provoca su nombre (su padre, anarquista, bautizó a todos sus hijos con nombres similares: Alma, Poema, Azul) y su hierática belleza; se impone también por la magnífica habilidad de crear poemas con palabras de todos los días, con las expresiones más socorridas, con lugares comunes, incluso, que en sus poemas se vuelven gemas de dolor, aristas diamantinas de su amor imposible, orgullosas facetas de su soledad y su amargura.
En una entrevista con la periodista uruguaya María Esther Gilio, Idea declaró: “Siempre me he rehusado a usar palabras que salen de lo corriente, aquellas que suelen considerarse poéticas. Me cuido de no caer en eso, me cuido de no volver a tocar un poema una vez que lo dejé”. Antes de que suenen las alarmas respecto a eso de no volver a tocar un poema, vale aclarar que no se trata de que Idea no corrigiera sus poemas (como muchos autoproclamados poetas invocan para justificar sus garabatos), sino que su proceso de escritura consistía en reescribirlos tantas veces como fuera necesario: “Yo escribo un poema en unos minutos y no lo toco más. Puedo escribirlo varias veces, una atrás de otra hasta que me parece que está. Ahí lo dejo y no vuelvo a tocarlo”. Sólo así puede lograrse esa acerada contundencia, ese acertar directo en el corazón del lector que despliegan los poemas de Idea.

Idea y Onetti se conocieron en los años 50 en una reunión de la revista literaria Número.
Pero buena parte de esos poemas, y sin dudas los más memorables, tenían un destinatario también conocido y legendario: el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Idea y Onetti se conocieron en los años 50 en una reunión de la revista literaria Número, de la que ella fue fundadora junto con Emir Rodríguez Monegal y Manuel Claps, a los que después se sumó Mario Benedetti. El impacto fue mutuo e inmediato, pero Onetti era “el último hombre” del que Idea debía enamorarse, en sus propias palabras. No podían ser más diferentes, no podían atraerse más. No podían o no sabían entenderse, pero nada importaba. Él la llamó “la mujer de sonrisa giocondina”; ella le dijo que era un burro, un perro, una bestia. Él le dedicó varios de sus libros; ella le escribió los poemas de amor más desgarradores de la lengua castellana, como los que podrán leer a continuación:
YA NO
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
AMOR
Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.
Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.
VIVE
Aquel amor
aquel
que tomé con la punta de los dedos
que arrastré por los suelos
que dejé que olvidé
aquel amor
ahora
en unas líneas que
se caen de un cajón
está ahí
sigue estando
sigue diciéndome
está doliendo
está
todavía
sangrando.
Antonio Muñoz Molina, novelista y crítico español, apuntó lo siguiente sobre la poesía de Idea Vilariño: “García Lorca escribió en una carta que quería escribir una poesía ‘de abrirse las venas’: exactamente eso es lo que uno siente leyendo algunos de sus poemas de amor, igual que los mejores de Luis Cernuda o de Pedro Salinas, una celebración simultánea de la ebriedad y de la desgracia, sin complacencia, sin término medio, con una capacidad de iluminación y de estremecimiento que probablemente no puede alcanzarse sin renunciar a la vergüenza, y que tal vez sólo se encuentra en estado puro en algunas formas de canción popular, en el bolero y en el tango”.
El tango es, justamente, uno de los aspectos menos conocidos de su obra. Además de degustarlo y bailarlo (y de que Onetti le pusiera como dedicatoria en uno de sus libros “No habrá ninguna igual”), Vilariño escribió los ensayos Las letras de tango (1965) y El tango cantado (1981). Letrista también, escribió numerosas canciones populares y de protesta, como Los orientales. Tradujo a Raymond Queneau, a Shakespeare y a G. E. Hudson. El resto de su obra se completa con los poemarios La suplicante, Cielo cielo, Paraíso perdido, Por aire sucio, Nocturnos, Poemas de amor (los dedicados a Onetti), Pobre mundo, Poesía, No y Canciones, todos recogidos en Poesía completa (Cal y Canto, 2000). En 2020, para celebrar los cien años de su nacimiento, la Biblioteca Nacional de Uruguay publicó Poemas recobrados (1931-1944), que recoge poemas tempranos que habían sido excluidos por diversas razones de los poemarios publicados.
La mujer de sonrisa giocondina, la poeta austera, la que amaba locamente a ese hombre que no podía entender y que tampoco la entendía a ella, dejó en sus poemas de amor el más ardiente testimonio de que sin poesía no hay paraíso.

Además de su obra poética, Vilariño escribió ensayos de tango y algunas canciones. También tradujo a numerosos autores.
Para seguir curioseando
– Poemas de Idea Vilariño en zendalibros.com;
– Poemas recobrados en la web de la Biblioteca Nacional de Uruguay;
– Los cien años de Idea Vilariño en cultura.gob.ar;
– Más poemas de Idea Vilariño en materialdelectura.unam.mx;
– Idea, documental en YouTube.
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