Gabriela Bujarski: “Envejecer no debería significar resignación, sino otra forma de seguir siendo protagonista”
En su libro "Rebelde”, la escritora marplatense transforma la historia de su padre en un manifiesto contra el edadismo y en una invitación a revisar los prejuicios con los que la sociedad suele mirar a las personas mayores.
Gabriela Bujarski, escritora marplatense con formación en PNL (programación neurolingüística), autora de Ufa y Rebelde.
Para Gabriela Bujarski, envejecer no es retirarse de la vida, sino conquistar una nueva etapa. Esa convicción atraviesa Rebelde, la vejez impropia de mi padre, un libro que funciona al mismo tiempo como homenaje íntimo y como manifiesto contra el edadismo. A partir de la figura de Enrique, su padre, un hombre “rebelde” e inconformista que desafió los estereotipos sobre la vejez hasta el final de sus días, la escritora marplatense invita a revisar los prejuicios que todavía relegan a las personas mayores.
Pero el libro pronto dejó de ser solo el tributo de una hija a su padre para transformarse en una pregunta dirigida a toda la comunidad: ¿por qué seguimos asociando la vejez con la resignación, cuando todavía puede ser un tiempo de curiosidad, autonomía y deseo?
Escritora marplatense y autora del libro infantil Ufa, Bujarski habló con LA CAPITAL sobre su nuevo libro, que presentará el próximo sábado 15 de agosto a las 15 en Villa Mitre, donde dialogará con María del Carmen Valdez, profesora del Taller de Mujeres del Programa Universitario de Adultos Mayores (PUAM) de la UNMdP.
“Creo que todos merecemos llegar a una vejez que se parezca más a nuestros deseos que a los prejuicios de los demás”.
—¿Hubo un momento puntual en que sentiste que la historia de su padre debía convertirse en un libro?
—Rebelde nació de un duelo que yo todavía no sabía que estaba atravesando. Durante mucho tiempo estuve queriendo escribir un libro, pero estaba completamente bloqueada. Sentía que había algo dentro de mí que necesitaba salir, aunque todavía no sabía qué era. Hasta que una noche, después de una meditación intensa, soñé con mi papá. Hacía mucho que no aparecía en mis sueños. La imagen fue una real, que ya había vivido: dos días antes de morir, papá me mostró orgulloso un mensaje de su profesora del PUAM (el Programa Universitario de Adultos Mayores que depende de la Universidad de Mar del Plata) diciendo que extrañaba su forma de participar y cuestionar en la clase. Estábamos en pandemia, por eso no podían asistir. Me mostró el celular y me dijo: “Es que tengo tanto para dar”. A la mañana siguiente me senté a escribir. Y no pude parar. Palabras, risas y llanto al mismo tiempo.
Al principio pensé que, por fin, había encontrado la historia que estaba buscando. Recién cuando terminé, entendí que el libro había hecho algo mucho más profundo: me había permitido atravesar un dolor que seguía viviendo en silencio. Mis papás fallecieron con cinco meses de diferencia y yo no había tomado dimensión de cuánto me estaba costando despedirlos.
Mientras escribía, el duelo empezó a transformarse. Y, casi sin darme cuenta, la historia de mi papá se convirtió en una reflexión sobre la vejez, sobre el lugar que les damos a las personas mayores y sobre la sociedad que estamos construyendo. Creo que Rebelde nació de un sueño pero terminó despertándome a mí.
—¿Cómo definirías la rebeldía de tu padre? ¿Rebelde respecto de qué?
—A mi papá lo conocí rebelde desde siempre. Con resistencia a la obediencia porque sí. Era de esas personas que no podían mirar para otro lado cuando algo les parecía injusto. No se conformaba con el “es lo que hay”, porque sentía que esa frase era una forma de renunciar a la posibilidad de cambiar las cosas. Su rebeldía no era gritar más fuerte que los demás. Era leer, informarse, hacer preguntas, discutir con argumentos y no quedarse callado cuando creía que algo podía ser mejor. Y esa actitud no desapareció con los años. Al contrario. Su última rebeldía fue negarse a aceptar que la edad definiera el lugar que podía ocupar en la vida. Y de ahí nace el libro: de la necesidad de mostrar que envejecer no debería significar resignación, sino otra forma de seguir siendo protagonista.
—El subtítulo habla de “la vejez impropia de mi padre”. ¿Qué significa exactamente esa expresión y por qué la elegiste?
—Elegí ese subtítulo porque mi papá nunca encajó en la idea de vejez que solemos aceptar como “normal”. Impropio significa que no es propio o adecuado, que se aparta de lo habitual. Su vejez fue “impropia” porque no respondió a las expectativas que la sociedad pone sobre las personas mayores. Y ahí apareció una pregunta que atravesó todo el libro: ¿impropia para quién? Quizás no era mi papá el que estaba fuera de lugar. Quizás lo que está fuera de lugar es la idea que tenemos sobre cómo debería vivirse la vejez. Por eso el subtítulo es una invitación: a entender que envejecer no debería significar dejar de ser protagonista de la propia vida, sino encontrar nuevas maneras de seguir siéndolo. Creo que todos merecemos llegar a una vejez que se parezca más a nuestros deseos que a los prejuicios de los demás.

La portada de Rebelde, publicado por Galática Ediciones.
—Definís la obra como un manifiesto en favor de la vejez. ¿Qué situaciones o discursos te llevaron a sentir que era necesario tomar esa posición?
—Más que una decisión, fue una necesidad. Además de ser escritora, trabajo en un consultorio y todos los días veo llegar a muchos adultos mayores. Ahí empecé a notar algo que se repite con demasiada frecuencia. No tanto en ellos, sino en la forma en que hablamos de ellos. Escucho frases como: “Viste cómo se pone a esta edad”, “Y… no entiende”, “Es muy difícil”. Muchas veces dichas con cariño, pero también con una mirada que, sin darnos cuenta, les va quitando lugar, autonomía y voz. Porque el “correte” no siempre aparece en los grandes gestos. A veces se cuela en lo cotidiano, en la impaciencia, en creer que sabemos qué es lo mejor para ellos, en decidir por ellos o en hablarles como si ya no pudieran elegir.
Pero también tuve que hacer una autocrítica. Yo misma, en algún momento, le hablé a mis viejos con menos paciencia, con algunos apuros que ellos no tenían. Todos, de alguna manera, aprendimos esa mirada. Por eso Rebelde no señala culpables. Nos invita a revisar una forma de vincularnos que tenemos profundamente incorporada. La mejor manera de querer a nuestros mayores no es admirarlos solo cuando ya no están. Es darles hoy el lugar que les corresponde.
—¿Qué prejuicios sobre las personas mayores te interesaba cuestionar con este libro?
—Hay varios, pero hay uno que me parece el más dañino: la idea de que, al llegar a cierta edad, una persona deja de tener proyectos, de aprender, de enamorarse, de aportar o de tomar sus propias decisiones. También esa costumbre de hablar de las personas mayores como si estuvieran presentes pero ya no fueran protagonistas de su propia vida. Muchas veces, con la mejor intención, decidimos por ellas, les hablamos con impaciencia o creemos saber qué necesitan sin siquiera preguntarles.
Mi papá me enseñó exactamente lo contrario. Me mostró que la curiosidad no tiene edad, que las ganas de aprender tampoco, y que una persona no deja de ser quien es porque cumpla años.
En el fondo, Rebelde invita a cambiar una pregunta. En lugar de preguntarnos “¿qué les pasa a las personas mayores?”, empezar a preguntarnos “¿cómo las estamos mirando?”. El límite no lo pone la edad. Lo pone la mirada de los demás.
—¿Qué te enseñó tu padre sobre el paso del tiempo que hoy sigue presente en tu vida?
—Lo primero que me enseñó fue a no conformarme y que los años son un acopio de sabiduría y aprendizaje. Mi papá tenía una enorme capacidad para cuestionar lo establecido. Si algo no tenía sentido para él, no lo aceptaba simplemente porque “siempre había sido así”. Se hacía preguntas. Buscaba entender. Leía. Discutía. Pensaba.
Pero, sobre todo, me enseñó la importancia de la perspectiva y a no perderla: cuando un problema está demasiado cerca, ocupa todo el paisaje. Si uno logra correrse un poco y mirar desde otro lugar, muchas veces descubre que la realidad también puede leerse de otra manera. Ese fue su mayor legado. No una respuesta, sino una manera de pararse frente a la vida.
—¿Cuánto creés que te ayudó tu formación en Comunicación Social y en Programación Neurolingüística para escribir este libro?
—La Comunicación Social me aportó herramientas valiosas, aunque no terminé la carrera. Pero la PNL fue una formación que marcó profundamente mi manera de entender las emociones y los vínculos. Muchas de las cosas que aprendí en la PNL, mi papá ya las vivía sin saber que existían como disciplina. La PNL habla de cuestionar las creencias, de entender que siempre hay otra forma de mirar una misma situación. Y mi papá era exactamente eso: alguien que nunca se conformaba con una sola lectura de la realidad. Cuando escribí Rebelde, esos dos mundos se encontraron. Y al final entendí que ambos me habían dejado la misma enseñanza: tener la valentía de hacerse preguntas y animarse, cada tanto, a cambiar de lugar.
En lugar de preguntarnos “¿qué les pasa a las personas mayores?”, empezar a preguntarnos “¿cómo las estamos mirando?”. El límite no lo pone la edad. Lo pone la mirada de los demás.
—Venías escribiendo literatura infantil, como Ufa. ¿Qué desafíos encontraste al pasar de la infancia a la vejez? ¿Encontrás zonas de contacto entre ambos extremos de la vida?
—Al principio parecen mundos completamente distintos. Pero la infancia y la vejez tienen mucho más en común de lo que imaginamos. Creo que son los dos momentos de mayor vulnerabilidad de la vida. En ambos, de alguna manera, dependemos de otros. Y ahí aparece una enorme responsabilidad para quienes están cerca. Tal vez por eso me gusta trabajar con herramientas que ayuden a transformar esa mirada. En el fondo, Ufa y Rebelde hablan de lo mismo: personas que necesitan ser vistas con más paciencia, con más respeto y con más amor. Uno lo hace desde la infancia. El otro, desde la vejez. Pero ambos nacen de la misma convicción: una mirada distinta puede cambiar una vida.
—En un contexto en el que la expectativa de vida aumenta, ¿creés que todavía nos falta construir una nueva narrativa sobre la vejez?
—Sin dudas. Y no lo digo desde un lugar de quien tiene respuestas, sino desde la observación. Hoy una persona de 70 años no es la misma que yo imaginaba cuando era chica. La expectativa de vida cambió, la calidad de vida cambió y también cambiaron las ganas de seguir aprendiendo, trabajando, enamorándose y haciendo proyectos.
Yo lo veo todos los días. Trabajo con un taller literario donde participan mujeres de 80 y 90 años. Cada encuentro confirma la misma idea: tienen muchísimo para decir, para crear. Se emocionan, se desafían, hacen amigas, escriben historias que nunca habían contado.
El gran desafío es construir una narrativa que deje de poner el foco en lo que se pierde y empiece a mirar todo lo que todavía es posible. Porque vamos a vivir cada vez más años. La pregunta ya no es si vamos a llegar a viejos. La pregunta es qué queremos hacer con ese tiempo cuando lleguemos.
—¿Con qué imagen, escena o frase de tu padre te gustaría que los lectores se quedaran después de leer “Rebelde”?
—Me gustaría que se quedaran con más preguntas que respuestas: ¿desde qué lugar estoy mirando la vejez? ¿Y desde qué lugar estoy eligiendo vivir mi propia vida? Hay una frase del libro que resume muy bien ese espíritu: “Ellos son los rebeldes. Los que se niegan a ser invisibles. Los que, como mi viejo, saben que mientras suene la música y tengas a quien abrazar, el mundo sigue siendo tuyo”.
Y si pudiera agregar una última frase que no le pude decir a Enrique, aunque no esté escrita en el libro, sería esta: Y si no tenés a quién abrazar… bailá igual. Porque la rebeldía, al final, no tiene que ver con la edad. Tiene que ver con seguir eligiendo la vida.
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