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Cultura 5 de abril de 2026

Entrevista con Marcelo di Marco: “Espero que ‘Cuando dos o tres’ signifique un auténtico despertador de conciencias”

Escrito hace cuarenta años pero publicado a fines de 2025, el último libro del autor y docente recupera textos del género de la poesía religiosa. En diálogo con LA CAPITAL, comparte su historia y analiza estos versos atravesados por la espiritualidad.

Marcelo di Marco es poeta, narrador, ensayista, autor de Taller de Corte y Corrección, longseller que dio nombre a su centro de formación de escritores.

Por Analía Pinto

El columnista de este suplemento cultural Marcelo di Marco (Buenos Aires, 1957) es una figura fundamental de las letras argentinas contemporáneas. Autor de obras clave para la creación literaria, como Taller de corte y corrección y Hacer el verso, su generosidad y maestría forjaron generaciones de escritores. Su mirada, siempre apasionada y aguda, celebra constantemente la belleza de la palabra. Acaba de publicar Cuando dos o tres (Quaderna Via, 2025), libro de poesía de inspiración religiosa, y charló acerca de su historia y motivaciones para la escritura.

Di Marco publicó Cuando dos o tres (Quaderna Via, 2025), un libro de poesía de inspiración religiosa.

Di Marco publicó Cuando dos o tres (Quaderna Via, 2025), un libro de poesía de inspiración religiosa.

—Tu más reciente poemario es totalmente atípico para nuestro medio: no sólo es poesía de inspiración religiosa, sino que además está hecho artesanalmente. ¿Cómo llegaste hasta él, considerando que habías tenido ya una incursión en la poesía de inspiración espiritual con El viento planea sobre la tierra (Ediciones Último Reino, 1990)?

—A pesar de que Cuando dos o tres es mi libro más reciente en cuanto a la publicación, fue escrito a fines de los ochenta y principios de los noventa, época en la que estaba atravesando una transformación profunda y esencial en mis maneras de pensar, de sentir y de vivir. Y de escribir, por supuesto. Con tanta carga emocional encima, y movido por un idealismo fácticamente impracticable, necesitaba que mis lectores participaran de esa experiencia. Y ahí vino la gran pregunta: ¿cómo transmitirle la felicidad de aquella conversión a gente acostumbrada a una poesía absolutamente distinta, incluso opuesta a toda metanoia? La escritura de este poemario significó abrir una ventana por la que eché a volar en clave cristiana los motivos poéticos del libro que mencionaste en tu pregunta: “El viento planea sobre la tierra” ya había significado un cierre al Di Marco de los ochenta, ese veinteañero exaltado que estuvo amparado por Jorge Perednik en la revista Xul, Signo Viejo y Nuevo, y cuyos tres primeros libros nacieron de las poéticas de aquellos grandes que fueron Ricardo Zelarayán y Leónidas Lamborghini.

—Entiendo que “El viento planea sobre la Tierra” vino a quebrar esa etapa vanguardista tuya. Nunca más volviste a encarar la poesía desde un lugar “rupturista”.

—Totalmente. Porque ya era otro. A El viento planea sobre la tierra le siguieron los poemarios Esa serena sombra. Haikus de amor y de agua (800 golpes, 2013) y Cármina Marina (elaleph.com, 2016), formando así un paréntesis poético en mi carrera, dedicada en las últimas décadas al cuento, a la novela y al ensayo. El primer poemario había abierto mi poesía hacia una zona de contemplación pura. Durante su génesis, mi búsqueda espiritual pasaba por el taoísmo, y así los poemas de ese, mi cuarto libro, se basan en una observación que podríamos llamar suspendida. En términos joyceanos, me dominaba una epifánica quietud interior. Buscaba conectarme con ese inefable instante en el que se hace visible el cosmos. Más precisamente, con lo que se conoce como “la naturaleza”.

—El taoísmo es una religión no teísta, claro. El modelo a seguir es la naturaleza.

—Y de ahí que la visión taoísta implique una profunda reverencia hacia el entorno natural. Sin embargo, a partir de mi misteriosa y feliz conversión al catolicismo, en 1989, entendí que a “la naturaleza”, las “diez mil cosas” de los chinos, hay que llamarla por su nombre: la Creación. De ahí proviene la actitud contemplativa que propuse hace casi cuatro décadas en Cuando dos o tres, que hoy se publicó gracias a la pasión y el arte que le han puesto mis editores Lara Di Leo y Damián Martín, y el ilustrador Fausto Couzo Aspitia. Una auténtica exhumación, que siento como un acto de recuperación necesaria. Destaco que tanto la edición como las ilustraciones son preciosas. Estamos ante una obra de arte que se puede tocar, un libro coleccionable como objeto artístico. Cada ejemplar es único, y ese trabajo artesanal comparte la misma cosmovisión de los poemas que lo integran: todo se enfoca en lo trascendente, en la relación personal y directa de amor con el Amor de los Amores.

—San Agustín diría que el Di Marco del primer poemario contemplaba con los ojos exteriores, y el de Cuando dos o tres contempla con los ojos del corazón.

—Nunca mejor dicho. Es la misma diferencia que hay entre un turista, ese jadeante atleta de los vuelos de cabotaje, y un viajero. Abandonar el orientalismo y volver a abrazar la fe me hizo salir de la pasividad espiritual. Me hizo comprender que la contemplación es, ni más ni menos, una mirada amorosa, aunque no quietista sino activa y transformadora. Gran motor generador de poesía. Para que nos entendamos, aclaro que el Wu Wei, el principio de la “no acción” del taoísmo, no tiene nada que ver con la pasividad. Fluidez no significa “no hacer nada”, ojo. A la Revolución Cultural de Mao no le fue para nada fácil arrasar con el Tao, como uno podría equivocadamente suponer. Tan arraigado estaba el taoísmo en el pueblo que estos creativos demoledores debieron saquear miles de templos, quemarlos o convertirlos en almacenes y fábricas, en nombre de esa nueva religión del hombre nuevo maoísta. Lo que sí, al ser el taoísmo una religión sin estructuras firmes y jerárquicas, el proceso de “reeducación” resultó lógicamente menos dificultoso. Aunque es impotente en metafísica, Satanás puede ser un experto en geopolítica y estrategia.


“Cada ejemplar es único, y ese trabajo artesanal comparte la misma cosmovisión de los poemas que lo integran: todo se enfoca en lo trascendente, en la relación personal y directa de amor con el Amor de los Amores”. 


—Destruir el Occidente cristiano le cuesta más.

—Hoy está a sus anchas, paseándose a todas horas entre los escombros de nuestra civilización. “El diablo no tiene prisa cuando los católicos empiezan a pensar como el mundo”, dicen que decía el padre Castellani. Pero en el siglo XX se las vio bastante duras.

—¿Por ejemplo?

—Y… mirá la cantidad de beatos y mártires que propició la Guerra Cristera hace exactamente cien años, si vamos al caso. O pensemos en la Cruzada Española, que en 1939 les puso punto final a las torturas y a los asesinatos de miles de sacerdotes y monjas y seglares cuyo único delito era sostener la fe frente a la barbarie. O en San Juan Pablo II, tirando abajo el muro de Berlín, con el efecto dominó que sobrevino y que Occidente no supo o no quiso capitalizar. Antiguamente los católicos éramos indoblegables, cuando las parroquias funcionaban militando para Cristo y María, con un talante muy diferente al del estilo de esos clubes de amigos en que actualmente muchas se han convertido. Pero para no bajar los brazos conviene recordar que, gracias a Dios, siempre quedará en pie el “pusillus grex”, el pequeño rebaño de discípulos fieles señalado por Cristo en San Lucas. Al respecto te cito unas palabras muy pertinentes de Aníbal D’Angelo Rodríguez, cuando en su maravillosa Carta a un reciente converso, comparando a la Iglesia con un edificio en muy mal estado que custodia un Tesoro que nunca se acaba, le dice al neófito: “Por lo pronto, tendrá siempre a su disposición el Tesoro. Luego, cuando camine un poco por los pasillos se encontrará con mucho papanata y mucho malandrín, pero de pronto, donde menos lo espera, verá una procesión de mujercitas con velas y cánticos al Señor que transitan de regreso al reposo después de una jornada de cuidar moribundos, o leprosos o candidatos al cottolengo. Seres, en fin, que los demás mortales no queremos ni ver. Y luego otra procesión de frailucos que viene de evangelizar pobres hombres olvidados de todos los demás, y si abre las puertas adecuadas verá mucha oración, mucha caridad, hasta a hombrecitos que en grandes bibliotecas escriben la alabanza del Señor. Y por sobre todo, si sabe buscar, encontrará rincones con una enorme, una inmensa alegría, caridad y esperanza que compensan con creces a los apóstatas, a los cobardes y a los atornillados a un sillón. Es cuestión, pues, de no desanimarse y buscar a sus almas gemelas en medio de la confusión, el humo y los loros parlanchines. En eso recae toda esperanza de salvar el Edificio”. A todo eso quiero agregar yo, en relación con el carácter de Cuando dos o tres, que la oración sin acción es signo de desequilibrio. Por supuesto que esto no corre para los monjes de clausura, cuya vida contemplativa constituye una acción en sí misma. Pero missa significa “envío”. Al final de la misa, cuando el sacerdote dice, decía, Ite, missa est, más que despidiéndote está, estaba, enviándote a cumplir la voluntad de Dios en tu vida cotidiana. La comunión no es un placebo ni un diazepam del alma, es un combustible: la fe se traduce en obras buenas, jamás hay que olvidarlo. Como jamás hay que olvidar que, aunque hoy Occidente se desangre en agonía, con los aullidos de los therians y el llamado a la oración musulmana como desesperante música de fondo, la victoria final será de Cristo Rey. Yendo por ese mismo carril de resistencia frente a las aberraciones del mundo moderno, frente al odio de los de fuera y frente a la desidia de los de dentro, espero que Cuando dos o tres signifique un auténtico despertador de conciencias. Creo que la verdadera disidencia pasa por ahí.

—¿Qué podés contarnos sobre ese título? Entiendo que son palabras del propio Cristo.

—“Cuando dos o tres” es una especie de clave secreta, como lo fue la figura del pez, al principio de todo. Las letras de la palabra “pez”, en griego, son las iniciales de la frase “Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador”, maravilla de síntesis que prácticamente resume la doctrina en que se fundamentaba Occidente. Durante los primeros siglos del cristianismo, cuando éramos perseguidos por el Imperio Romano, los cristianos usábamos el símbolo del pez para identificarnos como hermanos en la fe. Un cristiano dibujaba con el pie un arco en la tierra, y si la persona que tenía enfrente completaba el trazo con otro arco cruzado, formando la figura de un pez minimalista, los dos se reconocían como seguidores de Jesús. Dos mil años después, las cosas no han cambiado mucho: hay quienes sintonizan inmediatamente con el título de mi libro, y hay quienes no. Los que sintonizan, gente de comunión frecuente, me dicen: “Ah, le pusiste así por aquellas palabras de Jesús”. A los demás seguramente les sonará a un anacoluto o a novela policial, qué sé yo. Pero lo cierto es que Cristo dijo, en Mateo 18:20, según la Biblia de Jerusalén: “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”.

—Esa frase tan esperanzadora me parece apropiada para encabezar un libro de poemas orantes como el tuyo.

—Porque es como si yo le dijera al lector, desde el título, que, si abrís el libro y rezás con mis poemas, Cristo te acompañará página tras página. Toda una garantía, porque es Dios mismo quien lo aseguró. Nunca hay que olvidar esas palabras, porque son el fundamento de toda comunidad apostólica, que a su vez, junto con las demás, cimientan la Ciudad de Dios. Y, por ende, configuran toda acción social, caritativa y evangelizadora. Incluso toda acción política. Sin Cristo como piedra angular, construir cualquier cosa es en vano. Creo que mi hija Florencia dio en la tecla cuando dijo que este librito mío es un retiro espiritual en sí mismo.

—Bien adecuado para esta Pascua.

—Totalmente. Pero repito, para que quede claro: la fe sin obras es estéril, como inversamente pasa con las obras que no están propiciadas por la oración.

—Te escuché decir que este es un libro “orgullosamente anacrónico”. ¿Por qué esto es así?

—Es una ironía, lógico. Al calificar a mi obra con tal mote, cito indirectamente al enorme Leopoldo Marechal, cuando en las Claves de Adán Buenosayres se llama a sí mismo “retrógrado” en el sentido de retrogradar, de regresar a las fuentes, a la tradición y a las virtudes y a los pilares que jamás perecerán. Dios, Patria y Familia. ¿Te suenan? Un autor que en tiempos de la posverdad pretende, humildemente y con todas sus muchísimas limitaciones, escribir un libro de oraciones poetizadas o de poemas orantes, bajo el patrocinio espiritual y literario del Mester de Clerecía, es una especie de loco de Dios, como diría el Van Helsing que compone maravillosamente Anthony Hopkins en el Drácula de Coppola. Acordate de lo que cité hace un rato de D’Angelo Rodríguez, aquello de los “hombrecitos que en grandes bibliotecas escriben la alabanza del Señor”. Pero tal vez en esa escritura doxológica no haya mayor ejercicio de la cordura, ya que la verdad del Evangelio, al ser perenne por definición, no necesita de una explicación historicista o de una especie de testeo de eficacia en lo funcional. Muchos pastores de pésima formación y teólogos truchos, tuchos también, sacan chapa de progres cada vez que te quieren convencer de que al Evangelio hay que abordarlo desde una perspectiva indulgente, para resignificarlo y adecuarlo a los nuevos tiempos. Lo que tal vez sucede es que no creen en las verdades absolutas. Tal vez duden de la divinidad de Cristo, o simplemente han dejado de creer. Y, si creen, acaso creen en un Cristo hecho a su medida. Un Cristo puramente humano. Toda esa seudoteología es un cúmulo de especulaciones satánicas y heréticas y va contra todo lo que desde siempre cree un cristiano acerca de Cristo y de Su Santa Iglesia.


“La contemplación es, ni más ni menos, una mirada amorosa, aunque no quietista sino activa y transformadora. Gran motor generador de poesía”. 


—¿Será por eso que hoy tan poca gente va a misa?

—Exacto, Analía. Aunque hay muchas causas, conviene buscar ahí, en la “humanización” de Cristo, el principal porqué del actual vaciamiento de las iglesias. Si Cristo es uno más entre nosotros, si Cristo es “el primer comunista”, como aseguró uno de los principales líderes del comunismo ruso, barbaridad que alegremente repite gente sin formación, incapaz de detenerse a analizar la enormidad de lo que está diciendo, para intentar conciliar la fe con su ideología, ¿para qué ir a la iglesia a adorar al Señor? Si es válida la transformación del mensaje de Cristo en un proyecto político revolucionario, si la palabra de Dios es palabra humana, mejor quedarse en casa y escuchar a un buen influencer y reemplazar homilía por conferencia o discurso o short o reel. Por eso, totalmente contrario a un tiempo que exalta la materia y degrada al espíritu, yo me declaro retrógrado, anacrónico y reaccionario. Y esplendorosamente feliz, por si hace falta la aclaración para quienes no me conozcan. Acordate: no hay derrota para un católico. Para quien confía en Dios, las dificultades son procesos de formación, lecciones o instrumentos que nos conducen a la victoria final. Para el tipo de fe, las situaciones adversas, incluso la muerte misma, se convierten en esperanza y redención. Vos, al igual que toda nuestra querida gente, sabés muy bien que el bruto accidente sufrido por Nomi el año pasado nos fortaleció más que nunca como matrimonio y como familia. Vino a recordarnos, con San Pablo, que Dios obra todas las cosas para bien de los que lo aman. Dios, que sabe de estrategia mucho más que el diablo, se sirve de todo lo que nos pasa para proyectarnos a un bien superior, aunque a veces cueste verlo en lo inmediato. El accidente de Nomi propició la conversión de una de las enfermeras que la atendían, por ejemplo. ¿Ves? Una persona puesta en un sitio clave, en contacto cotidiano con el dolor, volvió al rebaño. “Gracias a vos, creo en Dios” me dijo con lágrimas en los ojos al ver la diligencia que ponía yo al tramitar la entrada del padre Agustín al hospital, con las dificultades burocráticas que la entorpecieron. Aquel buen sacerdote, a quien le estamos eternamente agradecidos, logró finalmente confesar a Nomi y administrarle los Santos Óleos, por lo que pudiera suceder en la operación. Y no quiero dejar pasar algo muy revelador que en estos días me confesó mi amada esposa: su propia conversión al catolicismo en el 2003 provino en buena medida de la lectura, hace casi cuarenta años, del manuscrito del libro que motivó esta entrevista. Como dijo Gabriel Celaya, y perdón por la ironía, “la poesía es un arma cargada de futuro”. Tarde o temprano, los que son de la verdad terminan oyendo la voz del Señor. Justicia poética, que le dicen.

—En nuestro país existe, a pesar de que la academia y los medios literarios la ignoran prolijamente, una gran tradición de poesía religiosa, desde la época de la colonia, con Luis de Tejeda, hasta autores del siglo pasado como Francisco Luis Bernárdez, el mencionado Leopoldo Marechal o el propio padre Castellani, a quien citaste recién. ¿Te sentís parte de esa tradición?

—Totalmente, y no me pongo colorado al decirlo. Lo que sí, me considero el más mísero de sus discípulos. Y si a ellos la cultura oficial los ignora prolijamente, y agregaría, arteramente, como bien decís, ¿qué le esperará a este pobre escriba?

—Pensando en los haikus de tu libro “Esa serena sombra”, algo que me llamó la atención en “Cuando dos o tres” fue la inclusión de haikus, esa hermosa forma poética oriental en la que predomina la pintura del instante y de la naturaleza. ¿Qué podés comentarnos al respecto?

—Lo que más destaco de esos haikus es que Dante Galdona, al hojear las primeras pruebas de imprenta, descubrió algo de lo que no recuerdo haber sido consciente: la sección de haikus que aparece sigue el ritmo y las partes de una misa. Repito: han pasado tantos años de la escritura de este libro, que ni recuerdo si ese efecto fue buscado o no. Por eso el valor de la mirada de Dante, otro que dio en la tecla. Tal vez lo que más importe sea la aseveración del gran maestro Mario Caponnetto que aparece en la contratapa: “Hay un poeta que ora”. Creo que la creación en general, pero más la poética, nos acerca a Dios.

—Dada la temática y la sólida unidad de sentido del libro, en consonancia con lo que menciona el doctor Caponnetto, creo que tu libro es en sí mismo una gran plegaria.

—Pues muchísimas gracias por tu generosidad y tus jugosas preguntas.