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Cultura 9 de agosto de 2026

Itinerarios de lectura: esplendor de lo humilde

Un recorrido por el policial con Chesterton y el clásico pero humilde Padre Brown, que con su perspicacia, devuelve al mundo el equilibrio que el crimen rompe.

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Gilbert Keith Chesterton (1874-1936).

Por Nomi Pendzik

En cualquier relato policial deductivo encontramos un personaje ineludible: el detective. Hombre o mujer, individual o colectivo, y muchas veces menoscabado o ignorado, el detective ve lo que otros ojos no ven, percibe detalles que para los demás pasan inadvertidos, y esclarece el crimen gracias a su particular perspicacia. Y, al descifrar el misterio, devuelve al mundo ese equilibrio que el crimen ha destruido.

En el cuento que hoy les presento, dos rivales –el pequeño Smythe y el andariego Welkin– se disputan encarnizadamente el amor de la panadera Laure, con desastrosos resultados. Consumado el crimen de… –no lo diré, averígüenlo leyendo el cuento–, intervendrá el “insignificante padre Brown”, un cura petiso, rechoncho y modesto. Una figura incluso risible: ¡un sacerdote católico en Inglaterra, justo el país en donde los católicos ingleses sufrieron siglos de persecución tras la ruptura con Roma de Enrique VIII! ¿Qué puede saber? Y sin embargo, valiéndose de su profundo conocimiento del alma humana, es el padre Brown quien, con toda humildad, restaura el orden.

En los magistrales relatos de El candor del padre Brown, publicados en cinco volúmenes entre 1911 y 1935, las pinceladas de amorosa ironía de G. K. Chesterton (1874-1936) retratan genialmente a uno de los más memorables detectives de todos los tiempos.


El hombre invisible

de G. K. Chesterton

Flambeau, que era amigo de Angus, recibió a éste en un rinconcillo artístico y abigarrado junto a su estudio, cuyo adorno eran multitud de espadas, arcabuces, curiosidades orientales, botellas de vino italiano, cacharros de cocina salvaje, un peludo gato persa y un pequeño sacerdote católico romano de modesto aspecto, que parecía singularmente inadecuado para aquel sitio.

—Mi amigo el padre Brown —dijo Flambeau—. Tenía muchos deseos de presentárselo a usted. Un tiempo excelente, ¿eh? Algo fresco para los meridionales, como yo.

—Sí, creo que va a aclarar —dijo Angus, sentándose en una otomana a rayas violetas.

—No —dijo el sacerdote—. Ha comenzado a nevar.
Y en efecto, se podían ver ya los primeros copos.

—Bueno —dijo Angus con aplomo—. El caso es que yo he venido por negocios de suma urgencia. El hecho es, Flambeau, que a una pedrada de esta casa hay en este instante un individuo que necesita absolutamente los auxilios de usted. Un invisible enemigo le amenaza y persigue constantemente, un bribón a quien nadie ha logrado sorprender.

Y Angus procedió a contar todo el asunto de Smythe y Welkin, la historia de Laure y la suya propia, sin omitir la carcajada sobrenatural que se oyó en la esquina de las dos calles solitarias, la tira de papel pegada al escaparate y las extrañas palabras que resonaron en el cuarto desierto. Flambeau se fue poniendo más preocupado, y el curita pareció quedarse fuera de la conversación. Flambeau se puso de pie.

—Si le da a usted lo mismo —dijo—, prefiero que me lo acabe de contar por el camino.

—Perfectamente —dijo Angus, también levantándose—. Aunque, por ahora, mi amigo está completamente seguro, porque tengo a cuatro hombres vigilando el único agujero de su madriguera.
Salieron a la calle seguidos del curita, que trotaba en pos de ellos con la docilidad de un perro faldero. Como quien trata de provocar la charla, el curita decía:

—Parece mentira cómo va subiendo la capa de nieve, ¿eh?
Al llegar a la placita donde se alzaba la torre de habitaciones, Angus examinó a sus centinelas. El castañero aseguró que no había visto entrar a nadie. El policía no había visto entrar un alma. Esta declaración quedó rotundamente confirmada por el conserje de los galones.
El insignificante padre Brown, contemplando el pavimento modestamente, se atrevió a decir:

—¿De modo que nadie ha subido y bajado la escalera desde que empezó a nevar? La nieve comenzó cuando estábamos los tres en casa de Flambeau.

—Nadie ha entrado aquí, señor —dijo el conserje, radiante de autoridad.

—Entonces, ¿qué puede ser esto? —preguntó el sacerdote, mirando el suelo. Era incuestionable que, por la entrada que custodiaba el de los lazos de oro, corría la huella gris de unos pies estampados sobre la nieve.

—¡Dios mío! —gritó Angus sin poder contenerse—. ¡El Hombre Invisible!

Y se lanzó hacia la escalera, seguido de Flambeau. El padre Brown, como si hubiera perdido todo interés en aquella investigación, se quedó mirando la calle cubierta de nieve.

Y entrando decididamente en las habitaciones, en menos de cinco minutos Flambeau exploró todo rincón y armario. Allí no estaba Isidore Smythe, ni muerto ni vivo.

—Amigo mío —dijo Flambeau—. El asesino no solo es invisible, sino que hace invisibles a los hombres que mata.

Bajaron, y Angus preguntó con inquietud:

—¿Dónde está el policía?

—Mil perdones —dijo el padre Brown—. Acabo de enviarle a la carretera para averiguar una cosa…

—Pues lo necesitamos pronto –dijo Angus con rudeza—, porque aquel desdichado no solo ha sido asesinado, sino que su cadáver ha desaparecido.

—¿Cómo? —preguntó el sacerdote.

—Padre —dijo Flambeau—. Creo realmente que eso le corresponde a usted más que a mí. Aquí no ha entrado ni amigo ni enemigo, pero Smythe se ha eclipsado. Si no es esto cosa sobrenatural, yo…

Pero el robusto policía azul acababa de aparecer en la esquina y venía corriendo. Se dirigió a Brown y le dijo jadeando:

—Tenía usted razón, señor. Acaban de encontrar el cuerpo del pobre Mr. Smythe en el canal.
Angus se llevó las manos a la cabeza:

—¿Bajó él mismo? ¿Se echó al agua?

—No, señor; no ha bajado, se lo juro a usted —dijo el policía—. Tampoco ha sido ahogado, murió de una enorme herida en el corazón.

—Vamos a la carretera —dijo el cura.

Y al llegar al extremo de la plaza, exclamó de pronto:

—¡Necio de mí! Me he olvidado de preguntarle al policía si encontraron también una bolsa gris.

—¿Por qué? —preguntó sorprendido Angus.

—Porque si era de otro color, hay que comenzar otra vez —dijo el padre Brown—. Pero si era gris, entonces le hemos dado ya.

—¡Hombre, me alegro de saberlo! —dijo Angus con acerba ironía—. Yo creí que ni siquiera habíamos comenzado.

—Cuéntenos usted todo —dijo Flambeau con la candidez de un niño.
Habían apresurado el paso, y seguían al padre Brown, que al fin dijo con una vaguedad casi conmovedora:

—Habrán ustedes notado que la gente nunca contesta a lo que se le dice. Contesta siempre a lo que uno piensa al hacer la pregunta, o a lo que se figura que está uno pensando. Supongan ustedes que una dama le dice a otra, en una casa de campo: «¿Hay alguien contigo?» La otra no contesta: «Sí, el mayordomo, los tres criados, la doncella, etc.», sino que contesta: «No; no hay nadie conmigo», con lo cual quiere decir: «no hay nadie de la clase social a que tú te refieres». Pero si el doctor lo pregunta, en una epidemia, entonces la señora recordará sin duda al mayordomo, a la camarera… Nunca son literales las respuestas, sin que dejen por eso de ser verídicas. Cuando estos cuatro hombres honrados aseguraron que nadie había entrado en la casa, quisieron decir ninguno de quien se pudiera sospechar. Porque un hombre entró y salió, aunque ellos no repararon en él.

—¿Un hombre invisible? —preguntó Angus, arqueando las cejas rojas.

—Mentalmente invisible —dijo el padre Brown—. Un hombre en quien no se piensa, salvo premeditadamente. En esto está su talento. Yo pensé en él por dos o tres circunstancias del relato de Mr. Angus. La primera, que Welkin era un andarín. La segunda, la tira de papel pegada al escaparate. Después (y es lo principal), las dos cosas que contó la joven, y que pudieran no ser absolutamente exactas… No se incomode usted —añadió, advirtiendo el disgusto del escocés—. Ella creyó que eran verdad. Un instante después de haber recibido una carta en la calle no se está completamente solo. Alguien estaba a su lado, aunque ese alguien fuese mentalmente invisible.

—Y ¿por qué había de estar alguien con ella? —preguntó Angus.

—Porque —dijo el padre Brown—, excepto las palomas mensajeras, alguien tiene que haberle llevado la carta.

—¿Quiere decir —preguntó Flambeau— que Welkin le llevaba a la joven las cartas de su rival?

—Sí —dijo el sacerdote—. Welkin le llevaba a su dama las cartas.

—No entiendo —estalló Flambeau—. ¿Quién es ese sujeto? ¿Cuál es el disfraz o apariencia habitual de un hombre mentalmente invisible?

—Su disfraz es rojo, azul y oro —dijo el sacerdote—. Y con este disfraz notable, nuestro hombre invisible logró penetrar en la casa, burlando la vigilancia de ocho ojos humanos; mató a Smythe con toda tranquilidad, y salió otra vez llevando a cuestas el cadáver…

—Reverendo padre —exclamó Angus, deteniéndose—. ¿Se ha vuelto usted loco, o soy yo el loco?

—No, no está usted loco —explicó Brown—. Simplemente, no es usted muy observador. Nunca se ha fijado en hombres como éste, por ejemplo.

Y diciendo esto, dio tres largos pasos y puso la mano sobre el hombro de un cartero que, a la sombra de los árboles, había pasado junto a ellos sin ser notado.

—Sí —continuó el sacerdote—, nadie se fija en los carteros y, sin embargo, tienen pasiones como los demás hombres, y a veces llevan a cuestas unos sacos enormes donde cabe muy bien el cadáver de un hombre de pequeña estatura.

Flambeau volvió a sus espadas, a sus tapices y a su gato persa. Angus volvió al lado de la confitera, con quien logró arreglárselas muy bien. Pero el padre Brown siguió recorriendo durante varias horas aquellas colinas nevadas, a la luz de las estrellas, en compañía de un asesino. Y lo que aquellos dos hombres hablaron nunca se sabrá.